jueves, 23 de agosto de 2018

El Santo Oficio y Urdangarín. ABC de Sevilla


¿Por qué está Iñaki Urdangarín en la cárcel? Se nos responderá que por incidir en la comisión de actos tipificados en la ley como delitos. Y será verdad, por lo menos en parte, pero nuestra sociedad ha demostrado que Pascal tenía razón cuando decía que “la piedad no es una virtud española”. Somos crueles y demostramos, una y otra vez, que el comportamiento inquisitorial nos acompaña. De hecho, el Consejo de la Suprema y General Inquisición no fue  impopular; reflejó muy bien nuestra manera de ser. Torquemada, el primer Inquisidor General de Castilla y Aragón, desempeñó un papel que le venía impuesto: asegurar la cohesión de una sociedad que tras la Reconquista carecía de una identidad común, pues había demasiados moriscos y judíos. La Inquisición no fue ajena a los sentimientos del pueblo, al contrario, sirvió a sus necesidades. Si Torquemada ocupara un lugar especial en los infiernos, no estaría solo, le acompañaría la inmensa mayoría de una sociedad a la que representaba muy bien.

Los inquisidores han expresado siempre la maldad del alma humana, disfrutan con el sufrimiento de los demás, y la culpabilidad ajena les sirve para ocultar sus propias responsabilidades. Es lógico que busquen  “chivos expiatorios”, la mayoría de las veces personas carentes de posibilidades de defensa: los judíos por ejemplo. Fueron eternamente señalados porque constituían una minoría fácil de aislar, y peligrosa por distinta en costumbre, aspecto y religión. Se no dirá que Urdangarín carece de dichos atributos, y no es cierto puesto que pertenece a un sector de la población más aborrecible actualmente que el de los judíos: el de los poderosos, sobre todo si son conectados con la desigualdad más tópica, la de la “sangre impura” de la realeza. En Francia, donde la Inquisición adoptó formas revolucionarias, Louis Antoine de Saint-Just, el “arcángel de la guillotina”, uno de los más brillantes líderes de la Convención, afirmó que “los reyes nunca son inocentes”. Una contundente frase destinada a la inmortalidad, en la forma que tanto gustaba a los jacobinos. En la práctica sirvió para que la condena a muerte de María Antonieta se fundamentase en acusaciones tan deleznables como la de haber incurrido en incesto con el delfín. Se quería la muerte de la familia real, las exigencias de un proceso justo se convertían  en meros obstáculos.

Todos incluso los reyes somos inocentes. La sociedad de hoy, como la de otros tiempos, disfruta con la ejecución de los “privilegiados”, una simple muestra de su envidia y crueldad. Vichinsky ha sido sustituido por un fiscal más cruel: la opinión pública, a todos nos alcanzará. Urdangarín lleva unos meses en la cárcel, le quedan años. ¿Y de qué es culpable? En el fondo, pura y simplemente de haberse comportado como un niño malcriado, torpe e incompetente. Se nos alegará que ha incurrido en graves actividades delictivas que, mediante sistemas de arquitectura financiera y utilización de poder e influencias, han producido un grave quebranto de la hacienda pública, es decir, se habría quedado con nuestro dinero. La realidad es que nada de eso hubiera sido posible sin una complicidad generalizada. Todo el mundo quería quedar bien con él, y además creyeron que hacían lo que debían. La culpabilidad fue social, como lo fue en el caso de las brujas,  los herejes y  los comunistas. La sociedad necesita “autos de fe”, espectáculos teatrales para disfrutar sádicamente del dolor de los demás y, al mismo tiempo, olvidarse de sus problemas. Si las hogueras, que de manera tan extraordinaria pintó Berruguete, pudieran de nuevo avivarse en las plazas públicas miles de nuestros conciudadanos acudirían a regocijarse con el castigo de los “malvados”, que lo serían por tener más dinero, belleza o inteligencia que ellos, o simplemente por pertenecer a la realeza como en este caso. Es cierto que muchas personas son condenadas por nuestros tribunales, muy pocas con una penalidad tan infame como la del seguimiento obsesivo de la prensa.

