martes, 22 de marzo de 2011

La naturaleza y los tontos

Lo ocurrido en los últimos días en Japón pone de manifiesto la crisis de un pensamiento historicista que llegó a divinizar a la ciencia, pues a la manera de Descartes creía que era posible conocer las leyes y las acciones del fuego, del aire, del mar y de las estrellas para dominarlas, “y hacernos dueños y señores de la Naturaleza”. Nos consideramos herederos de la Ilustración, sin asumir los desastres a que ha conducido. Las dos últimas guerras mundiales, Chernobil y ahora Fukushima nos demuestran no sólo que no tenemos pajolera idea sobre el Universo, tampoco representamos nada en él. Lo único evidente es que somos seres desvalidos y, como tenemos cierta consciencia, queremos sobrevivir.

Ya Stuart Mill señaló que lo más característico de las fuerzas de la naturaleza “es su perfecta y absoluta falta de consideración. Van derechas a sus fines sin tener en cuenta qué cosas o qué personas van a aplastar en su camino. Y realizan todo esto haciendo gala del más arrogante desdén por la caridad y por la justicia, descargando sus golpes sobre los mejores y más nobles junto con los más malvados y peores”. La realidad es que cabalgamos encima de una bola, viva y extremadamente peligrosa, a través de los espacios infinitos, sin tener la menor idea de lo que hacemos aquí. Soñamos con dotar de consistencia a la vida, cuando da la impresión de que no tiene ninguna. Podría decirse que nuestra situación es trágica, si es que eso tiene algún sentido a nivel cósmico.

No obstante, siempre han existido bobos, algunos de perfecto remate, que dedican su existencia a pontificar sobre las más inauditas menudencias, también a hacerse daño sin ninguna necesidad. Así, en España las próximas elecciones están llevando a la clase política, casi sin excepción, a practicar la técnica del derribo del contrario, denunciarse los unos a los otros, y realizar todo tipo de ruindades y bajezas sin más justificación que la de alcanzar un poder que no va a servirles para cumplir objetivos o programas, por muy ilusos que finalmente se pudieran demostrar, sino para disfrutar de privilegios y prebendas en el fondo bien ridículos. ¿Por qué no se dedican a filosofar?

Si lo hicieran, tal vez se dieran cuenta que en la vida no es posible funcionar sin un mínimo de piedad. Y, sobre todo, que en el estado actual de nuestra política unos y otros son igualmente limitados y tontos, así como que la diferencia de altura moral e intelectual que les separa es prácticamente inexistente. Quizá tomaran conciencia también que los votos no pueden ser el único objetivo, pues obtenerlos a base de la idiotización de la población no constituye un triunfo real. Cuando llega el terremoto, el poder es siempre inútil.

martes, 15 de marzo de 2011

Niños robados

Forma parte de la cultura occidental el pasaje de San Mateo según el cual Jesús, reprendiendo a sus discípulos, les dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como ellos es el Reino de los Cielos”. Ésta ha sido siempre la actitud de la Iglesia, durante siglos ha venido realizando una espléndida labor de protección de la infancia: desde la enseñanza hasta la dirección de orfanatos destinados a los más pobres y desvalidos. Basta con leer a Dickens para deducir cuál hubiera sido su suerte, en los inicios del capitalismo, sin la existencia de instituciones tutelares basadas en las enseñanzas de los Evangelios.

Ahora, en cambio, se quiere presentar a los sacerdotes y monjas como culpables de los más espantosos crímenes desde la pederastia al robo de centenares, miles incluso, de niños en España. No es nada extraño, en todas las épocas la crueldad social ha buscado víctimas propiciatorias utilizando como coartada a la infancia. En Roma, por ejemplo, se acusó a los cristianos de asesinarlos para utilizar su sangre con fines rituales. Más tarde fueron los judíos; Werner Keller nos cuenta que el día de Jueves Santo de 1475 desapareció en Trento un muchacho de tres años, Simón, hallado muerto poco después a orilla del Etsch. No hubo dudas: habían sido los despreciables judíos, miles de ellos fueron torturados. ¿Y qué decir de las brujas en Centroeuropa? Se aseguraba que utilizaban las entrañas de los bebés para sus pócimas y encantos.

