jueves, 4 de octubre de 2018
martes, 25 de septiembre de 2018
¡Ya está bien! El Mundo. Madrid
Decía
Tribe, en su Constitutional Choices,
que "en temas de poder, el fin de la duda y la desconfianza es el comienzo
de la tiranía". Es cierto, ningún poder, ni siquiera el judicial, puede
quedar al margen de sospecha. Por ello, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos
ha establecido tajantemente que no sólo debe hacerse justicia, debe parecer
también que se hace. Lo que requiere que la ciudadanía tenga la convicción
psicológica de que los órganos encargados
de fallar los litigios están situados por encima de las partes, pudiendo
decidir libremente. En una sociedad democrática, todos los asuntos son
discutibles pero lo que no pueden los miembros de su Ejecutivo, porque
irresponsablemente pondrían en peligro esa convicción, es realizar
manifestaciones sobre el comportamiento a seguir por sus jueces y tribunales.
Con respecto a las diligencias del procés, un ministro de nuestro Gobierno ha
señalado que “no sería lógico alargar la
prisión preventiva” de los procesados. ¿No se da cuenta que eso puede
constituir una presión? Veamos:
Primero.-
¿No es consciente nuestro Gobierno de que el objetivo esencial de los
independentistas es negar la imparcialidad del instructor de las diligencias?
La demanda presentada en Bélgica contra el Sr. Llarena, que sencillamente
inicia el camino a seguir, así lo pone de manifiesto. No lo han ocultado,
continuamente ponen de relieve que todo terminará en los tribunales europeos. Y
es cierto, de una u otra manera, el Estado español se va a encontrar con una
demanda ante el TEDH. Cuando no se tiene nada que perder, la moral no existe y
los procesados van a utilizar todos los medios, que no son pocos como se ha
visto en Alemania, para acusar a nuestros jueces. ¿Queremos darles más motivos?
Segundo.-
¿Tampoco se han dado cuenta que el ataque a los tribunales de justicia va unido
a la puesta en cuestión de la forma del Estado español, es decir, la Monarquía
parlamentaria? ¿Tampoco? Pues es evidente, todo estado implica un orden
jurídico que se garantiza por los tribunales. Si éstos desaparecen, o son
desprestigiados, el sistema entero se viene abajo. No habrá nadie capaz de
defender el pacto social que nos dimos con la Constitución de 1978.
Tercero.-
Según el artículo 56 de la Constitución española, el Rey es el símbolo de la
unidad y permanencia del Estado. Quien quiera destruirlo, ya sabe entonces lo
que tiene que hacer: eliminar su capacidad de influencia, evitar otra
intervención televisada como la de octubre.
¿Somos tan tontos que no nos damos cuenta de su estrategia? Los
independentistas pretenden cargarse a la vez nuestro sistema jurídico y el
símbolo del Estado. Ambas cosas van unidas.
Es
cierto que los problemas políticos no pueden solucionarse sólo con la justicia
penal. También que nuestro amor por Cataluña exige buscar el restablecimiento
de la confianza mutua y la exploración de caminos en ese sentido, así la labor
de Partido Socialista Catalán puede ser imprescindible con personalidades tan
valiosas como las de Iceta o Borrell. Pero no es tolerable el nivel de tensión
a que están sometidos en esta materia los órganos judiciales competentes. ¡Ya
está bien!
jueves, 20 de septiembre de 2018
La eternidad y el miedo. ABC de Sevilla
Desde que lo que llamamos ciencia desplazó a
la superstición, sabemos que tarde o temprano nuestro universo, también el
conceptual, se extinguirá. Es muy fácil
de comprender: el niño avanza hacia la vejez y muere, nada se puede hacer para
impedirlo. Los imperios, las civilizaciones, incluso los dioses, se han
sucedido los unos a los otros por mucho que se hayan creído únicos e
irrepetibles. Y si todo lo que conocemos está condenado a la desaparición, ¿qué
decir del hombre? No es extraño que el sentimiento religioso haya acompañado a
nuestra especie. En el salmo
penitencial De profundis se exclama
con pasión: “Desde lo más profundo grito a ti, Yahveh: ¡Señor escucha mi
clamor! ¡Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas!” Por desgracia,
nunca se ha recibido una contestación, al menos de manera clara. Puede que
estemos absolutamente solos sin que nadie se preocupe por nosotros.
