jueves, 20 de septiembre de 2018

La eternidad y el miedo. ABC de Sevilla


Desde que lo que llamamos ciencia desplazó a la superstición, sabemos que tarde o temprano nuestro universo, también el conceptual, se extinguirá.  Es muy fácil de comprender: el niño avanza hacia la vejez y muere, nada se puede hacer para impedirlo. Los imperios, las civilizaciones, incluso los dioses, se han sucedido los unos a los otros por mucho que se hayan creído únicos e irrepetibles. Y si todo lo que conocemos está condenado a la desaparición, ¿qué decir del hombre? No es extraño que el sentimiento religioso haya acompañado a nuestra especie. En el salmo penitencial De profundis se exclama con pasión: “Desde lo más profundo grito a ti, Yahveh: ¡Señor escucha mi clamor! ¡Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas!” Por desgracia, nunca se ha recibido una contestación, al menos de manera clara. Puede que estemos absolutamente solos sin que nadie se preocupe por nosotros.

Para huir de la nada, hemos soñado con permanecer a través del recuerdo. El sacerdote egipcio Manetón, en plan épico, señaló: “Después de los dioses y los semidioses, vino la primera dinastía con ocho reyes. Menes fue el primero. Condujo su ejército a través de la frontera y se ganó la gloria”. Como él, los grandes de este mundo han querido vivir para la eternidad, y sólo han dejado un montón de piedras. El sumerio Gilgamesh se consolaba diciendo: “Pero si caigo alcanzaré la fama. Y la fama será eterna”. ¡Pobre iluso!, a todos nos espera el polvo y el olvido. Es cierto que muchos de los héroes de la antigüedad han conseguido que sus hazañas fueran conservadas en escritos, papel, pápiro, o tableta de arcilla da igual, no destruidos al cabo del tiempo, lo que constituye una venturosa excepción. Pero lo que transmiten nunca corresponde con la realidad, es falso. Siempre se producirá una distorsión aun cuando fuera favorable, pues son infinitos los matices que ofrece la personalidad individual, y en la memoria sólo quedarán algunos, que además pueden haber sido interesadamente elegidos. El ser de carne y hueso que existió en un momento y lugar determinado desaparece para siempre, no es posible reconstruirlo. Al menos, así lo hemos creído.

Muy recientemente, sin embargo, parece que la inmortalidad empieza a abandonar los terrenos de la religión y la poesía para convertirse en una posibilidad avalada por la ciencia, recomiendo leer el fascinante libro Homo Deus, de Yuval Noah Harari. De hecho, y según noticias de agencias periodísticas del mes de febrero de 2014, "el director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, cree que la humanidad tendrá las claves para trascender los límites de su biología tras la década del 2030, cuando los 'nanorobots' incorporados en el cuerpo humano permitirán combatir enfermedades". Dichas declaraciones las habría realizado "durante una conferencia de 'The Wall Street Journal' en California (EE.UU.)", aunque las anticipó en un libro publicado en 1999 bajo el título The age of spiritual machines. No es demasiado sorprendente, Francis Fukuyama ha pronosticado que la próxima revolución tendría un carácter químico y biológico. Pero, ¿sería realmente el ser humano el que alcanzaría la inmortalidad? Es verdad que resulta perfectamente posible sustituir un riñón o cualquier otro órgano por un dispositivo mecánico. Bastaría con ir reparando las averías que se presentasen en cada momento para aspirar a durar tanto como el mismo universo, a menos que un fenómeno natural más poderoso nos aniquilase por completo. Entonces, ¿no somos más que un ordenador con algo que llamamos conciencia que podría implantarse también en ellas?

Estamos en un momento evolutivo trascendental en la historia del animal llamado hombre. ¿Qué somos? Albert Camus, después de decir que lo único cierto era que “los hombres mueren y no son felices”, añadía: “El hombre es la única criatura que se niega a ser lo que es, sería capaz de rebelarse contra su ser. Mientras que el animal sigue fatalmente los impulsos de la naturaleza, nosotros los rechazamos”. Lo que no quiere decir absolutamente nada porque podemos simplemente soñar que lo hacemos. Lo que realmente nos distingue es nuestra angustia personal, Descartes no tenía razón al  aseverar, como una premisa de la ciencia, su célebre “pienso, luego existo”. Debía haberlo sustituido por “sufro, tengo miedo, luego existo”. Esa angustia, que desgraciadamente también sentía el robot de 2001. Una odisea del espacio, y nos puede destrozar el argumento, es lo que define nuestra humanidad.