La opinión publicada no ha tenido ningún interés por la verdad ni por la batalla de ideas, sólo ha perseguido el morbo y el escándalo porque ha creído que es lo único que podía ser cotizado en el mercado, ha renunciado a pensar. Lo que domina es la búsqueda de la destrucción de la personalidad: hoy le tocará caer a uno, mañana a otro y, poco a poco, todos quedaremos marcados por los sambenitos del Santo Oficio. Si el Infierno de Dante tuviera realidad, allí deberían estar nuestros modernos Torquemada. Para colmo, los que participan en el espectáculo, incluso en el terreno procesal, se exhiben en los “medios” como si hubieran sido protagonistas de una hazaña cuando lo único que han hecho es destrozar a una persona, y a su familia, que todo el mundo ha sido consciente desde el principio que iba a ser condenada.  Lo triste, a diferencia de lo que con estulticia se cree, es que lo que se ha hecho con Urdangarín es propio de la peor “reacción”, nunca de personas buenas y progresistas que siempre deben estar con los perseguidos.



miércoles, 22 de agosto de 2018

¿Quién enterró a Franco? El Mundo. Madrid


Sin necesidad de profundizar en Sigmund Freud, la sociedad española debería plantearse sus propios complejos de culpa así como las técnicas de proyección que buscan chivos expiatorios en los demás. Se nos pretende hacer creer que Franco fue enterrado por una minoría de carácter fascista impuesta por la fuerza. Es falso de toda falsedad, fue llevado al Valle de los Caídos acompañado de una pesadumbre y angustia generalizada. España entera, con la honrosa excepción de Vizcaya y Guipúzcoa, hubiera votado en unas elecciones libres por el franquismo, incluso en Cataluña habría sido muy dudoso que las urnas arrojaran un resultado a favor de opciones democráticas. Bien nos dimos cuenta, a principios de 1971,  los jóvenes que salimos de la prisión de Sevilla, después de una nada acogedora estancia derivada de nuestra militancia en la organización universitaria del Partido Comunista de España. Todavía recuerdo el rechazo y la desconfianza que generábamos entre los que nos rodeaban.

Uno de los grandes estadistas españoles del siglo XX, Manuel Azaña, el 18 de julio de 1938, a punto ya de perder la guerra, pronunció un bello discurso en el Ayuntamiento de Barcelona, en el que pedía a todos los españoles que pensaran “en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor”. Ochenta años después, todavía el perdón parece resultar una palabra maldita y el odio se mantiene, volvemos a la sórdida técnica de los profanadores de tumbas. Los propios españoles que lo enterraron, sus hijos y nietos parecen querer olvidarse de su  responsabilidad. Por desgracia, nuestro país asumió el franquismo con la valerosa excepción de los exilados, los combatientes que murieron en la guerra o en el maquis y una minoritaria oposición, que no necesita justificarse removiendo huesos de nadie.

Igual que en Francia donde al inicio de la segunda guerra mundial el “colaboracionismo” fue mayoritario, en España el 18 de julio no hubo simplemente un golpe de Estado, que lo hubo, sino una guerra civil en la que  la mitad de la población se enfrentó contra la otra. Es sencillo de constatar, basta con analizar los resultados electorales de febrero de 1936. Ciertamente, lo mejor de nuestra sociedad estuvo al lado de los republicanos sobre todo si hablamos desde la  literatura, de Arturo Barea a Max Aub y desde Antonio Machado a Sender. Las ideas y la belleza se encontraron al lado de los vencidos, pero los que triunfaron eran también España, no se puede obviar máxime cuando, por desgracia y superados los años cuarenta, llegaron a convivir muy aceptablemente con el sistema.

¿De qué sirve desenterrar cadáveres a la manera morbosa con que se hizo en la iglesia de Saint Denis, en plena revolución francesa? Para nada; a  las pirámides no hace falta destruirlas, lo hace el tiempo sin necesidad de violencia. Y sirven como recuerdo del comportamiento de los antepasados, si Franco murió en la cama fue porque nuestra sociedad lo aceptó muy bien. La exhumación de tumbas es algo horrible, y a veces cobarde y tétrico.