Para huir de la
nada, hemos soñado con permanecer a través del recuerdo. El sacerdote egipcio
Manetón, en plan épico, señaló: “Después de los dioses y los semidioses, vino
la primera dinastía con ocho reyes. Menes fue el primero. Condujo su ejército a
través de la frontera y se ganó la gloria”. Como él, los grandes de este mundo
han querido vivir para la eternidad, y sólo han dejado un montón de piedras. El
sumerio Gilgamesh se consolaba diciendo: “Pero si caigo alcanzaré la fama. Y la
fama será eterna”. ¡Pobre iluso!, a todos nos espera el polvo y el olvido. Es
cierto que muchos de los héroes de la antigüedad han conseguido que sus hazañas
fueran conservadas en escritos, papel, pápiro, o tableta de arcilla da igual,
no destruidos al cabo del tiempo, lo que constituye una venturosa excepción.
Pero lo que transmiten nunca corresponde con la realidad, es falso. Siempre se
producirá una distorsión aun cuando fuera favorable, pues son infinitos los
matices que ofrece la personalidad individual, y en la memoria sólo quedarán
algunos, que además pueden haber sido interesadamente elegidos. El ser de carne
y hueso que existió en un momento y lugar determinado desaparece para siempre,
no es posible reconstruirlo. Al menos, así lo hemos creído.
Muy recientemente, sin embargo, parece que la inmortalidad
empieza a abandonar los terrenos de la religión y la poesía para convertirse en
una posibilidad avalada por la ciencia, recomiendo leer el fascinante libro
Homo Deus, de Yuval Noah Harari. De hecho, y según noticias de agencias
periodísticas del mes de febrero de 2014, "el director de ingeniería de
Google, Ray Kurzweil, cree que la humanidad tendrá las claves para trascender
los límites de su biología tras la década del 2030, cuando los 'nanorobots'
incorporados en el cuerpo humano permitirán combatir enfermedades". Dichas
declaraciones las habría realizado "durante una conferencia de 'The Wall
Street Journal' en California (EE.UU.)", aunque las anticipó en un libro
publicado en 1999 bajo el título The age
of spiritual machines. No es demasiado sorprendente, Francis Fukuyama ha
pronosticado que la próxima revolución tendría un carácter químico y biológico.
Pero, ¿sería realmente
el ser humano el que alcanzaría la inmortalidad? Es verdad que resulta perfectamente
posible sustituir un riñón o cualquier otro órgano por un dispositivo mecánico.
Bastaría con ir reparando las averías que se presentasen en cada momento para
aspirar a durar tanto como el mismo universo, a menos que un fenómeno natural
más poderoso nos aniquilase por completo. Entonces,
¿no somos más que un ordenador con algo que llamamos conciencia que podría
implantarse también en ellas?
Estamos en un momento evolutivo trascendental en la
historia del animal llamado hombre. ¿Qué somos? Albert Camus, después de decir que
lo único cierto era que “los hombres mueren y no son felices”, añadía: “El hombre es la
única criatura que se niega a ser lo que es, sería capaz de rebelarse contra su
ser. Mientras que el animal sigue fatalmente los impulsos de la naturaleza,
nosotros los rechazamos”. Lo que no quiere decir absolutamente nada porque
podemos simplemente soñar que lo hacemos. Lo que realmente nos distingue es
nuestra angustia personal, Descartes no tenía razón al aseverar, como una premisa de la ciencia, su
célebre “pienso, luego existo”. Debía haberlo sustituido por “sufro, tengo
miedo, luego existo”. Esa angustia, que desgraciadamente también sentía el
robot de 2001. Una odisea del espacio,
y nos puede destrozar el argumento, es lo que define nuestra humanidad.