Unamuno lo expresó  con desgarro: "No quiero morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia".  La angustia ante la muerte se expresa en formas muy diversas, conlleva miedo al dolor y a lo desconocido, pero también a la soledad con que debe afrontarse.  Queremos durar para toda la eternidad y necesitamos una madre que nos cuide y nos ame. Mientras las máquinas no la tengan, siempre nos envidiarán y el recuerdo del hombre pervivirá durante siglos, al menos así lo soñamos aunque irremediablemente pueda ser falso.



miércoles, 19 de septiembre de 2018

Prisión provisional justificada. El Mundo. Madrid



Al parecer, muy recientemente Meritxell Batet en entrevista concedida a un periódico de tirada  nacional ha señalado que “sería más fácil hacer política en Cataluña sin presos”. En lo que viene a coincidir con su compañero Josep Borrell, que se ha manifestado en el mismo sentido ante la prensa extranjera. Nada hay que decir desde un punto de vista intelectual, incluso personal, pues cuando los políticos entran en la cárcel la racionalidad suele sustituirse por los sentimientos. Sin embargo, se corre el riesgo de pensar que los razonamientos de ambos ministros pueden ser valorados al mismo nivel que los del tribunal que los mantiene en prisión. Lo que sería un disparate, pues las decisiones judiciales encuentran su fundamento en el ordenamiento jurídico y es exclusivamente en este aspecto en el que pueden ser discutidas. Veamos:

Primero.-A tenor de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, la medida de prisión provisional ha de basarse esencialmente en la gravedad de los hechos investigados en íntima relación con la posibilidad de fuga y, sobre todo en este caso, el riesgo de reincidencia en la actividad delictiva. ¿Se puede poner en cuestión, entonces, la existencia de los requisitos necesarios para el mantenimiento de dicha medida procesal?

Segundo.-Nadie, absolutamente nadie de los investigados, puede negar que tuvo lugar una declaración de independencia, que se vulneró el ordenamiento constitucional español y que, de una manera u otra, se invitó a la población residente en Cataluña a resistir activamente a las fuerzas de orden público. Desde el punto de vista de los intereses públicos no puede haber nada de mayor gravedad, y se trata de una actividad que persiste en el tiempo. El propio Torra reconoce aceptar las instrucciones del fugado Puigdemont. ¿Cómo, entonces, ponerlos en libertad? ¿Para que prosigan su presunta rebelión?
                                                                
Tercero.-Todos los actos que son objeto de enjuiciamiento fueron realizados por los procesados, de manera presunta al menos,  con clara conciencia  de sus consecuencias. No es posible olvidar los distintos requerimientos expresos que realizó al efecto el Tribunal Constitucional. Los acusados sabían lo que hacían, y seria absurdo y tonto pensar que actuaron en forma teatral.

Pero como respetamos a Borrell habrá que añadir, si de sensibilidades personales se trata, que los procesados nos han infligido a los españoles, que somos tan catalanes como ellos, un enorme daño: han querido usurpar nuestra soberanía, pues sólo nosotros en su conjunto podemos decidir sobre cualquier parte del territorio. Han infringido las leyes que garantizan la convivencia, y nos impiden con sus presiones desarrollar una política estable, incluso desde una perspectiva exterior. Lo hacen  de una manera irresponsable sin conocer siquiera la legislación internacional, pues no han sido capaces de determinar quién fuese el titular de ese pretendido derecho de autodeterminación, al no haber entendido la decisión sobre el tema del Tribunal Supremo de Canadá. Para colmo, sus admiradores, después de defender sus delitos, nos insultan de manera supremacista y torpe. ¿Hace falta algo más?