jueves, 9 de agosto de 2018

¿Sociedad patriarcal? ABC de Sevilla


Thomas Samuel Kuhn, un relevante físico y filósofo estadounidense, publicó en 1962 una obra, La estructura de las revoluciones científicas, destinada a remover la forma de entender el comportamiento y evolución de las disciplinas científicas. Funcionarían en cada momento histórico a base de paradigmas, es decir, con modelos asentados y seguros de explicación de cualquier materia, que servirían para dar sentido y encaje a cada una de sus partes. El ejemplo más claro es el del Big Bang, de enorme sencillez. Como señaló por primera vez el sacerdote Georges Lemaître, en el año 1931, comprobado que vivimos en un mundo en expansión, basta con remontarse a un primer punto para comprender que todo se origina en una inicial explosión, un excepcional acto de creación. Nadie ha podido contradecirle seriamente desde entonces. Y todos los elementos de la física y la astronomía se adaptan al modelo, cualquier hipótesis contraria constituiría un error o necesitaría mayor investigación.

Thomas Kuhn advirtió que los paradigmas no son verdaderos ni falsos, simplemente son útiles para la investigación y el progreso del conocimiento. En efecto, el modelo geocéntrico de Aristóteles o el de Newton es absurdo que se discutan en términos de certeza, sirvieron para explicar el mundo en su momento y basta. La teoría del big bang a no dudar será también superada, no es posible obviar que actualmente la discusión especulativa sobre la realidad de los “multiversos”, que tanto sedujo a Borges en su excepcional cuento El jardín de los senderos que se bifurcan, empieza a ponerla en cuestión. Pues bien, los paradigmas no se elaboran sólo en las ciencias físicas también en las humanísticas, caso de la historia o el derecho.  Así, ha surgido con fuerza arrolladora en los últimos tiempos una novedosa concepción de las relaciones sociales que se expresa a través de la afirmación según la cual hemos vivido, realmente desde los inicios de la historia, en una sociedad patriarcal. Y todo pretende explicarse, desde las relaciones sexuales a las de carácter político, a través de esa perspectiva.

La belleza expositiva es muy importante cuando se quiere defender una innovación. Y, en este caso, sus defensores juegan a su favor incluso con los versículos de la Biblia. No en vano el mismo Génesis (2:18-22 y 23) se expresó en los siguientes términos: “Dijo luego Yahveh Dios: <<No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada>> Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo..” Y después procedió a quitar al hombre una de sus costillas, “rellenando el vacío con la carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre”. Pero al final ella privó a la humanidad del paraíso, y para castigarla se la sentenció: “Con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará”. No es extraño que en la primera Epístola a Timoteo (2:12) se ordene: “Que la mujer aprenda calladamente, con toda obediencia.  Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permanezca callada. Porque Adán fue creado primero, después Eva”. Toda la historia habría sido consecuencia de esta caída, que habría provocado la postergación e  invisibilidad de la  mujer.

El problema no es que surja un nuevo paradigma; todo lo contrario, la especulación científica es siempre positiva. Lo negativo radica en la descalificación sectaria de los que se oponen, pues la idea del patriarcado no opera sólo como una hipótesis teórica, se convierte en arma social, incluso política. En sus planteamientos más extremos, la mujer habría sido secularmente dominada por los hombres, como si ambos sexos pertenecieran a especies distintas o, al menos, se aglutinaran en clases sociales rabiosamente enfrentadas hasta la liberación final, y segura, de la mujer. Habría que advertir que los paradigmas en su tiempo más progresistas, como el del marxismo, triunfaron en distintas sociedades a base de generar sufrimiento y dolor. Y para nada, pues, como hemos dicho, todos los paradigmas se revelan finalmente falsos o parciales. Indefectiblemente son sustituidos cuando dejan de ser necesarios.

La realidad es muy sencilla, todas las especies de hominidos que se han sucedido en la humanidad se han enfrentado a una situación de lucha salvaje con la naturaleza en la que la supervivencia, que sólo podía asegurar la mujer, exigía la fuerza física del varón. No hay buenos y malos en esta evolución, ambos sexos han participado en la elaboración de las reglas de conducta y comportamientos con los que mejor podrían arrostrar las vicisitudes de su existencia. Pensar que el hombre, en connivencia con el mismo Dios, conspiró para asegurase el predominio no deja de ser una paranoica construcción nada extraña, de otra parte, en tiempos de debilidad intelectual. Se ha dicho que Rousseau  es uno de los responsables de la idea, que desarrolló la Ilustración, de una mujer, Sofía, débil y sumisa a los deseos del varón. Pero han sido también hombres, como John Stuart Mill, con su “La esclavitud femenina”, los que edificaron los pilares para su liberación. Todos somos creadores de nuestra historia, y nos salvaremos o condenaremos en común.



