sábado, 13 de octubre de 2012

¿Desaparece el PSOE?

Todos los partidos mueren, es lógico son el producto de una serie de circunstancias que se transforman con la historia. Del de D. Manuel Azaña, por ejemplo, que constituyó el centro de la II República, no queda más que el recuerdo. Y en tiempos más recientes, en Italia, ¿qué ha sido de la Democracia Cristiana o del PCI? Prácticamente han dejado de existir, lo que es algo lamentable si se tiene en cuenta que nadie podrá reemplazar la categoría intelectual de Berlinguer o Gramsci. Es ley de vida, el tiempo reduce a cenizas las ideas, sería absurdo rebelarse contra ello. 

El problema encierra mayor gravedad si la desaparición se produce en el transcurso de una legislatura, es el caso de Grecia donde el partido de Papandreu ha dejado de contar. ¿Puede ocurrir en España? Es muy difícil de pensar en el PP, aun cuando descienda en votos, por la sencilla razón de que en tiempos convulsos una buena parte del electorado conservador se aglutinará en opciones seguras, y Rajoy se asemeja a una roca cuyo silencio parece guardar la promesa de una solución. En nuestra opinión es en el PSOE donde se encuentra el riesgo, basta con analizar las últimas encuestas catalanas que quieren reducirlo a la marginalidad. 

Sería un desastre, en primer lugar porque en las “nacionalidades históricas”, donde el rechazo a las opciones españolistas hacía alejarse del PP, el PSOE constituía una solución atractiva para los sectores de la población que aceptaban el sistema constitucional. Si desaparece, o se desprestigia, ¿a quién votarán? Y en el resto del Estado, su debilitamiento no haría más que fomentar las ofertas folclóricas, radicales y antisistema. Se quiera o no, el Partido Socialista ha vertebrado España durante los últimos treinta años, y junto con el Partido Popular e Izquierda Unida ha dado respetabilidad a nuestro país. 

Besteiro, Julián Zugazagoitia y Ramón Rubial fueron personas honestas y serias, y España  puede sentirse orgullosa de ellas. La tragedia ha marcado nuestra historia, y se puede repetir. Para evitarlo, se necesita poseer la inteligencia, carisma y honradez que aquellos hombres tuvieron. Lamentablemente, no veo entre los dirigentes actuales nadie, o casi nadie, a su altura. Defender las pequeñas parcelas de poder hasta morir no sólo es mezquino, es antiestético. ¿Qué más nos da a los españoles que triunfe Rubalcaba en vez de Chacón? ¿Cuáles son sus ideas? A estas alturas, de nada sirve que unos se identifiquen como federalistas simétricos y los otros como asimétricos. Me da la impresión de que ni siquiera saben de lo que están hablando. Si no sirven, habría que pedirles que se retiraran a tiempo porque España necesita todavía al PSOE.

jueves, 4 de octubre de 2012

Pura patología (y II)

Los juristas medievales decían que la verdad convertía lo blanco en negro y lo cuadrado en redondo. Y si la verdad puede hacer eso, ¿de qué será capaz la propaganda? Las personas que deliran transforman la realidad, de tal manera que un loco desatado no sólo se verá en posesión íntegra de sus facultades, se convencerá de que trata con orates cuando se relaciona con las personas más sensatas y respetables. Si un chalado interno en un centro sanitario llegara al convencimiento de que es Napoleón Bonaparte, no ha sido infrecuente, creerá que su compañero de sala es el general Murat, por más alejado que el hombre se encuentre de cualquier virtud militar. 

No hace falta estar loco, todos recreamos el mundo exterior aunque no seamos capaces de darnos cuenta. Los independentistas catalanes también, y mucho. Pero existen distintos tipos de delirio: el de la gloria por ejemplo. Tomemos el caso de Oriol Pujol, ¿no pretenderá simplemente superar a su padre? Es muy posible que su posición política venga motivada por el puro y simple deseo de convertirse en Presidente de una República catalana, un inconsciente deseo paterno que no pudo realizar. Y el pobre Maragall, ¿no es sospechoso que se aliase con ERC, un partido alejado de la tradicional política socialista en Cataluña? ¿No lo haría por el deseo puramente personal de alcanzar el poder? Las posiciones políticas de ambos, una ya en el pasado, vendrían motivadas por el delirio efectivamente, por una visión de lo que les rodea falsa pero interesada.

