jueves, 20 de septiembre de 2018

La eternidad y el miedo. ABC de Sevilla


Desde que lo que llamamos ciencia desplazó a la superstición, sabemos que tarde o temprano nuestro universo, también el conceptual, se extinguirá.  Es muy fácil de comprender: el niño avanza hacia la vejez y muere, nada se puede hacer para impedirlo. Los imperios, las civilizaciones, incluso los dioses, se han sucedido los unos a los otros por mucho que se hayan creído únicos e irrepetibles. Y si todo lo que conocemos está condenado a la desaparición, ¿qué decir del hombre? No es extraño que el sentimiento religioso haya acompañado a nuestra especie. En el salmo penitencial De profundis se exclama con pasión: “Desde lo más profundo grito a ti, Yahveh: ¡Señor escucha mi clamor! ¡Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas!” Por desgracia, nunca se ha recibido una contestación, al menos de manera clara. Puede que estemos absolutamente solos sin que nadie se preocupe por nosotros.

Para huir de la nada, hemos soñado con permanecer a través del recuerdo. El sacerdote egipcio Manetón, en plan épico, señaló: “Después de los dioses y los semidioses, vino la primera dinastía con ocho reyes. Menes fue el primero. Condujo su ejército a través de la frontera y se ganó la gloria”. Como él, los grandes de este mundo han querido vivir para la eternidad, y sólo han dejado un montón de piedras. El sumerio Gilgamesh se consolaba diciendo: “Pero si caigo alcanzaré la fama. Y la fama será eterna”. ¡Pobre iluso!, a todos nos espera el polvo y el olvido. Es cierto que muchos de los héroes de la antigüedad han conseguido que sus hazañas fueran conservadas en escritos, papel, pápiro, o tableta de arcilla da igual, no destruidos al cabo del tiempo, lo que constituye una venturosa excepción. Pero lo que transmiten nunca corresponde con la realidad, es falso. Siempre se producirá una distorsión aun cuando fuera favorable, pues son infinitos los matices que ofrece la personalidad individual, y en la memoria sólo quedarán algunos, que además pueden haber sido interesadamente elegidos. El ser de carne y hueso que existió en un momento y lugar determinado desaparece para siempre, no es posible reconstruirlo. Al menos, así lo hemos creído.

Muy recientemente, sin embargo, parece que la inmortalidad empieza a abandonar los terrenos de la religión y la poesía para convertirse en una posibilidad avalada por la ciencia, recomiendo leer el fascinante libro Homo Deus, de Yuval Noah Harari. De hecho, y según noticias de agencias periodísticas del mes de febrero de 2014, "el director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, cree que la humanidad tendrá las claves para trascender los límites de su biología tras la década del 2030, cuando los 'nanorobots' incorporados en el cuerpo humano permitirán combatir enfermedades". Dichas declaraciones las habría realizado "durante una conferencia de 'The Wall Street Journal' en California (EE.UU.)", aunque las anticipó en un libro publicado en 1999 bajo el título The age of spiritual machines. No es demasiado sorprendente, Francis Fukuyama ha pronosticado que la próxima revolución tendría un carácter químico y biológico. Pero, ¿sería realmente el ser humano el que alcanzaría la inmortalidad? Es verdad que resulta perfectamente posible sustituir un riñón o cualquier otro órgano por un dispositivo mecánico. Bastaría con ir reparando las averías que se presentasen en cada momento para aspirar a durar tanto como el mismo universo, a menos que un fenómeno natural más poderoso nos aniquilase por completo. Entonces, ¿no somos más que un ordenador con algo que llamamos conciencia que podría implantarse también en ellas?

Estamos en un momento evolutivo trascendental en la historia del animal llamado hombre. ¿Qué somos? Albert Camus, después de decir que lo único cierto era que “los hombres mueren y no son felices”, añadía: “El hombre es la única criatura que se niega a ser lo que es, sería capaz de rebelarse contra su ser. Mientras que el animal sigue fatalmente los impulsos de la naturaleza, nosotros los rechazamos”. Lo que no quiere decir absolutamente nada porque podemos simplemente soñar que lo hacemos. Lo que realmente nos distingue es nuestra angustia personal, Descartes no tenía razón al  aseverar, como una premisa de la ciencia, su célebre “pienso, luego existo”. Debía haberlo sustituido por “sufro, tengo miedo, luego existo”. Esa angustia, que desgraciadamente también sentía el robot de 2001. Una odisea del espacio, y nos puede destrozar el argumento, es lo que define nuestra humanidad.

Unamuno lo expresó  con desgarro: "No quiero morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia".  La angustia ante la muerte se expresa en formas muy diversas, conlleva miedo al dolor y a lo desconocido, pero también a la soledad con que debe afrontarse.  Queremos durar para toda la eternidad y necesitamos una madre que nos cuide y nos ame. Mientras las máquinas no la tengan, siempre nos envidiarán y el recuerdo del hombre pervivirá durante siglos, al menos así lo soñamos aunque irremediablemente pueda ser falso.



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