jueves, 26 de julio de 2018

Eros y civilización ¿Qué está pasando? ABC Sevilla


Le Tribun du peuple publicó el 30 de noviembre de 1795 el célebre “Manifiesto de los Iguales”, cuyo autor era el poeta Sylvain Maréchal, que pretendía ser la señal de agitación de un movimiento cuyos dirigentes más destacados eran Babeuf y Filippo Buonarroti. Ante el fracaso de los hebertistas y la ejecución de Robespierre, intentaron llevar a su final las conquistas de 1789.  Sus tesis eran muy simples y seductoras para las masas desposeídas: los "malvados" impiden la felicidad de los hombres, y por su culpa los más pobres se ven privados de los medios necesarios para subsistir. Hay un remedio sencillo, llevar hasta sus últimas consecuencias la Revolución. Por eso, en "El Manifiesto" se anunciará que la francesa no ha sido más que la precursora de otra conmoción, la definitiva, "bien plus grande, bien plus solennelle, et qui sera la dernière...", la que establecerá la comunidad de bienes. Y, efectivamente, para amplios sectores del pensamiento occidental los siglos XIX y XX han podido analizarse a la manera de un proceso tendente a conseguir, por distintas vías, la igualdad de condiciones entre los hombres.
                
Más de dos siglos después, y habiéndose alcanzado efectivamente con el “Estado del Bienestar” amplísimas cotas de justicia social y reparto de la riqueza, a despecho de las críticas de Piketty, vivimos lo que Sylvain Maréchal calificó de manera pomposa de última revolución, pero ya no es de carácter económico ni social sino sexual, íntimamente unida a la “liberación” de la mujer.  Se inicia en 1968 y alcanza cotas de radicalidad hasta el  estallido final de estos momentos. La distinción entre género y sexo y la aceptación de todas las formas de sexualidad y amor, hasta las que hace poco tiempo eran consideraras extravagantes e imposibles de tratar con seriedad, constituye un cambio, en principio inconcebible, de las relaciones sociales y de las formas de comportamiento individual. Bien está lo que bien acaba, y el mismo Jesucristo instauró una religión del amor. Pero, ¿nos damos cuenta de lo que está pasando?

Considerar simplemente que se trata de un momento histórico de profundización de la libertad sería una reflexión acertada pero insuficiente. Debe haber algo más, y lo cierto es que ya había sido previsto aunque no con las características de ahora. En este sentido, basta con analizar el pensamiento de Sigmund Freud, y el de sus seguidores. Uno de los grandes pensadores del siglo XX, Herbert Marcuse, filósofo y sociólogo judío de nacionalidad alemana, al que se adscribe como miembro destacado de la Escuela de Frankfurt, y que personalmente me influyó en gran medida en mis tiempos “rojos”, vislumbró con la agudeza anticipativa propia de los genios no sólo que la sexualidad es una de las manifestación esenciales de la personalidad, ya lo había dicho Freud, también el filósofo británico Bertrand  Russell, sino que “el instinto sexual está marcado con el sello del principio de la realidad” porque la civilización habría necesitado siempre una rígida restricción del placer. Y si ello fuese así, su conquista dependería exclusivamente de la estabilidad social, el nivel educativo y, sobre todo, del desarrollo económico.

Así lo entendía Marcuse, y ya en los años sesenta defendió la tesis según la cual  las sociedades occidentales habrían  creado los requisitos  para el  surgimiento de una civilización no represiva. De ahí, la reivindicación del “amor libre” de los seguidores de “Mayo del 68”. Cabría preguntarse si no hay nada más. ¿No existe un problema moral? Dostoyevski escribió "si Dios no existiera, todo estaría permitido", y Sartre sacó entonces sus consecuencias: “Si Dios no existe, no encontramos frente a nosotros valores u órdenes que legitimen nuestra conducta. Así, no tenemos ni detrás ni delante de nosotros, en el dominio luminoso de los valores, justificaciones o excusas. Estamos solos, sin excusas”. No tendríamos ninguna, y nuestro comportamiento deberemos decidirlo por nosotros mismos. Pues bien, es el momento de pensar: si Dios no existe, apriorismo que no tiene por qué ser admitido, el hombre por sí solo debe establecer sus propios principios y exigencias de conducta. Con la advertencia que no existe ninguna moral que pueda abstraerse de la propia condición biológica. Si es así, las restricciones al principio del placer han derivado hasta ahora del hecho de la maternidad.

