sábado, 25 de abril de 2020

Pablo Iglesias contra los jueces. El Mundo. Madrid


Todo un Vicepresidente de Gobierno, Pablo Iglesias, ha criticado la decisión del Tribunal Superior de Justicia de Madrid de condenar a una diputada de Podemos en la Asamblea regional por haber incidido, según leo en prensa, en tipos delictivos calificados de atentado a la autoridad, lesiones leves y daños. El motivo de su censura, se indica, reside en que existen “corruptos muy poderosos [que] quedan impunes gracias a sus privilegios y contactos, mientras se condena a quien protestó por un desahucio vergonzoso”. Se de cuenta o no, y si no se da sería ridículo, está dando a entender que en nuestro país los tribunales adolecen de falta de imparcialidad. Es decir, insinúa que están dictando resoluciones injustas, con todo lo que significaría. Ante ello:

Primero.-El artículo 117 de la CE señala: “La justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey por Jueces y Magistrados integrantes del poder judicial, independientes, inamovibles, responsables  y sometidos únicamente al imperio de la ley”. Es decir, nuestros jueces deben atenerse a la norma jurídica, y sólo a ella. Si no lo hacen, incurren en responsabilidad que les puede ser exigida penal y disciplinariamente a través de procedimientos que establece nuestro ordenamiento. Ningún miembro del Gobierno puede interferir este proceso pues atentaría contra el principio de separación de poderes.

Segundo.- El mismo artículo 117, en su apartado 3, preceptúa: “El ejercicio de la potestad jurisdiccional en todo tipo de procesos, juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado, corresponde exclusivamente a los Juzgados y Tribunales determinados por las leyes…”. Sería disparatado aceptar que todo un Vicepresidente del Gobierno se atreviera a dar, directa o indirectamente, indicaciones a los mismos. No es sólo ya que puede incidir en responsabilidad, es que estaría poniendo en duda las características esenciales de nuestro sistema.

Tercero.- Olvida también el Vicepresidente que al Gobierno le corresponde “la defensa del Estado” (art. 97 CE), es decir, de sus tres poderes: Legislativo, Ejecutivo y Judicial. Pensar que en una democracia consolidada, como teóricamente al menos lo es España, el Ejecutivo pueda poner en cuestión a cualquiera de los otros poderes resulta tercermundista. Lo que puede estar ocurriendo es que este señor no tenga la menor idea de lo que significa ser miembro del Gobierno ni conozca sus funciones institucionales.

¿Es de izquierdas el señor Pablo Iglesias? Es posible que sólo lo sea en el sentido infantil que irónicamente señaló Lenin no sólo en la obra que dedicó expresamente al tema, en el Estado y la Revolución también. Esos izquierdistas tenían una concepción mecanicista del marxismo de tal manera que las sociedades burguesas poseerían una superestructura (poder judicial, sistema ideológico, creencias) acordes con su carácter. Así, los jueces defenderían siempre a los poderosos como ingenuamente los califica el Vicepresidente.

Ignoran los populistas que los jueces españoles, ya desde los años setenta, piénsese en Justicia Democrática, conocen perfectamente su función y en su inmensa mayoría respetan un Estado de Derecho al que debería servir también el Gobierno.

viernes, 3 de abril de 2020

El miedo a la peste. ABC de Sevilla


La historia se repite dos veces,  y no siempre la segunda es cómica. En ocasiones, son ambas igual de trágicas. ¡Qué idiotas hemos sido los occidentales! Hace cerca de ochenta años que terminó la segunda guerra mundial. Hemos conquistado el Estado del Bienestar y conseguido las mayores cotas de igualdad y de justicia social de todas las épocas, pero lo hemos desperdiciado en querellas infantiles, la mayoría de las veces sin sentido. Ahora, es el momento de lamentarse con Jorge Manrique: sí, ¡cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado, fue mejor”.  Hemos echado por la borda lo que teníamos, y era mucho, gobernados en los últimos tiempos, al menos en España, por niños irresponsables jugando a las casitas que no son capaces de ponerse de acuerdo ni en lo más esencial. Es asombroso, pero así parece por lo menos a la hora en que escribimos estas líneas.