 Hay muchos tipos de delirio, el que se transmite por la educación por ejemplo. Si una Comunidad Autónoma llegara a contar con competencias decisivas en este aspecto, podría incidir de tal manera en el cerebro de los jóvenes que, al final, creyesen que una unión de al menos 500 años pudiese ser calificada de explotación colonial. De nada serviría que la realidad fuese completamente distinta, pues nadie ve otra cosa que la que le han enseñado. Los canarios podrían tener la misma falsa percepción que los catalanes si desde niños les hubiesen transmitido que los guanches pertenecían a una raza vinculada con la Atlántida, y que su posición geográfica les convertía en un país más ligado a América que a España. Por fortuna no ha pasado así. 

No cabe entenderse con quien ve cosas distintas a ti. Nuestros independentistas están convencidos de que España les oprime, es negativa para su progreso y les rechaza cultural y humanamente. Nosotros creemos lo contrario. Pero lo cierto es que nos llevan al abismo cuando estamos en una crisis próxima a la de 1898. No está bonito. Es cierto que la historia de la humanidad sólo puede explicarse mediante la locura, basta con contemplar el desgraciado siglo XX en el que han proliferado todo tipo de enajenados: estalinistas, fascistas, franquistas, estos últimos más catetos que locos, etc. Al lado de todos ellos, los internos en manicomios podían considerarse seres de lo más cartesiano. Son los primeros los capaces de tocar el tambor. 

En el caso catalán, la locura es bien triste, en primer lugar porque millones de castellanos y andaluces nos sentimos especialmente ligados a ellos. Pero además porque si quieren desvincularse hay un manera bien sencilla y sin traumas: participar en el esfuerzo de profundización europeo, pues una Europa unida llevaría a la desaparición paulatina de los antiguos Estados nacionales. De forma pacífica conseguirían su objetivo. Pero a los locos les gusta el escándalo, el enfrentamiento y, sobre todo, sentirse víctimas porque da muchas ventajas psicológicas.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Pura patología I

Érase una vez que se era una Comunidad, de las denominadas de manera algo cursi históricas, cuyos ciudadanos se dedicaban sistemáticamente a silbar el himno nacional español y al Jefe de su Estado. No se trataba de una cosa aislada, se había convertido en un fenómeno masivo y tan corriente que todo el mundo era consciente que en cualquier acto público se iba a producir. Para más inri, cuando en una ocasión a un realizador de televisión se le ocurrió disminuir el volumen de la retransmisión fue inmediatamente acusado de recibir órdenes de un inmundo represor. El pobre Jefe de ese Estado no solamente nunca les había hecho nada, para colmo había tenido la infeliz ocurrencia de casar a una de sus hijas con un señor, que no tenía otro mérito que el de jugar con un equipo de balonmano del lugar.

Se trataba de una comunidad unida desde tiempos remotos al resto del estado, y en los modernos, desde finales del siglo XV, una bagatela al fin y al cabo, se hallaba integrada en el seno de una misma personalidad jurídica internacional. En el XVIII, sus ciudadanos se dividieron en una guerra fratricida entre dos bandos, austracitas y borbones, dando lugar la victoria de estos últimos a una visión de la historia según la cual por razones de pura venganza las libertades de ese país habían sido suprimidas, iniciándose una dominación colonial que habría persistido hasta nuestros días. Olvidaban el pequeño detalle de que la eliminación de tales fueros fue una consecuencia obligada del paso de una sociedad estamental a otra burguesa. La verdad es que no era muy difícil saberlo, bastaba con mirar al otro lado de los Pirineos, pero les daba pereza hacerlo.