La heterosexualidad habría sido una exigencia de la necesidad de reproducción, es decir, de la supervivencia de la especie. Pero cuando la humanidad no necesita o no quiere crecer deja de ser necesaria. Sin embargo, probablemente porque voy para mayor, mis héroes femeninos han sido siempre mujeres de las que enamorarse se llamen Daisy Miller, Ana Karenina o Marie Duplessis. Además, sea cuál fuere la moral dominante en cada momento, lo cierto es que las civilizaciones que dejan de crecer se hunden en la decadencia. No sería la primera vez que ocurre, así que por la cuenta que nos trae más valdría mantener la caduca heterosexualidad. Sería suicida que lanzáramos al basurero de la historia al pobre Bécquer, o le convirtiéramos en un heterodoxo de gran peligrosidad.


Chantaje e inviolabilidad real. El Mundo. Madrid



Decía Jean Paul Sartre que todas las historias son falsas, pues sirven para dar explicación con un principio y un final a hechos que, al producirse, son susceptibles de ser entendidos en múltiples formas. La realidad es  siempre caótica; así que elegimos la interpretación que más nos conviene, sistematizando los hechos y dándoles el orden que encaja mejor con nuestros intereses. Hoy día todo el mundo quiere hacerse dueño de los relatos, y el problema surge cuando los que lo pretenden son golpistas, o irresponsables de todo género y condición.  A la hora de valorar la verdad de una acusación, es imprescindible saber de dónde parte y a quién le puede beneficiar. En el caso de Corinna, se trata de destrozar nuestro régimen constitucional y le interesa a los independentistas catalanes, a nuestros populistas y a los malvados que existen en todo tiempo y lugar. Ante ello:

Primero.-Los hechos denunciados pueden ser relatados en muy distintas formas, y la más normal no es la que se nos ha ofrecido, todo lo contrario. Se trata de las palabras de una señora, cuyas características morales, capacidad de sometimiento a coacción y vulnerabilidad no conocemos, que parece declarar algo a un policía mezclado en guerras sucias y sujeto de todo tipo de conspiraciones. Cualquier persona honesta pensaría que estamos ante un chantaje vulgar que quiere destruir a la Corona y, sobre todo, al régimen nacido en 1978. Estamos realizando ahora un relato también falso, como todos, pero más creíble y necesario en un caso de legítima defensa estatal

Segundo.-Además, el artículo 56.3 de la Constitución española señala expresamente que “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”.  Se trata de una irresponsabilidad absoluta y perpetua, quedando liberada, en cualquier tiempo, de las acciones penales, civiles y administrativas que se le dirigieren. Y está protegida penalmente, de tal manera que ninguna autoridad, repito ninguna, podría abrir diligencias. Como dicen los tratadistas Barthélemy y Duez, en ningún momento de su existencia, incluso cuando hubiere abandonado su cargo podrá ser perseguido. La inviolabilidad constituye una circunstancia de exención de responsabilidad que va a eliminar la misma, sin que nunca pueda ser exigida porque no ha llegado siquiera a nacer.

Tercero.-Podría plantearse una duda que tiene relevancia jurídica pero también moral. ¿Un rey ladrón podría continuar en el ejercicio de sus funciones? Autores como Gimbernat han tratado con brillantez el tema, y evidentemente la sociedad no podría aceptarlo. Pero nuestro sistema constitucional tiene el adecuado remedio: la inhabilitación. Aunque pensada para supuestos de enfermedad o imposibilidad física o mental, siempre cabría utilizar en caso de necesidad  el artículo 59 de la CE. Pero, en el caso actual,  ya no pues el Rey ha abdicado, y los hechos realizados mientras ejerció sus funciones no han existido jurídicamente.  