No es la primera vez, desde luego, que pasa una cosa así. La peste, sobre todo la denominada “negra”, se ha abatido sobre Europa en numerosas ocasiones, y en Sevilla queda algún grabado, creo que en el hospital del Pozo Santo, que recoge el transporte de cuerpos de apestados desde el de la Cinco Llagas (actual sede del Parlamento de Andalucía). Jean Carpentier y François Lebrun en su Breve Historia de Europa, nos ofrecen, un relato ciertamente impactante del origen de la de 1348: "Asediados en una ciudad de Crimea, los genoveses habrían sido víctimas de una verdadera guerra bacteriológica, dado que sus adversarios tártaros habrían lanzado cadáveres apestados por encima de las murallas de la ciudad. Los navíos italianos traen luego el mal hacia el oeste: a Constantinopla donde se difunde a las islas del mar Egeo, a Grecia, desde donde se distribuye por los Balcanes; a Sicilia, Venecia, Génova y Marsella desde donde la epidemia invade ya, a finales de 1347, al conjunto del continente, que asolará en un período de cuatro o cinco años".
  La memoria colectiva conservó su recuerdo durante siglos. Y mantuvo su influencia en la literatura y el arte occidental incluso durante los siglos XIX y XX, basta recordar Los novios de Manzoni o La peste de Albert Camus. La atmósfera de terror que generó permanece aún en el inconsciente de nuestra civilización, y se refleja en obras tan relativamente recientes como El país de las últimas cosas de Paul Auster o Ensayo sobre la ceguera de Saramago, sin que se pueda olvidar El diario del año de la peste cuyo valor documental es enorme por estar escrito por un contemporáneo de la londinense del siglo XVII, por lo que su redacción podría considerarse de carácter casi periodístico (ciertamente su autor tenía entonces sólo cinco años).  La peste ha sido uno de los grandes traumas de la humanidad y no es extraño si se tiene en cuenta que sus efectos llegaron a poner en peligro el equilibrio demográfico del continente europeo.
   Como nos dice Barbara W. Tuchman, en su excepcional obra A distant mirror: The Calamitous 14th Century, traducida al español como Un espejo lejano: "Para el pueblo en sentido amplio no cabía sino una explicación: la ira divina...Una calamidad tan abrumadora y despiadada, desprovista de causa visible, sólo podía concebirse como el castigo que el Ser Supremo aplicaba a los pecados humanos. Inclusive tal vez fuera la muestra de su definitivo desengaño”.  Para aplacar la cólera de Dios todo era poco: se ordenó el cese del  juego y la prohibición de la bebida. Igualmente se castigaron con rigor las maldiciones y la blasfemia. Los religiosos animaron  compulsivamente al desarrollo de procesiones penitenciales de toda especie; lo que, en la práctica, contribuyó a la diseminación de la enfermedad en una atmósfera apocalíptica.  
Los seres humanos meten la pata una y otra vez, y es cierto que muchas veces, sobre todo cuando de una catástrofe natural se trata, no son responsables de lo que ocurre. Pero que un gobierno de coalición haga esperar toda una tarde a los angustiados españoles sin ponerse de acuerdo sobre las medidas a adoptar, cuando parece que se debe en gran medida a la actitud obstaculizadora de dirigentes autonomistas, ¿hasta dónde vamos a aguantar? Los independentistas han causado un dolor sin límites, poniendo en peligro los sueños y la conciencia de pertenencia de muchos andaluces, españoles en general, que tanto amamos a Cataluña, ¿quieren ahora condicionar también decisiones elementales que afectan a nuestra supervivencia y salud? Si fuera así, sería unos sinvergüenzas
Las grandes crisis del siglo XX, la depresión de 1929, las dos guerras mundiales, “la caída de las torres gemelas”, otras también,  han dado lugar a agitaciones que han transformado el mundo. Siempre pasa, y, si salimos de ésta, dentro de unos años nos encontraremos con un escenario muy distinto al actual, tanto el empleo como la industria y las relaciones laborales puede que experimenten cambios esenciales. Nuestro país sin duda se verá afectado y mucho. Ojalá no tengamos que lamentarnos de la imprudencia y el descaro de unos independentistas a los que sólo les importan las propias posiciones de poder, mientras se pavonean con inmaduras operaciones de propaganda e indudable dosis de chulería.

martes, 24 de marzo de 2020

Abbracciame. No publicado en prensa



“Ahora sí, abrázame más fuerte”, se cantan los napolitanos por los balcones. Yo, y todas las personas que quiero, también lo pedimos. Es la manera de demostrar que somos humanos y nuestra solidaridad. En la Biblia, salmo 130, se lee: ”Desde lo más profundo grito a ti Yahveh: ¡Señor escucha mi clamor”. Al cabo de siglos, una sociedad secularizada,  tal vez excesivamente, se ve en la necesidad de solicitar el amor de los demás. Es necesario que nos lo demos: E allora si, abbracciame più forte”.