jueves, 6 de septiembre de 2018

El arte de la decadencia. ABC de Sevilla



Todas las generaciones se convencen de que se aproxima el fin de los tiempos, las creencias que daban solidez a sus vidas van desapareciendo  una tras otra, y el miedo surge. ¿Cuántas veces se ha asegurado que los bárbaros están a la vuelta de la esquina? Muchísimas, y hasta ahora nunca ha sido así. Lo que ocurre es que las personas llegadas a cierta edad contemplan cambios vertiginosos y profundos que no son capaces de comprender, entre otras razones, por la elemental de que carecen de la vitalidad necesaria para adaptarse a ellos. Así, para personas nacidas en los años treinta, cuarenta o cincuenta, ¿cómo explicar las transformaciones producidas en materia de género, globalización o igualdad social? Un provecto caballero de más de ochenta años es normal que considere algo infernal, por ejemplo, la extensión de la homosexualidad o el lesbianismo. Desde la “corrección política” se nos dirá que es una cuestión de tiempo y educación, la muerte despeja el camino a otros seres que percibirán las cosas con la normalidad derivada de las eternas leyes de la evolución, hasta que también se hagan viejos y vuelta a empezar. Bien triste todo, desde luego…

Sin embargo, lo anterior no es cierto o no lo es completamente, pues si lo fuera no hubiera tenido lugar la caída de Roma, o habría significado bien poco. Los episodios históricos de ruina de una civilización son desgraciadamente frecuentes. Y la realidad es que en este momento vivimos una transformación revolucionaria, que probablemente será un tránsito necesario hacia otra cosa, pero que implica la decadencia real del mundo occidental, aunque no sea en la misma forma, algo pesada literariamente hablando, que previó Spengler. Es verdad que aceptar esa denominada “decadencia de Occidente” te convierte, a los ojos de unas masas bienpensantes, y algo aborregadas por qué no decirlo, en un individuo algo extravagante y sin duda  reaccionario. Me arriesgo a esos calificativos y, por hoy, me limitaré a  señalar un aspecto de la misma, la relativa al arte, que es esencial para conocer el estado actual de nuestra civilización.

¿Subsiste el arte en Occidente? Para contestar, quiero narrar una historia bien curiosa a la que se refirió José Luis Pardo en su excelente ensayo Estudios del malestar. En 1917, el mecenas y promotor cultural A. Stieglitz convocó una exposición en su galería de la Quinta Avenida de Nueva York, abierta, a la manera parisina del “Salón de los Independientes”, a los creadores libres y antiacademicistas. Marcel Duchamp, considerado ya entonces como un auténtico genio, decidió contribuir con un urinario, como lo oyen, un simple y feo urinario, pero de manera modesta lo presentó bajo el seudónimo de Richard Mutt, de Filadelfia. Después de analizarlo precavidamente de todas las maneras posibles, los vanguardistas, que no dejaban de ser respetables organizadores, decidieron que aquello era lo que era: un urinario, no podía ser aceptable y lo mandaron a la basura. Cuando Marcel Duchamp se enteró, no sólo montó la de “Dios es Cristo” sino que arrojó a la más humillante de las tinieblas al pobre Stieglitz, que fue tildado de inculto y adocenado burgués por los papanatas que existen en todo tiempo y lugar. Para colmo, tuvo que buscar la obra en el depósito de residuos de la ciudad y nadie sabe si realmente  la llegó a encontrar.

Se trata de un hecho histórico que demuestra que el Arte no es otra cosa que lo que los entendidos quieren que sea, y si son bobos, muchas veces lo son, vamos aviados. Por otra parte, hay una cuestión puramente técnica que es preciso tener en cuenta en la actividad artística de los dos últimos siglos, su decadencia no es más que la estricta consecuencia de la aparición de la fotografía que “produce una deshumanización de la pintura y la escultura que derivan hacia métodos no figurativos y, en definitiva, abstractos", como inteligentemente señalaba Ortega y Gasset en La deshumanización del arte. Desaparece así la necesidad de reflejar con perfección manual los contornos de la realidad. Los seres originales e imaginativos acuden entonces a explicar la naturaleza  de otras maneras, incluso puramente mentales.  Los impresionistas fueron  los primeros que conscientemente se dieron cuenta, y experimentaron con los complejos juegos que se producían en las interacciones entre mente, vista y luz.