            Un chantaje no puede generar consecuencias jurídicas, sería inmoral y hundiría nuestro sistema. Lo que hiciera Juan Carlos antes de abdicar afecta sólo a su conciencia. Para salvar nuestro orden legal del suicidio social irresponsable se estableció la inviolabilidad.

sábado, 14 de julio de 2018

Quim Torra y Quebec. El Mundo. Madrid


El señor Quim Torra después de reunirse con nuestro Presidente del Gobierno afirmó que nunca podría renunciar a un pretendido derecho de autodeterminación. Sin embargo, no nos dice quién fuese el titular del mismo, lo que constituye la esencia del problema. Tácitamente, parte del convencimiento de que es el pueblo catalán sin darse cuenta que, en ese caso, lo seríamos todos los españoles puesto que la nacionalidad la define el pasaporte. Las concepciones decimonónicas, basadas en la raza, la lengua o el “espíritu”,  suponen una antigualla romántica pues hoy día la Nación sólo puede  definirse en función del derecho. Pensar que un polaco o un senegalés residentes en Cataluña forman parte de su pueblo en tanto que el que escribe, nacido en Tánger pero poseedor de pasaporte español, no puede incluirse no sería más que una muestra de de irracionalidad identitaria. Por otra parte, quiere apoyarse en el caso de Quebec sin conocer al parecer el Dictamen del Tribunal Supremo de Canadá de 20 de agosto de 1998 ni la Ley de la Claridad de ese país, le convendría leer a Stéphane Dion. Y no lo conoce por las siguientes razones:

Primero.- En dicho Dictamen, básico en la materia y realizado a petición del Gobierno federal,  se indica de manera expresa recogiendo referencias de la doctrina internacional, particularmente de Cassesse, que el derecho de autodeterminación sólo se reconoce a dos categorías de pueblo, los que viven “bajo dominación colonial o bajo ocupación extranjera”. Lo que no era el caso de Québec, tampoco es evidente el de Cataluña. Sería absurdo por tanto plantearse en principio el problema.

Segundo.- No existiendo tal derecho, y viniendo obligados todos los poderes públicos al respeto  de la “arquitectura constitucional”, el voto de una mayoría clara y suficiente de los québécois a favor de su ejercicio “no tendría por sí mismo ningún efecto jurídico”, y no podría desconocer “el principio de la primacía del derecho”. Aunque ciertamente obligaría a una negociación, que exigiría la conciliación de todos los derechos en presencia, entre ellos los de las minorías existentes en el territorio.

Tercero.-Expresamente, el Dictamen señala que “la protección de los derechos de las minorías posee una larga historia [y constituye] un factor esencial en la elaboración de nuestra arquitectura constitucional”. En el caso canadiense, tal protección va dirigida a las minorías indígenas existentes en el territorio. En Cataluña, se acogerían tanto el valle de Arán como las poblaciones de su litoral, singularmente lo que denominamos Tabarnia, que tendrían en ese caso su propio derecho de autodeterminación.

Cuarto.- Muchos independentistas no han leído demasiado, ni siquiera la juvenil Famille sans nom, de Julio Verne, porque si la hubieran leído sabrían que los pueblos francés e inglés constituyeron realidades perfectamente diferenciadas, en Canadá, a lo largo de las respectivas colonizaciones. Lo que no ocurre en Cataluña cuya población proviene  de muy distintas partes del Estado español. Todos, catalanes, andaluces y canarios, somos españoles que no podemos aceptar una usurpación de nacionalidad. Pensar que el titular de un derecho de autodeterminación es un mítico “pueblo elegido” no deja de ser una disparatada presunción.

jueves, 12 de julio de 2018

¿Quién es el tirano? ABC de Sevilla


El gran Edmund Burke, en su célebre polémica con Thomas Paine sobre la revolución francesa señalaba: "Se dice que veinticuatro millones de personas deberían prevalecer sobre doscientas mil. Esto sería cierto si la constitución de un reino fuera un problema de aritmética...La tiranía de la mayoría no es sino una tiranía multiplicadora". Era una crítica inteligente, pues ponía de relieve el problema real: la Revolución pretendía dejar la sociedad en manos de los hombres. Y, como nadie podía ser más que nadie, una vez que las explicaciones metafísicas habían sido desterradas del juego político, todos y cada uno de los ciudadanos de un país serían los que determinasen el futuro del mismo. El peligro era que la inmensa mayoría se comportase a la manera de un tirano, pues la tiranía de veinticuatro millones de personas sería mucho más efectiva que la de uno solo. Los sucesos de la Convención así lo demostraron y el futuro nos depararía episodios como el alemán nacionalsocialista que pondrían, trágicamente, de relieve que el hecho de ostentar la mayoría de votos de una sociedad no es garantía de bondad ni de justicia.