Unamuno lo expresó con desgarro: "No quiero morirme, no; no
quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo,
este pobre que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el
problema de la duración de mi alma, de la mía propia". La angustia ante la muerte se expresa en
formas muy diversas, conlleva miedo al dolor y a lo desconocido, pero también a
la soledad con que debe afrontarse. Queremos durar para toda la eternidad y
necesitamos una madre que nos cuide y nos ame. Mientras las máquinas no la
tengan, siempre nos envidiarán y el recuerdo del hombre pervivirá durante
siglos, al menos así lo soñamos aunque irremediablemente pueda ser falso.
miércoles, 19 de septiembre de 2018
Prisión provisional justificada. El Mundo. Madrid
Al parecer, muy recientemente Meritxell Batet en
entrevista concedida a un periódico de tirada
nacional ha señalado que “sería más fácil hacer política en Cataluña sin
presos”. En lo que viene a coincidir con su compañero Josep Borrell, que se ha
manifestado en el mismo sentido ante la prensa extranjera. Nada hay que decir
desde un punto de vista intelectual, incluso personal, pues cuando los
políticos entran en la cárcel la racionalidad suele sustituirse por los
sentimientos. Sin embargo, se corre el riesgo de pensar que los razonamientos
de ambos ministros pueden ser valorados al mismo nivel que los del tribunal que
los mantiene en prisión. Lo que sería un disparate, pues las decisiones
judiciales encuentran su fundamento en el ordenamiento jurídico y es
exclusivamente en este aspecto en el que pueden ser discutidas. Veamos:
Primero.-A tenor de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, la
medida de prisión provisional ha de basarse esencialmente en la gravedad de los
hechos investigados en íntima relación con la posibilidad de fuga y, sobre todo
en este caso, el riesgo de reincidencia en la actividad delictiva. ¿Se puede
poner en cuestión, entonces, la existencia de los requisitos necesarios para el
mantenimiento de dicha medida procesal?
Segundo.-Nadie, absolutamente nadie de los investigados,
puede negar que tuvo lugar una declaración de independencia, que se vulneró el
ordenamiento constitucional español y que, de una manera u otra, se invitó a la
población residente en Cataluña a resistir activamente a las fuerzas de orden
público. Desde el punto de vista de los intereses públicos no puede haber nada
de mayor gravedad, y se trata de una actividad que persiste en el tiempo. El
propio Torra reconoce aceptar las instrucciones del fugado Puigdemont. ¿Cómo,
entonces, ponerlos en libertad? ¿Para que prosigan su presunta rebelión?
Tercero.-Todos los actos que son objeto de enjuiciamiento
fueron realizados por los procesados, de manera presunta al menos, con clara conciencia de sus consecuencias. No es posible olvidar
los distintos requerimientos expresos que realizó al efecto el Tribunal
Constitucional. Los acusados sabían lo que hacían, y seria absurdo y tonto
pensar que actuaron en forma teatral.
Pero como respetamos a Borrell habrá que añadir, si de
sensibilidades personales se trata, que los procesados nos han infligido a los
españoles, que somos tan catalanes como ellos, un enorme daño: han querido
usurpar nuestra soberanía, pues sólo nosotros en su conjunto podemos decidir
sobre cualquier parte del territorio. Han infringido las leyes que garantizan
la convivencia, y nos impiden con sus presiones desarrollar una política
estable, incluso desde una perspectiva exterior. Lo hacen de una manera irresponsable sin conocer
siquiera la legislación internacional, pues no han sido capaces de determinar
quién fuese el titular de ese pretendido derecho de autodeterminación, al no
haber entendido la decisión sobre el tema del Tribunal Supremo de Canadá. Para
colmo, sus admiradores, después de defender sus delitos, nos insultan de manera
supremacista y torpe. ¿Hace falta algo más?
jueves, 6 de septiembre de 2018
El arte de la decadencia. ABC de Sevilla
Todas las generaciones se convencen de que se
aproxima el fin de los tiempos, las creencias que daban solidez a sus vidas van
desapareciendo una tras otra, y el miedo
surge. ¿Cuántas veces se ha asegurado que los bárbaros están a la vuelta de la
esquina? Muchísimas, y hasta ahora nunca ha sido así. Lo que ocurre es que las
personas llegadas a cierta edad contemplan cambios vertiginosos y profundos que no son
capaces de comprender, entre otras razones, por la elemental de que carecen de
la vitalidad necesaria para adaptarse a ellos. Así, para personas
nacidas en los años treinta, cuarenta o cincuenta, ¿cómo explicar las
transformaciones producidas en materia de género, globalización o igualdad
social? Un provecto caballero de más de ochenta años es normal que considere
algo infernal, por ejemplo, la extensión de la homosexualidad o el lesbianismo.