Nuestro medio paisano Albert Camus advertía: "Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan…Nos hemos creído libres, y nadie será libre mientras haya plagas".



La soberbia es algo tan propio de nuestra época que ensayistas brillantes  han llegado a prometer la inmortalidad. De hecho, según noticias de agencias periodísticas del mes de febrero de 2014, "el director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, cree que la humanidad tendrá las claves para trascender los límites de su biología tras la década del 2030, cuando los 'nanorobots' incorporados en el cuerpo humano permitirán combatir enfermedades". Dichas declaraciones las habría realizado "durante una conferencia de 'The Wall Street Journal' en California (EE.UU.)", aunque las anticipó en un libro publicado en 1999 bajo el título The age of spiritual machines. No es demasiado sorprendente, Francis Fukuyama ha pronosticado que la próxima revolución tendría un carácter químico y biológico, nuestra vida aspiraría a la eternidad. A la vista de lo que está ocurriendo, parece simple vanidad.



Ya en el siglo XVIII un personaje tan romántico, ingenuo por tanto, como Jean Antoine Nicolas de Caritat, Marquis de Condorcet,  girondino destinado a la guillotina al igual que tantos revolucionarios bienintencionados, se preguntó en su célebre Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano:“¿Sería absurdo suponer que el perfeccionamiento de la raza humana se puede considerar como un progreso indefinido, y que llega­rá un tiempo en el que la muerte sólo sobrevendrá por algún accidente o por la lenta destrucción de las energías vitales, sin que se pueda poner límite fijo a la dura­ción del intervalo entre el nacimien­to y esa destrucción paulatina". Venía a responder de manera optimista a la angustia de Pascal, un intelectual bien clásico: “¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden de quién, de qué voluntad se me ha destinado precisamente este lugar y este tiempo? ¿Por qué están limitados mi conocimiento, mi talla? ¿Por qué la duración de mi vida puede ser de cien años y no de mil?



La respuesta a Pascal es posible encontrarla en la sabiduría de siglos, en la Biblia, y es bien fatalista: “Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol. Si algo hay de que se diga: «Mira, eso sí que es nuevo», aun eso ya sucedía en los siglos que nos precedieron".  Pues “todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo. Su tiempo el nacer y su tiempo el morir” (Ec. 1: 9-10, y 3:1-2). Lo que está pasando ha ocurrido muchas veces en la historia, y mucho peor, pero lo queremos olvidar. Si recordásemos demasiado, no sería posible vivir. Pestes se han dado una y otra vez, y  Daniel Defoe, sobre la de 1665 en Londres, cuenta que, cuando le pidió consejo a un hermanos mayor, le contestó: “¿Sálvate. En resumidas cuentas, me dijo que me retirara al campo, como él mismo había decidido hacer junto con su familia”. Lo que pasa es que, la mayoría de las veces, no se puede o no te dejan huir. Y habrá que resistir solos, a ser posible con amor cuya petición deja de ser mera cursilería.



De todas las pestes que en el mundo han sido, la que mayor influencia ha ejercido en la psicología colectiva fue la denominada “negra”. Como nos enseñaría cualquier enciclopedia, se trata de "una plaga de los tiempos antiguos, que dio lugar a pandemias. Es quizá la enfermedad infecciosa que se ha cobrado mayor número de víctimas en la historia de la humanidad". La de 1348, procedente de Crimea, concretamente de la ciudad de Caffa asediada por los tártaros,  se extendió por los países mediterráneos y la Europa central y nórdica hasta llegar a las islas británicas, abatiendo a cerca de un tercio de la población occidental. Algunos cálculos demográficos sostienen que la población europea pasó de 88 millones en 1300 a 65 millones en 1400 como consecuencia de la misma. No existía remedio médico y su rápido avance hacía  pensar en la cabalgada de la Muerte en triunfo, a la manera popularizada en cuadros e imágenes, como los de  Peter Brueghel  o El Bosco.



Como vemos, ya lo señalaba el dramaturgo inglés John Dryden, “la humanidad es siempre la misma y nada se pierde en la naturaleza, aunque todo se modifica”: ha vuelto la peste. Como en los viejos tiempos, todos los males parecen venirnos de haber comido, esta vez en exceso, del árbol de la ciencia del bien y del mal, pretendiendo hacernos como Dios, lo que le prometió Satán a Eva. Hemos llevado el proceso de  transformación de la naturaleza a una escala que empieza a poner en peligro el propio destino de los seres humanos. Desde que los Estados Unidos demostraron en Hiroshima y Nagasaki que los hombres eran lo suficientemente inconscientes como para destruirse a sí mismos, nada volvió a ser igual: globalización del desarrollo, destrucción de las zonas rurales, desaparición de la capa de ozono, calentamiento global…En consecuencia, fuerzas telúricas se vengan de nosotros, y nos sueltan el coronavirus. Una reacción, parece bien cruel, de la naturaleza.