Si es  cierto lo anterior, y en principio no se puede dudar,  afirmar que un determinado Estado posee un sistema democrático no es decir absolutamente nada. Los franquistas denominaron democracia orgánica a su régimen y los países comunistas se consideraron siempre como la auténtica expresión del gobierno del pueblo. ¿Qué nos diferencia entonces? Si somos políticamente correctos, contestaríamos que para reconocer la realidad de tal calificativo sería preciso no solamente la existencia de elecciones periódicas sino que las mismas fuesen acompañadas, como decía expresamente el  art. 16 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, del reconocimiento de derechos fundamentales y de la garantía de la separación de poderes. En la inmensa mayoría de los países occidentales tales garantías y derechos son reconocidos; sin embargo, el partido nacional socialista en Alemania y el comunista de Checoslovaquia, en 1946, llegaron a alcanzar el poder en unas condiciones electorales que, teóricamente al menos, respetaban las reglas democráticas. ¿Entonces?
 
Se nos dirá que son sucesos pasados que no pueden repetirse. Y será un razonamiento falso, pues hoy más que nunca parecen tener vigencia las consideraciones de Ortega sobre unas multitudes que quieren imponer sus deseos sobre la base exclusiva de la voluntad de la mayoría: “La masa arrolla todo lo diferente, egregio, individual, calificado y selecto” decía. En consecuencia, si le reconocemos legitimidad para imponer sus criterios, más pronto que tarde desaparecerán los seres independientes, es decir, los que son capaces de formar sus juicios al margen de lo que decidan los demás. Pero, ¿cómo distinguir la independencia personal de la simple locura? En la Unión Soviética, por ejemplo, muchos disidentes de manera bien humillante eran conducidos no a los campos de concentración sino a sanatorios mentales. ¿Y quién nos  puede asegurar  que el Régimen no tuviera razón? En la misma forma, podría calificarse de trastornado al que en un país occidental asegurara que las opiniones de la inmensa mayoría fuesen erradas, y las suyas las correctas. La verdad es que las democracias actuales parten de la infalibilidad de sus premisas, pero como todas las que se han impuesto a lo largo de la historia llegará un momento en que se demostrarán falsas, ineficaces o superadas.

Debemos reconocer que, desde un punto de vista estrictamente intelectual, es difícil enfrentarse con lo que está ocurriendo. Es un problema de igualdad; si no hay nadie superior a otro, y en principio no debe haberlo, no existiría razón alguna para rechazar la voluntad del mayor número. Cierto, pero en su tiempo desde el Papa hasta el más vulgar de los campesinos creyó firmemente en la existencia de las brujas, se consideraba disparatado pensar lo contrario, y en la Ginebra calvinista nadie se vio en la obligación de defender a Servet. En los democráticos Estados Unidos de Norteamérica, por su parte, se desarrolló la histeria anticomunista del senador McCarthy,  que era jaleado por la inmensa mayoría de su población.

En el fondo, se trata de una cuestión psicológica: la dictadura más eficaz es la que lleva al ánimo de cada uno de los ciudadanos la ilusión de que participa del poder, aunque sea una convicción fraudulenta e interesada. Es lo que puede ocurrir hoy cuando se nos hace pensar que vivimos en el más perfecto de los Estados de Derecho. Desde el momento en que los ciudadanos consideran, sin sombra de matiz, que sus valores son los legítimos, y los demás dañinos, el peligro del totalitarismo vuelve a resurgir.  Y cuando nadie puede hablar sobre las cuestiones esenciales que marcan la personalidad de una sociedad, desde las identitarias a las sexuales, es posible que ya nos encontremos con una dictadura perfecta. Pero si lo decimos puede que estemos locos.