Desde la “corrección política” se nos dirá que es una cuestión de tiempo y
educación, la muerte despeja el camino a otros seres que percibirán las cosas
con la normalidad derivada de las eternas leyes de la evolución, hasta que
también se hagan viejos y vuelta a empezar. Bien triste todo, desde luego…
Sin embargo, lo anterior no es cierto o no lo es
completamente, pues si lo fuera no hubiera tenido lugar la caída de Roma, o
habría significado bien poco. Los episodios históricos de ruina de una
civilización son desgraciadamente frecuentes. Y la realidad es que en este
momento vivimos una transformación revolucionaria, que probablemente será un
tránsito necesario hacia otra cosa, pero que implica la decadencia real del
mundo occidental, aunque no sea en la misma forma, algo pesada literariamente
hablando, que previó Spengler. Es verdad que aceptar esa denominada “decadencia
de Occidente” te convierte, a los ojos de unas masas bienpensantes, y algo
aborregadas por qué no decirlo, en un individuo algo extravagante y sin
duda reaccionario. Me arriesgo a esos
calificativos y, por hoy, me limitaré a
señalar un aspecto de la misma, la relativa al arte, que es esencial
para conocer el estado actual de nuestra civilización.
¿Subsiste el arte en Occidente? Para contestar,
quiero narrar una historia bien curiosa a la que se refirió José Luis Pardo en
su excelente ensayo Estudios del malestar.
En 1917, el mecenas y promotor cultural A. Stieglitz convocó una exposición en
su galería de la Quinta Avenida de Nueva York, abierta, a la manera parisina
del “Salón de los Independientes”, a los creadores libres y antiacademicistas.
Marcel Duchamp, considerado ya entonces como un auténtico genio,
decidió contribuir con un urinario, como lo oyen, un simple y feo urinario,
pero de manera modesta lo presentó bajo el seudónimo de Richard Mutt, de
Filadelfia. Después de analizarlo precavidamente de todas las maneras posibles,
los vanguardistas, que no dejaban de ser respetables organizadores, decidieron
que aquello era lo que era: un urinario, no podía ser aceptable y lo mandaron a
la basura. Cuando Marcel Duchamp se enteró, no sólo montó la de “Dios es
Cristo” sino que arrojó a la más humillante de las tinieblas al pobre
Stieglitz, que fue tildado de inculto y adocenado burgués por los papanatas que
existen en todo tiempo y lugar. Para colmo, tuvo que buscar la obra en el depósito
de residuos de la ciudad y nadie sabe si realmente la llegó a encontrar.
Se trata de un hecho histórico que demuestra que el
Arte no es otra cosa que lo que los entendidos quieren que sea, y si son bobos,
muchas veces lo son, vamos aviados. Por otra parte, hay una cuestión puramente
técnica que es preciso tener en cuenta en la actividad artística de los dos
últimos siglos, su decadencia no es más que la estricta consecuencia de la
aparición de la fotografía que “produce una deshumanización de la pintura y la
escultura que derivan hacia métodos no figurativos y, en definitiva,
abstractos", como inteligentemente señalaba Ortega y Gasset en La deshumanización del arte. Desaparece
así la necesidad de reflejar con perfección manual los contornos de la realidad.
Los seres originales e imaginativos acuden entonces a explicar la
naturaleza de otras maneras, incluso
puramente mentales. Los impresionistas
fueron los primeros que conscientemente
se dieron cuenta, y experimentaron con los complejos juegos que se producían en
las interacciones entre mente, vista y luz.
Lo
que llamamos arte no es más que creación, que no tiene por qué expresar la
belleza de Boticelli o los autorretratos de Durero. Puede ser también fea,
basta contemplar la Predicación del Anticristo, de Luca Signorelli, en ella se ve al Demonio aconsejando al Anticristo. Es
horror puro y simple, pero conceptualmente nadie duda de su genialidad
simbólica. Umberto Eco explicó que la cuestión es seguir un canon, a la manera
del que desde el siglo IV a.C estableció Polícleto, en el que se encuentran
establecidos las proporciones conceptuales, que pueden incluir sadismo,
satanismo, moralidad, belleza y otras casi infinitas, por las que se puede
juzgar una obra. Cuando no se ve más que una lata de refresco o un niño
defecando, y ni un atisbo de inteligencia, el arte ha desaparecido y queda la
decadencia. Ciertamente, la astucia comercial puede presentarla como lo que no
es y las masas podrán creérselo.