Era un país que, desde los inicios de la revolución industrial, había adquirido un nivel de riqueza y bienestar muy superiores a los del resto del Estado, en gran medida gracias al esfuerzo de innumerables extremeños y andaluces que se habían trasladado allí en unas condiciones laborales que nunca podrían calificarse de explotación so pena de recibir todo tipo de escandalizadas descalificaciones.  De manera bien curiosa, a pesar de todo esto, los habitantes de dicha  comunidad proclaman a grandes voces que están dolorosamente hartos del desprecio español, en consecuencia se niegan a aportar un duro a las arcas estatales, pues lo de la solidaridad les parece una malévola invención imperialista.

Se trata de Cataluña, país al que siempre había admirado, entre otras razones, por su cosmopolitismo y modernidad. También soy del Barça, desde que tenía ocho años y perdimos con el Benfica. Ahora deliran, me voy a tener que olvidar de Kubala y Ramallets pues unos aguerridos y algo enfermos nacionalistas me los quieren quitar.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Políticamente incorrecto

 Cuando los sistemas políticos mueren, las sociedades se quedan sin criterios seguros de conducta con los que poder orientarse. ¿Qué significa ser progresista?, ¿dónde está los antiguos reaccionarios? Hasta que no surja un nuevo paradigma, aceptado por la generalidad, todas las cuestiones pueden plantearse. Es posible que la desmoralización cunda, los descreídos suelen caer en la depresión, pero la verdad es que vivir constituye entonces un espectáculo apasionante para quienes tienen el vicio de pensar. A la manera cartesiana, los puntos de partida pueden reconsiderarse aun cuando fuese políticamente incorrecto hacerlo, al fin y al cabo los miedosos suelen ser muy aburridos. Si las ideologías desaparecen, ¿por qué no poner en cuestión las que han sido dominantes? Por ejemplo, ¿tiene sentido el sufragio universal? Hasta muy avanzado el siglo XIX, relevantes sectores de la intelectualidad europea estaban convencidos de que no podían formar la voluntad de la Nación quienes carecían del talento necesario para comprender sus reglas y necesidades. 

Los elementos más cultos y preparados de la sociedad europea de la época, que ciertamente coincidían desde luego con los más adinerados, y de ahí el sufragio censitario, a la hora de plasmar jurídicamente el contrato que oficializaba el nacimiento de la nueva sociedad, se plantearon el problema de los límites de la participación política. De hecho, en los constituyentes franceses de 1791 influyó una idea hasta cierto punto recurrente en la historia del pensamiento, la de que "las instituciones democráticas puras destruirán, tarde o temprano, la libertad o la civilización o ambas". Era la expresión de un enorme miedo a la "la manada común", en expresión de Burke, pero reflejaba también la convicción de que solamente las personas preparadas están en condiciones de participar en los asuntos públicos aun cuando, paradójicamente, la propia Declaración de Derechos hubiera proclamado solemnemente que todos los ciudadanos tenían derecho a participar personalmente, o por sus representantes, en la elaboración de la Ley. 

Nuestra sociedad política está regida hoy día por las masas, el proceso de alargamiento del poder que se inició en 1789 ha llegado a su fin: todos los hombres son iguales, todos en consecuencia pueden elegir y ser elegidos. ¿Es justo esto? Indudablemente lo es, lo malo es que al final será la mediocre mayoría la que decida nuestros destinos. De Gramsci a Berlusconi hay un trecho bastante largo. Si los brillantes desaparecen de la escena, ¿quiénes se quedarán? Ortega ya señaló que el advenimiento de la sociedad de masas suponía un grave riesgo para la sociedad occidental. 