Lo que llamamos arte no es más que creación, que no tiene por qué expresar la belleza de Boticelli o los autorretratos de Durero. Puede ser también fea, basta contemplar la Predicación del Anticristo, de Luca Signorelli, en ella se ve  al Demonio aconsejando al Anticristo. Es horror puro y simple, pero conceptualmente nadie duda de su genialidad simbólica. Umberto Eco explicó que la cuestión es seguir un canon, a la manera del que desde el siglo IV a.C estableció Polícleto, en el que se encuentran establecidos las proporciones conceptuales, que pueden incluir sadismo, satanismo, moralidad, belleza y otras casi infinitas, por las que se puede juzgar una obra. Cuando no se ve más que una lata de refresco o un niño defecando, y ni un atisbo de inteligencia, el arte ha desaparecido y queda la decadencia. Ciertamente, la astucia comercial puede presentarla como lo que no es y las masas podrán creérselo.


miércoles, 5 de septiembre de 2018

El síndrome Casares Quiroga. El Mundo. Madrid


Se ha dicho siempre que Santiago Casares Quiroga, Presidente de Gobierno de la Segunda República española tras las elecciones de febrero de 1936, ante las noticias sobre el alzamiento militar de los días 17 y 18 de julio, se negó a reconocer su relevancia imposibilitando la eficaz reacción del aparato estatal. Lo que pudo haber sido un simple “golpe” se convirtió en una guerra, cuyas consecuencias hemos estado pagando hasta estos días. Pues bien, Pedro Sánchez, según noticias de prensa, acaba de anunciar que el conflicto catalán no puede ser solucionado más que con una votación, con el matiz de  que «un referéndum por al autogobierno, no [es] por la autodeterminación». Y si es verdad que los problemas ciudadanos sólo pueden resolverse a la larga políticamente, sería necesario recordar los siguientes datos bien elementales:

Primero.-Desde un punto de vista estrictamente jurídico penal, de tener razón el instructor Llarena, que creo que la tiene de sobra, el Govern sería protagonista de actos de continuidad delictiva que el propio Torra reconoce al remitirse, una y otra vez, a las decisiones de Puigdemont. A la brillantez inteligente de Borell, personaje que desde luego admiramos, no puede haberle pasado desapercibido este dato, tampoco a la bonhomía de Iceta. Si el President y sus consejeros asumieran actos que los tribunales califican de carácter criminal no podrían continuar en sus funciones, es algo que sabe cualquier estudiante de derecho. El Estado español no puede suicidarse.

Segundo.- A la manera de Bertolt Brecht, podríamos advertir que la ocupación de las vías públicas, las intimidaciones, amenazas y demás actitudes coactivas pueden ir seguidas de intentos de paralización del país, y sublevación generalizada. ¿Es que no se ha anunciado  así para la conmemoración de la Diada? Habría que recordar que en los años treinta los movimientos de carácter fascista comenzaron con simples revueltas callejeras. La Dictadura franquista fue aceptada por una parte bien relevante de la población al constatar que la resignación constituía la única posibilidad de sobrevivir. ¿Vamos a permitir el retorno de un fascismo de carácter ahora nacional populista?

 

Tercero.- La marcha sobre Roma, desarrollada entre el 27 y el 29 de octubre de 1922, llevó al poder a Benito Mussolini,  pero la dictadura no fue consolidada hasta el asesinato de Giacomo Matteotti, que tuvo el valor de denunciar desde el Parlamento los continuos actos de ilegalidad de su Gobierno. Las democracias deben defenderse, máxime ante actos como los que se prevén en Cataluña para estos meses de septiembre y octubre. En mi opinión, las medidas del artículo 155 de la CE no debieron haberse levantado. En estricta técnica jurídico penal no existía base para ello.

 

La historia de Cataluña, desde las hazañas de Roger de Flor hasta, no es una paradoja, el coraje de Maciá y Companys, forma parte de la de España. Si Pedro Sánchez la arriesga incidiría en una seria irresponsabilidad.