miércoles, 5 de septiembre de 2018
El síndrome Casares Quiroga. El Mundo. Madrid
Se ha dicho siempre que Santiago Casares Quiroga,
Presidente de Gobierno de la Segunda República española tras las elecciones de
febrero de 1936, ante las noticias sobre el alzamiento militar de los días 17 y
18 de julio, se negó a reconocer su relevancia imposibilitando la eficaz
reacción del aparato estatal. Lo que pudo haber sido un simple “golpe” se
convirtió en una guerra, cuyas consecuencias hemos estado pagando hasta estos
días. Pues bien, Pedro Sánchez, según noticias de prensa, acaba de anunciar que
el conflicto catalán no puede ser solucionado más que con una votación, con el
matiz de que «un referéndum por al
autogobierno, no [es] por la autodeterminación». Y si es verdad que los
problemas ciudadanos sólo pueden resolverse a la larga políticamente, sería
necesario recordar los siguientes datos bien elementales:
Primero.-Desde un punto de vista estrictamente jurídico
penal, de tener razón el instructor Llarena, que creo que la tiene de sobra, el
Govern sería protagonista de actos de continuidad delictiva que el propio Torra
reconoce al remitirse, una y otra vez, a las decisiones de Puigdemont. A la
brillantez inteligente de Borell, personaje que desde luego admiramos, no puede
haberle pasado desapercibido este dato, tampoco a la bonhomía de Iceta. Si el
President y sus consejeros asumieran actos que los tribunales califican de
carácter criminal no podrían continuar en sus funciones, es algo que sabe
cualquier estudiante de derecho. El Estado español no puede suicidarse.
Segundo.- A la manera de Bertolt Brecht, podríamos advertir que la ocupación de las vías públicas, las intimidaciones, amenazas y demás actitudes coactivas pueden ir seguidas de intentos de paralización del país, y sublevación generalizada. ¿Es que no se ha anunciado así para la conmemoración de la Diada? Habría que recordar que en los años treinta los movimientos de carácter fascista comenzaron con simples revueltas callejeras. La Dictadura franquista fue aceptada por una parte bien relevante de la población al constatar que la resignación constituía la única posibilidad de sobrevivir. ¿Vamos a permitir el retorno de un fascismo de carácter ahora nacional populista?
Tercero.- La marcha sobre Roma, desarrollada entre el 27 y el 29 de octubre de 1922, llevó al poder a Benito Mussolini, pero la dictadura no fue consolidada hasta el asesinato de Giacomo Matteotti, que tuvo el valor de denunciar desde el Parlamento los continuos actos de ilegalidad de su Gobierno. Las democracias deben defenderse, máxime ante actos como los que se prevén en Cataluña para estos meses de septiembre y octubre. En mi opinión, las medidas del artículo 155 de la CE no debieron haberse levantado. En estricta técnica jurídico penal no existía base para ello.
La historia de Cataluña, desde las hazañas de Roger de Flor hasta, no es una paradoja, el coraje de Maciá y Companys, forma parte de la de España. Si Pedro Sánchez la arriesga incidiría en una seria irresponsabilidad.
jueves, 23 de agosto de 2018
El Santo Oficio y Urdangarín. ABC de Sevilla
¿Por qué
está Iñaki Urdangarín en la cárcel? Se nos responderá que por incidir en la
comisión de actos tipificados en la ley como delitos. Y será verdad, por lo menos
en parte, pero nuestra sociedad ha demostrado que Pascal tenía razón cuando
decía que “la piedad no es una virtud española”. Somos crueles y demostramos,
una y otra vez, que el comportamiento inquisitorial nos acompaña. De hecho, el Consejo de la Suprema y General Inquisición no fue impopular; reflejó muy bien nuestra manera de
ser. Torquemada, el primer Inquisidor General de Castilla y Aragón, desempeñó
un papel que le venía impuesto: asegurar la cohesión de una sociedad que tras la Reconquista carecía de
una identidad común, pues había demasiados moriscos y judíos. La Inquisición no
fue ajena a los sentimientos del pueblo, al contrario, sirvió a sus
necesidades. Si Torquemada ocupara un lugar especial en los infiernos, no
estaría solo, le acompañaría la inmensa mayoría de una sociedad a la que
representaba muy bien.