Surge de nuevo la pregunta que se plantearon nuestros antepasados: ¿es legítimo transmitir el saber? Durante siglos, no lo pareció demasiado. En un pasaje del Evangelio de San Mateo (7,6) Jesucristo había afirmado: "No deis a los perros las cosas santas. Ni arrojéis vuestras perlas ante los puercos, no sea que las huellen con sus pies, y volviéndose contra vosotros os despedacen". Tales palabras podían entenderse como una seria advertencia frente a la generalización de la sabiduría, y de hecho así fueron interpretadas. El conocimiento de las reglas de la naturaleza estaría limitado a un pequeño número de elegidos que verían en ellas la manifestación del plan del Creador, pero si se difundiesen se correría el riesgo, ya experimentado al inicio de los tiempos, de que el hombre quisiera equipararse a Dios. Más valdría por tanto mantenerlas ocultas.    


Lo cierto es que no hemos seguido la advertencia. La técnica ha transformado el mundo, lo ha hecho saltar en pedazos mediante un nuevo proceso de creación, basado en la difusión de “la luz”, es decir, de la información. Los masones especulativos se atrevieron a decir a partir de 1723, con las Constituciones de Anderson, que “con el martillo y el cincel hemos construido catedrales, con el martillo y el cincel nos haremos constructores de hombres”. La frase encerraba una enorme soberbia, es cierto, pero es un perfecto reflejo de una aspiración que nace con el cartesianismo: la época de las catedrales de piedra habría concluido ya, era el momento de que el Gran Arquitecto del Universo se preocupase de reconstruir otro templo, el de una Humanidad destinada a realizar los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. El ser humano estaba en condiciones de protagonizar un inmenso salto sobre el vacío de las tinieblas, siempre que se le asegurara acceso indefinido a las fuentes del saber y del conocimiento, pues era su alma, su inteligencia, sobre la que había que trabajar.


Ahora estamos solos, y no sabemos qué hacer. Sin embargo, a lo largo de los siglos siempre hemos conseguido avanzar, la técnica puede ser utilizada con inteligencia y de manera que permita reaccionar frente a los virus. Mientras tanto, abracémonos todo lo posible, nunca será demasiado cuando en EEUU dicen que van a morir más de un millón de personas. E allora più forte todavía


        



 








        

miércoles, 18 de marzo de 2020

En defensa de Juan Carlos. El Mundo. Madrid


“Entre la justicia y mi madre, prefiero a mi madre”, la frase da medida de la categoría moral de Albert Camus. En su polémica con Jean Paul Sartre y los activistas franceses de mediados del siglo pasado, puso de relieve que no hay exigencia ética superior que la que debemos a  quienes amamos, sobre todo si constituyen nuestra patria. Combatir por una abstracción a veces es fácil, se queda como un héroe de cara a la galería si te matan. Sin embargo, los gestos teatrales rebeldes pueden esconder una cobardía moral. Hay quienes son capaces de morir por una idea, y son valientes. Muchos otros, con las espaldas bien aseguradas, pretenden demostrar un coraje inexistente amparándose en los tópicos bienintencionados de la mayoría social. Pueden querer aprovecharse de la situación, ser viles incluso.

AL Rey Juan Carlos los militantes del PCE lo apodábamos “El Breve”, su escaso interés intelectual y apoyo franquista parecían condenarlo a la inconsistencia de una página perdida de la historia. No fue así, hay que reconocer que la transición no hubiera sido posible sin él. Es más, fueran cuáles fuesen sus incidencias completas, el golpe de estado de Tejero hubiera triunfado sin su oposición, pues la mayoría del ejército estaba con los sublevados. Si hubiera querido le bastaba con haberse callado la noche del 23 de febrero de 1981, desde Milans del Bosh hasta Armada, los “pesos pesados” de nuestra milicia, querían destruir la  democracia. Bien aconsejado o por propia iniciativa, se enfrentó a ellos y nos salvó.