 He sido comunista, y he admirado a Dolores Ibarruri, Santiago Carrillo y Margarita Nelken. Ellos no eran masa, pues poseían la enorme virtud de la originalidad. No es una cuestión económica, en España los ricos tampoco han leído nunca. Lo que critico es un mundo dominado por la pereza mental. Una Inquisición dirige las conciencias: la de los pobres de espíritu e incultos.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La historia y los bobos

En el fondo, el avance arrollador que viene experimentando Occidente desde hace siglos no deja de suscitar inquietudes y angustias: ¿Sabemos hacia dónde vamos? Desde niños, somos conscientes de que la vida es un proceso que termina con la muerte. Por mucha altura que consigamos, tarde o temprano se producirá la caída. Los seres vivos, las ideas, los grandes imperios...a todos les llega su hora. Es más, el momento del triunfo presagia siempre el de la derrota. Hace poco más de una década, un sistema que parecía constituir la más perfecta expresión del desarrollo científico, el del socialismo marxista, se derrumbó en el más absoluto de los fracasos. Sería una muestra absurda de soberbia pensar que estamos hechos para toda la eternidad, y nuestros contemporáneos han venido advirtiéndolo al menos desde Oswald Spengler, con La Decadencia de Occidente.

 ¿No podría estar muriendo nuestra civilización, precisamente ahora que de manera desafiante se extiende por todo el universo? La muerte es un hecho real y además no hay duda de que es universal: alcanza al hombre, y también a los productos de su civilización. El miedo ante ella es lógico pero la mayoría de las veces está mezclado con elementos de carácter psicológico. Afecta especialmente a quienes son capaces de sentir dolor porque aman las cosas que poseen, y quisieran conservarlas. Los perdedores, aquellos cuya vida carece de valor, en ocasiones se enfrentan de manera indiferente a su propia destrucción, la desean incluso. Cuando se alude a la vulgarización de la opinión pública, a su mediocridad, en realidad se añora un modelo, desde luego ya inexistente: una sociedad en la que existía un profundo respeto hacia los productos culturales, y en la que nadie podía compararse con un “sabio”, pues el dinero constituía un factor despreciable frente al talento. 

Tal estado de espíritu se difundió en Europa desde la época del despotismo ilustrado hasta prácticamente la segunda guerra mundial, cuando en sociedades como la vienesa, basta con leer El mundo de ayer de Stefan Zweig, la práctica totalidad de la población estaba al tanto de las incidencias diarias de los distintos espectáculos artísticos. La vida pública estaba destinada a las personalidades brillantes, por eso no podía existir mayor satisfacción para un intelectual que alguien le comentase la impresión que le había producido su último artículo en el periódico. Los mediocres se encerraban en su mundo privado, nadie les obligaba a ello pero era la lógica consecuencia del hecho de que no tenían nada que decir. Los hombres inteligentes se exhibían aunque hubiera un fuerte componente narcisista en ello. 

Actualmente el universo se ha vuelto del revés. Las personas que valen se retiran de la escena, pues es peligrosa al propiciar los dardos de la envidia. Son los bobos los que actúan, el teatro está para ellos destinado. Como saltar al ruedo legitima todas las críticas, sólo se tirarán a él los que no tienen nada que perder. Sólo cabe el éxito en el deporte, la fuerza no genera rechazo.

sábado, 18 de agosto de 2012

Como un Dios inmortal

Para los darwinistas sociales las leyes de la evolución nos llevarían al dominio de los más fuertes, los más preparados, física o intelectualmente, para enfrentarse a las complicaciones de la existencia. Una posición que favorecía singularmente a los partidarios del capitalismo primario, de hecho fue acogida con regocijo en los Estados Unidos por los privilegiados del sistema. Se trataba de una lógica perfectamente puritana, los que triunfaban estaban predestinados desde el principio. ¿No será todo lo contrario? ¿No se dirigirá la humanidad hacia una mediocre uniformidad, en la que la personalidad individual dejará de contar? A lo mejor la originalidad constituye un obstáculo para adaptarse a un universo cambiante. 

La verdad es que el culto al hombre es reciente, nace con el Renacimiento cuando el gran arquitecto León Battista Alberti le dedica una loa apasionada: "A ti ha sido concedido un cuerpo más gracioso que el de otros animales, a ti la facultad de realizar movimientos aptos y diversos, a ti sentidos agudísimos y delicados, a ti ingenio, razón y memoria como un dios inmortal". Es posible que en un determinado momento histórico la ciega naturaleza hubiese necesitado potenciar la conciencia de la propia individualidad, hasta el punto de que la soberbia sirviese a sus reglas. No sería extraño que Miguel de Mañara quisiera enterrarse bajo una pesada losa con la inscripción “aquí yace el mayor pecador del mundo”, ¡no uno cualquiera por Dios, el mayor! 