Los inquisidores han expresado
siempre la maldad del alma humana, disfrutan con el sufrimiento de los demás, y
la culpabilidad ajena les sirve para ocultar sus propias responsabilidades. Es
lógico que busquen “chivos expiatorios”,
la mayoría de las veces personas carentes de posibilidades de defensa: los
judíos por ejemplo. Fueron eternamente señalados porque constituían una minoría
fácil de aislar, y peligrosa por distinta en costumbre, aspecto y religión. Se
no dirá que Urdangarín carece de dichos atributos, y no es cierto puesto que
pertenece a un sector de la población más aborrecible actualmente que el de los
judíos: el de los poderosos, sobre todo si son conectados con la desigualdad
más tópica, la de la “sangre impura” de la realeza. En Francia, donde la
Inquisición adoptó formas revolucionarias, Louis
Antoine de Saint-Just, el “arcángel de la guillotina”, uno de los más
brillantes líderes de la Convención, afirmó que “los reyes nunca son
inocentes”. Una contundente frase destinada a la inmortalidad, en la forma que
tanto gustaba a los jacobinos. En la práctica sirvió para que la condena a
muerte de María Antonieta se fundamentase en acusaciones tan deleznables como
la de haber incurrido en incesto con el delfín. Se quería la muerte de la
familia real, las exigencias de un proceso justo se convertían en meros obstáculos.
Todos
incluso los reyes somos inocentes. La sociedad de hoy, como la de otros
tiempos, disfruta con la ejecución de los “privilegiados”, una simple muestra
de su envidia y crueldad. Vichinsky ha sido sustituido por un fiscal más cruel:
la opinión pública, a todos nos alcanzará. Urdangarín lleva unos meses en la
cárcel, le quedan años. ¿Y de qué es culpable? En el fondo, pura y simplemente
de haberse comportado como un niño malcriado, torpe e incompetente. Se nos
alegará que ha incurrido en graves actividades delictivas que, mediante
sistemas de arquitectura financiera y utilización de poder e influencias, han
producido un grave quebranto de la hacienda pública, es decir, se habría quedado
con nuestro dinero. La realidad es que nada de eso hubiera sido posible sin una
complicidad generalizada. Todo el mundo quería quedar bien con él, y además
creyeron que hacían lo que debían. La culpabilidad fue social, como lo fue en
el caso de las brujas, los herejes y los comunistas. La sociedad necesita “autos de
fe”, espectáculos teatrales para disfrutar sádicamente del dolor de los demás
y, al mismo tiempo, olvidarse de sus problemas. Si las hogueras, que de manera
tan extraordinaria pintó Berruguete, pudieran de nuevo avivarse en las plazas
públicas miles de nuestros conciudadanos acudirían a regocijarse con el castigo
de los “malvados”, que lo serían por tener más dinero, belleza o inteligencia
que ellos, o simplemente por pertenecer a la realeza como en este caso. Es
cierto que muchas personas son condenadas por nuestros tribunales, muy pocas
con una penalidad tan infame como la del seguimiento obsesivo de la prensa.
La opinión publicada no ha tenido ningún interés por la verdad ni por la batalla
de ideas, sólo ha perseguido el morbo y el escándalo porque ha creído que es lo
único que podía ser cotizado en el mercado, ha renunciado a pensar. Lo que
domina es la búsqueda de la destrucción de la personalidad: hoy le tocará caer
a uno, mañana a otro y, poco a poco, todos quedaremos marcados por los
sambenitos del Santo Oficio. Si el Infierno de Dante tuviera realidad, allí
deberían estar nuestros modernos Torquemada. Para colmo, los que participan en
el espectáculo, incluso en el terreno procesal, se exhiben en los “medios” como
si hubieran sido protagonistas de una hazaña cuando lo único que han hecho es
destrozar a una persona, y a su familia, que todo el mundo ha sido consciente
desde el principio que iba a ser condenada.
Lo triste, a diferencia de lo que con estulticia se cree, es que lo que
se ha hecho con Urdangarín es propio de la peor “reacción”, nunca de personas
buenas y progresistas que siempre deben estar con los perseguidos.
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