Independientemente de lo que sostengan opiniones doctrinales minoritarias, ciertamente respetables, Juan Carlos, durante todo el período de su reinado, estuvo protegido por la prerrogativa de la inviolabilidad del artículo 56.3 de la Constitución española. Es decir, no está sujeto a responsabilidad. Ciertamente, como todos los gobernantes, está sujeto al juicio de la historia. También era irresponsable Luis XVI y fue llevado a la guillotina. Pero en los cambios revolucionarios no se juzgan las actitudes personales sino el símbolo que representan. No es una crisis de esa índole la que vive España, ni es posible reconocer a Robespierre o a Saint Just, más bien a populistas malcriados. Son niños que están jugando con fuego, desde luego, porque los estados se vienen a pique cuando los dirigen mentecatos.

No es posible eludir que Juan Carlos tiene, y ha tenido, responsabilidad moral por sus actos. Se puede ser un una persona simpática, bonachona y ocurrente, como es el caso, e incidir al mismo tiempo en actitudes poco prudentes, incluso reprochables desde la ética, es cierto. Hay una cosa elemental, sin embargo: no cabe realizar un análisis sin tener en cuenta los usos de la época, sus costumbres. Es decir, utilizando terminología jurídica, sin considerar la realidad social del tiempo en que fueron realizados los  actos. Gracias al Rey emérito, España consiguió una ventajosa posición en las relaciones con las monarquías petroleras y  eso hace años podía implicar lo que implicaba. Es imposible juzgar, ni siquiera moralmente, de manera retroactiva.

En el derecho británico hay una máxima bien utilizada por William Blackstone: the king can do not wrong, el Rey no puede equivocarse, que significa sutilmente algo superior a la inviolabilidad. Implica la ficción de que la actuación del Monarca siempre es justa. Podremos estar equivocados, pero si un régimen quiere sostenerse será necesario que los súbditos lo acepten aunque tengan dudas. Pascal decía que en España no existía la piedad. Por la cuenta que nos trae, más vale que en este caso la tengamos

jueves, 5 de marzo de 2020

¿Abandonamos también Ceuta y Melilla? El Mundo. Madrid


¿Conoce el Gobierno la actual posición marroquí sobre Ceuta y Melilla?, ¿es consciente de las incidencias históricas de la relación con nuestro vecino? Tradicionalmente, la política exterior constituyó un escenario propio de  estadistas serios, expertos en los vericuetos del panorama internacional. De ahí el prestigio de la carrera diplomática. Hoy día, da la impresión de que a nuestros dirigentes lo único que les preocupa es el mayor o menor número de pateras que se dirigen a las costas españolas, sin darse cuenta de lo que realmente está detrás y supone el marco del  problema que puede plantearnos Marruecos.

Primero.- El Sahara era una provincia española en la misma forma que Málaga, Jaén o Almería lo son. Desde cualquier punto de vista, los saharauis eran compatriotas nuestros. Tras una política de chantaje, que culminó con la “marcha verde”,  aprovechando  la debilidad española en los momentos de la enfermedad y muerte de Franco, Marruecos obtuvo a finales de 1975 la cesión de la administración del territorio, procediendo a su ocupación.

De una forma vergonzosa, dejamos abandonados a sus habitantes. No tuvimos el coraje de los británicos cuando los argentinos, independientemente de sus razones de fondo, ocuparon “manu militari” las Malvinas. Desde el otro extremo del mundo, acudieron a defender a sus compatriotas. De manera similar, los portugueses supieron proteger la independencia de Timor oriental cuando fue invadida por Indonesia.

Segundo.- Previamente a la ocupación, el Tribunal Internacional de la Haya, en octubre de 1975, había concluido que “ni los actos internos ni los internacionales invocados por Marruecos indican la existencia ni el reconocimiento de lazos jurídicos de soberanía territorial entre el Sahara occidental y el Estado marroquí”. Por tanto, nuestro vecino, que siempre juega bien sus cartas, carecía de título suficiente para ello. En cerca de cincuenta años, no hemos hecho nada para  remediar el trato cruel que sufrieron los saharauis. Constituye, además,  una muestra de falta de inteligencia al tratarse del único país, junto con Guinea Ecuatorial, de lengua española en África, y suponer  la mejor defensa estratégica para Canarias.

Tercero.- Debería saber el Gobierno, da la impresión de que no lo sabe, que Marruecos rechaza la soberanía española sobre Ceuta y Melilla, las equipara con la situación de Gibraltar. Y mientras Gran Bretaña cuenta con la excusa de sus ciudadanos, nosotros estamos perdiendo esa baza desde que el censo está jugando a favor de la población musulmana; lo que sirve para constatar nuestra torpeza y falta de planificación. De nada valdrá recordar que dichas ciudades están relacionadas con la historia española desde los visigodos y el califato cordobés, en política internacional no sirven los relatos románticos.