 

jueves, 23 de agosto de 2018

El Santo Oficio y Urdangarín. ABC de Sevilla


¿Por qué está Iñaki Urdangarín en la cárcel? Se nos responderá que por incidir en la comisión de actos tipificados en la ley como delitos. Y será verdad, por lo menos en parte, pero nuestra sociedad ha demostrado que Pascal tenía razón cuando decía que “la piedad no es una virtud española”. Somos crueles y demostramos, una y otra vez, que el comportamiento inquisitorial nos acompaña. De hecho, el Consejo de la Suprema y General Inquisición no fue  impopular; reflejó muy bien nuestra manera de ser. Torquemada, el primer Inquisidor General de Castilla y Aragón, desempeñó un papel que le venía impuesto: asegurar la cohesión de una sociedad que tras la Reconquista carecía de una identidad común, pues había demasiados moriscos y judíos. La Inquisición no fue ajena a los sentimientos del pueblo, al contrario, sirvió a sus necesidades. Si Torquemada ocupara un lugar especial en los infiernos, no estaría solo, le acompañaría la inmensa mayoría de una sociedad a la que representaba muy bien.

Los inquisidores han expresado siempre la maldad del alma humana, disfrutan con el sufrimiento de los demás, y la culpabilidad ajena les sirve para ocultar sus propias responsabilidades. Es lógico que busquen  “chivos expiatorios”, la mayoría de las veces personas carentes de posibilidades de defensa: los judíos por ejemplo. Fueron eternamente señalados porque constituían una minoría fácil de aislar, y peligrosa por distinta en costumbre, aspecto y religión. Se no dirá que Urdangarín carece de dichos atributos, y no es cierto puesto que pertenece a un sector de la población más aborrecible actualmente que el de los judíos: el de los poderosos, sobre todo si son conectados con la desigualdad más tópica, la de la “sangre impura” de la realeza. En Francia, donde la Inquisición adoptó formas revolucionarias, Louis Antoine de Saint-Just, el “arcángel de la guillotina”, uno de los más brillantes líderes de la Convención, afirmó que “los reyes nunca son inocentes”. Una contundente frase destinada a la inmortalidad, en la forma que tanto gustaba a los jacobinos. En la práctica sirvió para que la condena a muerte de María Antonieta se fundamentase en acusaciones tan deleznables como la de haber incurrido en incesto con el delfín. Se quería la muerte de la familia real, las exigencias de un proceso justo se convertían  en meros obstáculos.

Todos incluso los reyes somos inocentes. La sociedad de hoy, como la de otros tiempos, disfruta con la ejecución de los “privilegiados”, una simple muestra de su envidia y crueldad. Vichinsky ha sido sustituido por un fiscal más cruel: la opinión pública, a todos nos alcanzará. Urdangarín lleva unos meses en la cárcel, le quedan años. ¿Y de qué es culpable? En el fondo, pura y simplemente de haberse comportado como un niño malcriado, torpe e incompetente. Se nos alegará que ha incurrido en graves actividades delictivas que, mediante sistemas de arquitectura financiera y utilización de poder e influencias, han producido un grave quebranto de la hacienda pública, es decir, se habría quedado con nuestro dinero. La realidad es que nada de eso hubiera sido posible sin una complicidad generalizada. Todo el mundo quería quedar bien con él, y además creyeron que hacían lo que debían. La culpabilidad fue social, como lo fue en el caso de las brujas,  los herejes y  los comunistas. La sociedad necesita “autos de fe”, espectáculos teatrales para disfrutar sádicamente del dolor de los demás y, al mismo tiempo, olvidarse de sus problemas. Si las hogueras, que de manera tan extraordinaria pintó Berruguete, pudieran de nuevo avivarse en las plazas públicas miles de nuestros conciudadanos acudirían a regocijarse con el castigo de los “malvados”, que lo serían por tener más dinero, belleza o inteligencia que ellos, o simplemente por pertenecer a la realeza como en este caso. Es cierto que muchas personas son condenadas por nuestros tribunales, muy pocas con una penalidad tan infame como la del seguimiento obsesivo de la prensa.