En estos últimos siglos, las leyes del capitalismo, esencialmente competitivas, han fomentado la búsqueda de la perfección individual. Como diría Rousseau, "Estoy hecho de modo distinto a cualquier otra persona que yo conozca; diría, incluso, que no hay otro en el mundo como yo. Quizá yo no sea mejor, pero al menos soy diferente". Stuart Mill lo señaló con claridad: “Es cierto que las personas de genio son, y probablemente lo serán, una pequeña minoría; pero para tenerlas es necesario preservar el suelo en que crecen. Los genios sólo pueden respirar libremente en una atmósfera de libertad". Sin embargo, la cultura dominante no exigía la excelencia, lo determinante era que cada uno siguiese su destino, pues lo tenía y era único. 

Actualmente, la diferencia es peligrosa. Las leyes de la evolución parecen haber encontrado un instrumento singular de igualación en las redes de comunicación. La libertad de información fue una consecuencia de la lucha contra la tiranía del antiguo régimen, con ella podría conseguirse un auténtico mercado de las ideas. Ahora parece haberse convertido en el medio ideal para el objetivo de que nadie sea más que nadie. Todos somos pecadores, sobresalir es indecente.

sábado, 4 de agosto de 2012

Un mundo de lobos

Érase una vez un país sumido en una crisis económica como nunca antes se había visto, a punto de perder importantes parcelas de soberanía, y con un notable deterioro de su prestigio internacional. Su clase dirigente, en vez de aunar esfuerzos, se dedicaba al deporte de ponerse zancadillas los unos a los otros, hundir al contrario y dedicar todas sus energías a recuperar, o mantener, el poder. No se daban cuenta que, de hecho, habían dejado de representar al pueblo y se movían por viles consideraciones de interés estrictamente personal. Para colmo carecían de altura intelectual, en el fondo porque no tenían estilo. Habían vuelto a la fase anterior a la de la firma del “pacto social”. Se habían convertido en lobos sedientos de sangre y con miedo. 

Por su parte, los ciudadanos de ese país habían dejado de analizar sus problemas en términos intelectuales o ideológicos. Se habían transformado en seres morbosos dedicados a la búsqueda de sensaciones fuertes, que sólo parecían encontrar en la lectura de truculentos escándalos proporcionados por unas redes de comunicación para quienes la dignidad del ser individual había dejado de tener ningún tipo de valor. Cuanto más daño se hiciese, más posibilidades de difusión tendría cualquier noticia. También ellos se habían transformado en lobos, pero tan cobardes que sólo se alimentaban de carroña. El rigor, la seriedad y el simple respeto humano habían desaparecido para no volver. 

Se trataba de un país que había destrozado todas sus instituciones: en el Parlamento ya no contendían ideas sino insultos. Además, sus miembros tenían tan poca consideración sobre su propio valor que habían accedido a las reivindicaciones más demagógicas de las masas: tenían los sueldos más bajos de Europa, se sometían a los dictados de los medios de comunicación sin la menor capacidad de análisis crítico, y aceptaban las mayores insidias contra ellos sin ninguna posibilidad de reacción. Los tribunales, por miedo, se mantenían al margen con lo que el honor había desaparecido de la política. En consecuencia, nadie de valía se arriesgaba a intervenir en ella. 

Es un país poseedor de una de las civilizaciones más interesantes de la historia, con una lengua universal y unas personalidades únicas desde Cervantes a Goya: se llama España Desde hace cuatro generaciones, los miembros de mi familia se consideraron, ya fueran gilroblistas, republicanos, comunistas o falangistas, que de todo hubo, profundamente patriotas. Cuando llegó mi turno pertenecí al PCE hasta los 25 años. Desde entonces, aunque convertido en escéptico, me he sentido tan español como lo fueron mis bisabuelos. Ahora, experimento vergüenza, rabia y, sobre todo, pena.