Los marroquíes son conscientes de la debilidad derivada del problema catalán, ¿queremos que nos vuelva a pasar lo del Sahara? Si los que nos gobiernan sólo saben implementar inmaduras políticas exhibicionistas, “jugando a las casitas”, más valdría que se retiraran a tiempo. ¡Desgraciadamente, ya no tenemos siquiera a Borrell!

martes, 25 de febrero de 2020

Lenguas extrañas. El Mundo. Madrid


Contaba Giovanni Guareschi las desventuras de unos campesinos algo sinvergüenzas que, en tanto los americanos avanzaban por la península italiana en el caos de la destitución de Mussolini, se apropiaron de un tanque abandonado, decían, por las tropas alemanas en retirada. Lo escondieron cuidadosamente en un granero, decididos a aprovecharlo como tractor. Llegada la paz, comprobaron que no estaban capacitados para una transformación de tal envergadura: ¿qué hacer?, ¿cómo explicar la posesión del armatoste? Tenían que evitar que se les involucrara en actividades subversivas. Angustiados, pidieron consejo al Alcalde comunista del pueblo, que puso en movimiento la maquinaria del partido para hacerlo desaparecer. Una vez conseguido, Pepón, que así se llamaba el Alcalde, les apostrofó: ¡Traidores, no era alemán, era americano! A lo que avergonzados se limitaron a responder: “Americano, alemán…todos hablan lenguas extrañas!

Cuando se hablan distintas lenguas, se resquebraja el sentimiento de pertenencia común desde el momento en que la expresión verbal afecta a los propios mecanismos de conformación cerebral, como acreditaría cualquier especialista. En esencia, incluso en sentido literal, eso es lo que nos está pasando: el experimento autonómico, que nació con la misma alegría que produjo en su día el 14 de abril de 1931, está terminando en un  fracaso que puede conducir a la ruina ahora de nuestra monarquía parlamentaria. A manera de taifas, estamos generando tan distintos intereses, separándonos en tantas lenguas, que el ambiente llega a ser irrespirable. Es imposible afrontar una política unitaria común,  inmediatamente saboteada incluso a nivel exterior ¿Cómo ha sido posible?

Primero.- La articulación territorial del Estado español, que surge con la Constitución de 1978, vino condicionada por razones históricas: la existencia de unas Comunidades con fuerte referencia nacional, y cuya singularidad jurídica se justificaba por haber contado en la II República con Estatutos de Autonomía, los casos de Cataluña, por ley de 15 de septiembre de 1932, y del País Vasco desde octubre de 1936. También Galicia plebiscitó la correspondiente norma el 28 de junio de 1936, sin poder aplicarse por la inmediata ocupación franquista. Con el advenimiento del régimen constitucional, las tres fueron consideradas, desde el inicio, como “nacionalidades históricas”. El peso determinante de sus lenguas “propias”, y la represión que sufrieron durante la dictadura, las hizo objeto de relevante atención. También la fuerza de sus relatos de autoidentificación. Era lógico que el restablecimiento de las libertades públicas implicara el reconocimiento de su particularidad.

Segundo.- El problema es que una parte importante de la clase política, la más conservadora especialmente, sintió pánico ante el potencial desestabilizador catalán y vasco. Generalizaron entonces un Estado de las Autonomías al objeto de debilitar los peligros del separatismo. Creían que si todos tenían “café” el problema se diluiría. No era mera estupidez, tenían serios argumentos: el fracaso de la Primera República no puede entenderse sin el cantonalismo. En el de Cartagena, por ejemplo, un personaje singular, Antonete Gálvez, llegó a proclamarse comandante “general de las fuerzas del Ejército, Milicia y Armada” enarbolando una bandera turca creyendo pintorescamente que se trataba de la roja. Y en la Segunda, basta leer a Hugh Thomas o a Gabriel  Jackson para darse cuenta de la responsabilidad de los nacionalistas, incluida la proclamación de un Estado Catalán en 1934, en su destrucción.

Si se juzga simplemente desde la deslealtad, habría que recordar, en plena guerra civil, el Pacto de Santoña por el que las fuerzas militares controladas por el PNV se rindieron por su cuenta a las tropas italianas sin consultar al Gobierno legítimo.