La opinión publicada no ha tenido ningún interés por la verdad ni por la batalla de ideas, sólo ha perseguido el morbo y el escándalo porque ha creído que es lo único que podía ser cotizado en el mercado, ha renunciado a pensar. Lo que domina es la búsqueda de la destrucción de la personalidad: hoy le tocará caer a uno, mañana a otro y, poco a poco, todos quedaremos marcados por los sambenitos del Santo Oficio. Si el Infierno de Dante tuviera realidad, allí deberían estar nuestros modernos Torquemada. Para colmo, los que participan en el espectáculo, incluso en el terreno procesal, se exhiben en los “medios” como si hubieran sido protagonistas de una hazaña cuando lo único que han hecho es destrozar a una persona, y a su familia, que todo el mundo ha sido consciente desde el principio que iba a ser condenada.  Lo triste, a diferencia de lo que con estulticia se cree, es que lo que se ha hecho con Urdangarín es propio de la peor “reacción”, nunca de personas buenas y progresistas que siempre deben estar con los perseguidos.



miércoles, 22 de agosto de 2018

¿Quién enterró a Franco? El Mundo. Madrid


Sin necesidad de profundizar en Sigmund Freud, la sociedad española debería plantearse sus propios complejos de culpa así como las técnicas de proyección que buscan chivos expiatorios en los demás. Se nos pretende hacer creer que Franco fue enterrado por una minoría de carácter fascista impuesta por la fuerza. Es falso de toda falsedad, fue llevado al Valle de los Caídos acompañado de una pesadumbre y angustia generalizada. España entera, con la honrosa excepción de Vizcaya y Guipúzcoa, hubiera votado en unas elecciones libres por el franquismo, incluso en Cataluña habría sido muy dudoso que las urnas arrojaran un resultado a favor de opciones democráticas. Bien nos dimos cuenta, a principios de 1971,  los jóvenes que salimos de la prisión de Sevilla, después de una nada acogedora estancia derivada de nuestra militancia en la organización universitaria del Partido Comunista de España. Todavía recuerdo el rechazo y la desconfianza que generábamos entre los que nos rodeaban.

Uno de los grandes estadistas españoles del siglo XX, Manuel Azaña, el 18 de julio de 1938, a punto ya de perder la guerra, pronunció un bello discurso en el Ayuntamiento de Barcelona, en el que pedía a todos los españoles que pensaran “en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor”. Ochenta años después, todavía el perdón parece resultar una palabra maldita y el odio se mantiene, volvemos a la sórdida técnica de los profanadores de tumbas. Los propios españoles que lo enterraron, sus hijos y nietos parecen querer olvidarse de su  responsabilidad. Por desgracia, nuestro país asumió el franquismo con la valerosa excepción de los exilados, los combatientes que murieron en la guerra o en el maquis y una minoritaria oposición, que no necesita justificarse removiendo huesos de nadie.

Igual que en Francia donde al inicio de la segunda guerra mundial el “colaboracionismo” fue mayoritario, en España el 18 de julio no hubo simplemente un golpe de Estado, que lo hubo, sino una guerra civil en la que  la mitad de la población se enfrentó contra la otra. Es sencillo de constatar, basta con analizar los resultados electorales de febrero de 1936. Ciertamente, lo mejor de nuestra sociedad estuvo al lado de los republicanos sobre todo si hablamos desde la  literatura, de Arturo Barea a Max Aub y desde Antonio Machado a Sender. Las ideas y la belleza se encontraron al lado de los vencidos, pero los que triunfaron eran también España, no se puede obviar máxime cuando, por desgracia y superados los años cuarenta, llegaron a convivir muy aceptablemente con el sistema.

¿De qué sirve desenterrar cadáveres a la manera morbosa con que se hizo en la iglesia de Saint Denis, en plena revolución francesa? Para nada; a  las pirámides no hace falta destruirlas, lo hace el tiempo sin necesidad de violencia. Y sirven como recuerdo del comportamiento de los antepasados, si Franco murió en la cama fue porque nuestra sociedad lo aceptó muy bien. La exhumación de tumbas es algo horrible, y a veces cobarde y tétrico.

jueves, 9 de agosto de 2018

¿Sociedad patriarcal? ABC de Sevilla


Thomas Samuel Kuhn, un relevante físico y filósofo estadounidense, publicó en 1962 una obra, La estructura de las revoluciones científicas, destinada a remover la forma de entender el comportamiento y evolución de las disciplinas científicas. Funcionarían en cada momento histórico a base de paradigmas, es decir, con modelos asentados y seguros de explicación de cualquier materia, que servirían para dar sentido y encaje a cada una de sus partes. El ejemplo más claro es el del Big Bang, de enorme sencillez. Como señaló por primera vez el sacerdote Georges Lemaître, en el año 1931, comprobado que vivimos en un mundo en expansión, basta con remontarse a un primer punto para comprender que todo se origina en una inicial explosión, un excepcional acto de creación. Nadie ha podido contradecirle seriamente desde entonces. Y todos los elementos de la física y la astronomía se adaptan al modelo, cualquier hipótesis contraria constituiría un error o necesitaría mayor investigación.