Tercero.- Hoy, 28 de febrero, se celebra el día de Andalucía y es cierto que en la transición, también en esa Comunidad, los antifranquistas se manifestaban reivindicando un  Estatuto de Autonomía. Los andaluces no eran ajenos a su rica historia,  y no podían olvidar el rasgo distintivo que los caracterizaba: un atraso social que exigía intensa labor de transformación, pues como fue poéticamente señalado el día de la investidura de su primer presidente: “Es hora de que este pueblo empiece a cantar sin pena”, para que sea “la vida [y no la injusticia de siglos] la que toque la guitarra”. Pero la misma necesidad de diferenciación sería predicable de Canarias, con su reivindicación atlántica, Aragón, Valencia y todas las demás. El problema radica en que una cosa es una descentralización administrativa y otra, bien distinta,  crear 17 estados con sus respectivos “padres de la patria”, parlamentos, ejecutivos y reivindicación de propia, e irrenunciable, nacionalidad. Después de cuarenta años, todo ha terminado siendo ridículo y bien triste

Cuarto.- Ya no hay vuelta atrás, sin embargo. Y demuestran falta de inteligencia los más radicales portaestandartes del centralismo. Eliminar el Estado de las autonomías es imposible, originaría una rebelión social imposible de contener. Decían los antiguos que nada se puede contra “las leyes subterráneas de la historia”, que favorecen en este momento tribales resistencias frente a la globalización. En casos así, lo prudente sería intentar controlar el fenómeno antes que oponerse frontalmente. Además, la proliferación de instancias intermedias no sólo acerca el poder al pueblo, puede resultar un instrumento bien eficaz para la planificación y el desarrollo. Los dirigentes de Voz, representantes de un nacionalismo puramente reactivo frente a la agresividad independentista, deberían tenerlo en cuenta.

Quinto.- Si no hay posibilidad de retorno, y la efectividad actual de nuestra articulación territorial resulta imposible, es que necesitamos una reforma constitucional; pero hay que saber qué se pretende. Claro que es necesario fomentar una política generosa de consenso, es lo que hicieron los constituyentes del 1978. La diferencia es que ellos conocían el objetivo: el restablecimiento de la democracia y de las libertades. Los temores conservadores podían chocar con las ideas de Jordi Solé Tura  cuando profundizaba sobre burguesía, naciones y nacionalismo en España. El marco, sin embargo, era bien claro: la equiparación política de nuestro país con el resto de las democracias occidentales. Un hombre inteligente como Fraga sabía que, en este sentido, sería disparatado oponerse a Gregorio Peces Barba o al respetado Miquel Roca. Las fuerzas constituyentes, desde Alianza Popular al Partido Comunista de España, compartían un mismo universo cultural. Además, eran prudentes y supieron enterrar el pasado. Los iluminados como Blas Piñar fueron apartados y, afortunadamente, no había surgido el fanatismo de Quim Torra.

Sexto.-Hoy día, antes de abordar una reforma de esa naturaleza, sería imprescindible saber lo que se quiere, y no se sabe. Mientras los independentistas sigan insistiendo en el referéndum unilateral sería imposible cualquier negociación, y lo mismo cabría decir sobre la opción república-monarquía que todo el mundo es consciente que constituye un tema nada secundario. No existen puntos mínimos comunes. Los esfuerzos de entendimiento del gobierno, incluso para una sensata salida al tema de los presos, recomendable muestra de humanidad, no serían rechazables siempre que tengamos la tranquilidad de que no se nos quiere engañar. ¿Por qué no se explica Pedro Sánchez? ¿Por qué es incapaz de llegar a acuerdos previos con la mitad del pueblo español representada por el resto de partidos constitucionalistas?

Nuestro Presidente debería saber que Cataluña no es Québec ni Escocia con sistemas constitucionales distintos, cualquier jurista se lo podría explicar. Y es el derecho el que determina la nacionalidad, pues constituye el “pacto social” que une a todos los que poseemos el mismo pasaporte. Si se rompe, nada es eterno, tendría que ser con nuestra voluntad. Nadie duda de que hay que buscar una generosa solución al problema catalán, pero si alguien llegara a pensar que cabe dividir, según líneas estrictamente geográficas a catalanes y andaluces, demostraría ignorancia e irresponsabilidad. ¡Sería un memo, vaya!


La tiranía de la mayoría. ABC. Sevilla


La Revolución francesa supuso la creación de un mundo en el que todavía estamos viviendo, y que consagró el gobierno de los hombres sobre criterios de libertad y de mayoría, pues no había ningún ciudadano que fuera  más que otro. La democracia, el poder exclusivo del pueblo, fue una aspiración sacralizada desde entonces. Si alguien plantea alguna objeción, será arrojado inmediatamente a los infiernos. Pero como diría el brillante Yuval Noah Harari tal idea no es más que una ficción, bien hermosa desde luego, que carece de posibilidad de prueba. La historia ha demostrado que un poder sin límites, por legitimado que estuviese el que lo ejerciese, es siempre peligroso. Como decía Alexis de Tocqueville, “mientras la mayoría está dudosa, se habla, pero desde que se ha pronunciado irrevocablemente, todos se callan y amigos y enemigos parecen entonces uncirse a su carro de común acuerdo. La razón es sencilla: no hay monarca tan absoluto que pueda reunir en su mano todas las fuerzas de la sociedad y vencer las resistencias como lo puede hacer una mayoría revestida del derecho a hacer las leyes y ejecutarlas”

 En la misma Francia, los sucesos de la Convención en 1793, con su espectáculo de sangre y maldad,  demostraron que las dictaduras populares pueden degenerar en puro y simple terror.  El miedo a disentir de los demás lleva a una obediencia ciega, que imposibilita la crítica. Y el futuro nos depararía episodios como el alemán nacionalsocialista, que pondrían trágicamente de relieve que el hecho de ostentar la mayoría de votos no es garantía de bondad ni de justicia.  El franquismo, por ejemplo, en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, llegó a contar con el asentimiento del pueblo. ¿Nos dice algo eso desde un punto de vista ético?

En cualquier caso, el poder de la mayoría, a lo largo de los siglos XIX y XX, ha determinado una relevante política de transformación social inspirada en la necesaria superación de la miseria y desigualdad de los hombres. Fue protagonizada por movimientos ideológicos de indudable carácter marxista o anarquista, también por sociedades cristianas, incluso meramente por personalidades  bondadosas ¿Quién podía oponerse al gran Víctor Hugo cuando ante la Asamblea Legislativa el 9 de julio de 1849 describía la situación de la clase trabajadora?:"En París, en los arrabales de París, donde el viento de la revuelta soplaba con tanta fuerza no hace mucho, hay calles, casas, cloacas, donde familias enteras viven amontonadas, hombres, mujeres, muchachas, niños, sin más lecho sin más mantas, incluso diría, sin más vestimenta que jirones infectos de trapos putrefactos, recogidos en el fango de las calles de las afueras, en esos estercoleros de las ciudades, donde las criaturas se sepultan vivas para escapar del frío del invierno… tales hechos no son solamente injusticias para con los hombres: ¡son crímenes contra Dios!”

Crímenes contra Dios efectivamente, el problema es que en la práctica la defensa de ideas de esa naturaleza, ciertamente generosas y cristianas,  ha dado lugar a fenómenos totalitarios como el estalinista. El poder del pueblo degeneró en el de una minoría sin escrúpulos obsesionada con la uniformidad: los sentimientos del hombre, su “alma”, no podían oponerse a las matemáticas que establecían las leyes históricas. El individuo no contaba nada a la hora de la construcción científica de una nueva sociedad. Como le diría el estalinista Gletkin a Rubachov en Darkness at Noon: “Para nosotros la cuestión de la buena fe subjetiva carece de interés. Aquel que se equivoca debe pagar; el que tiene razón será absuelto. Era nuestra ley...”. Desde luego, la ternura o la piedad no entraban en juego.

Desgraciadamente,  no sólo han sido mayorías estalinistas o fascistas las que han destruido la libertad individual. Todas son capaces de hacerlo, pues se sienten en posesión de la verdad, incluso la bondad. ¿Por qué no van a ver Vida Oculta de Terrence Malick? Los nazis se consideraban hombres de orden, amantes de su patria. El objetor de conciencia es el traidor, el peligroso. ¿No les suena? Es muy posible que sí: es lo que ocurre actualmente en un mundo en el que oponerse al pensamiento dominante se ha convertido en peligroso. La policía política franquista te llevaba a la cárcel si te atrevías a ingresar en el PCE, pero al menos podías tener la compensación psicológica de sentirte un héroe admirado por tus amigos. Al salir, contarías con los vientos de la historia a tu favor.

Hoy día, en Europa Occidental nadie va a la cárcel por sus ideas. Es mucho peor, si disientes de la opinión dominante serás objeto de destierro intelectual, perderás la paz social. Vivimos en un mundo que rechaza la excelencia, odia a los que son capaces de sobresalir. En el siglo XIX y gran parte del XX, las personas destacadas en lo privado eran llamadas a la vida pública para aprovechar sus talentos. Hoy, por el contrario, nadie brillante querrá hacerse visible porque lo destrozarán. La transparencia, idea bien engañosa de origen calvinista, se ha convertido en el medio de destruir a las personalidades valiosas. Si no tienen nada que ocultar, lo tendrá su padre, la mujer, la amante o el tatarabuelo. Así, los que protagonizan nuestra vida pública son mediocres o niños.