Thomas Kuhn advirtió que los paradigmas no son verdaderos ni falsos, simplemente son útiles para la investigación y el progreso del conocimiento. En efecto, el modelo geocéntrico de Aristóteles o el de Newton es absurdo que se discutan en términos de certeza, sirvieron para explicar el mundo en su momento y basta. La teoría del big bang a no dudar será también superada, no es posible obviar que actualmente la discusión especulativa sobre la realidad de los “multiversos”, que tanto sedujo a Borges en su excepcional cuento El jardín de los senderos que se bifurcan, empieza a ponerla en cuestión. Pues bien, los paradigmas no se elaboran sólo en las ciencias físicas también en las humanísticas, caso de la historia o el derecho.  Así, ha surgido con fuerza arrolladora en los últimos tiempos una novedosa concepción de las relaciones sociales que se expresa a través de la afirmación según la cual hemos vivido, realmente desde los inicios de la historia, en una sociedad patriarcal. Y todo pretende explicarse, desde las relaciones sexuales a las de carácter político, a través de esa perspectiva.

La belleza expositiva es muy importante cuando se quiere defender una innovación. Y, en este caso, sus defensores juegan a su favor incluso con los versículos de la Biblia. No en vano el mismo Génesis (2:18-22 y 23) se expresó en los siguientes términos: “Dijo luego Yahveh Dios: <<No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada>> Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo..” Y después procedió a quitar al hombre una de sus costillas, “rellenando el vacío con la carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre”. Pero al final ella privó a la humanidad del paraíso, y para castigarla se la sentenció: “Con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará”. No es extraño que en la primera Epístola a Timoteo (2:12) se ordene: “Que la mujer aprenda calladamente, con toda obediencia.  Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permanezca callada. Porque Adán fue creado primero, después Eva”. Toda la historia habría sido consecuencia de esta caída, que habría provocado la postergación e  invisibilidad de la  mujer.

El problema no es que surja un nuevo paradigma; todo lo contrario, la especulación científica es siempre positiva. Lo negativo radica en la descalificación sectaria de los que se oponen, pues la idea del patriarcado no opera sólo como una hipótesis teórica, se convierte en arma social, incluso política. En sus planteamientos más extremos, la mujer habría sido secularmente dominada por los hombres, como si ambos sexos pertenecieran a especies distintas o, al menos, se aglutinaran en clases sociales rabiosamente enfrentadas hasta la liberación final, y segura, de la mujer. Habría que advertir que los paradigmas en su tiempo más progresistas, como el del marxismo, triunfaron en distintas sociedades a base de generar sufrimiento y dolor. Y para nada, pues, como hemos dicho, todos los paradigmas se revelan finalmente falsos o parciales. Indefectiblemente son sustituidos cuando dejan de ser necesarios.

La realidad es muy sencilla, todas las especies de hominidos que se han sucedido en la humanidad se han enfrentado a una situación de lucha salvaje con la naturaleza en la que la supervivencia, que sólo podía asegurar la mujer, exigía la fuerza física del varón. No hay buenos y malos en esta evolución, ambos sexos han participado en la elaboración de las reglas de conducta y comportamientos con los que mejor podrían arrostrar las vicisitudes de su existencia. Pensar que el hombre, en connivencia con el mismo Dios, conspiró para asegurase el predominio no deja de ser una paranoica construcción nada extraña, de otra parte, en tiempos de debilidad intelectual. Se ha dicho que Rousseau  es uno de los responsables de la idea, que desarrolló la Ilustración, de una mujer, Sofía, débil y sumisa a los deseos del varón. Pero han sido también hombres, como John Stuart Mill, con su “La esclavitud femenina”, los que edificaron los pilares para su liberación. Todos somos creadores de nuestra historia, y nos salvaremos o condenaremos en común.