¿Es mentira, entonces, lo que ahora se nos cuenta? Es evidente que no, siempre han existido seres sin escrúpulos responsables de los más horribles delitos. Se da entre los abogados, los médicos y los taxistas. Pero sería absurdo pensar que la maldad de alguno de ellos puede extenderse a la profesión en su totalidad. ¿Por qué, entonces, se acusa a la Iglesia de haber organizado una red destinada al secuestro de recién nacidos? Por una razón bien elemental: la de atribuir a otros la propia responsabilidad personal. Fue la sociedad española la que, durante siglos, consideró una deshonra el embarazo fuera del matrimonio, procurando eliminar las pruebas por el procedimiento de entregar los niños a instituciones de beneficencia. Miles de papás obligaron a sus hijas a deshacerse del fruto del “pecado”.

Y las monjitas que se encargaron, quizá torpemente, de buscar solventes padres son acusadas ahora de engaños y enriquecimiento. Es falso, con excepciones, desde luego miserables, la Iglesia no hizo otra cosa que ocuparse de paliar la vergüenza de unos individuos preocupados simplemente por las apariencias. A una morbosa opinión pública le gusta creer lo contrario.

martes, 8 de marzo de 2011

Líder mundial

Hace bien pocos días, una alumna de la Universidad de Sevilla pareció escandalizarse cuando, en una conferencia, comenté que todas las civilizaciones al llegar a su cima adquieren caracteres femeninos de tal manera que, una y otra vez, han sido destruidas por los bárbaros. No era ninguna crítica, muy al contrario, ya desde los tiempos de Diderot los ilustrados franceses del siglo XVIII se mostraban conformes en que la mujer era el auténtico factor civilizador de la historia. Lamentablemente, los salvajes, que en todos los tiempos han existido, y que suelen estar en la frontera, no han dejado que el experimento durase mucho tiempo.

En cualquier caso, el problema principal radica en determinar si, efectivamente, Occidente se encuentra en decadencia. Es indudable que la respuesta debe ser afirmativa en el caso europeo; todo el mundo está de acuerdo en que el centro de la política mundial se ha desplazado hacia el Pacífico, ya no contamos. Lo malo es que los Estados Unidos, únicos capaces de defender los valores culturales que durante siglos hemos creado, parecen vivir el mismo proceso. No sería nada nuevo, Arthur de Gobineau, aunque citarlo sea todavía políticamente incorrecto, señaló: “Toda congregación de hombres, por ingeniosa que sea la red de relaciones sociales que la protege, adquiere en el día mismo de su nacimiento, escondida en los elementos de la vida, la semilla de una muerte inevitable”.

Maquiavelo ya había advertido que la historia sigue un proceso cíclico que, desde la pobreza, lleva al lujo y la comodidad para terminar indefectiblemente en la decadencia, y vuelta a empezar. Por desgracia, Zapatero no parece muy consciente de los tiempos que corren, todo lo contrario, sigue siendo un historicista incorregible. En medio de la que está cayendo, se ha desplazado a Tunez para, en plan líder mundial, anunciar urbi et orbi que: “los españoles quieren que su Gobierno apoye los cambios en en el mundo árabe desde el primer momento”. ¿Sabe realmente lo que está diciendo? ¿Todos los cambios? No parece que sea muy consciente de los riesgos que se derivarían de la desestabilización de Marruecos.

Su intervención llegó a la genialidad cuando dijo que la democracia siempre tiene problemas: “en España fue clave la cuestión territorial. Y en los países árabes será fundamental la cuestión religiosa”. ¡Toma ya, profundidad filosófica en la comparación! Aunque el sufragio censitario hace tiempo que fue superado, a veces parece necesario que, al menos para ser Presidente de Gobierno, se exija cierto conocimiento de ciencia política: el necesario para distinguir cuándo unos países permanecen en el medievo. Si no, terminaremos en el siglo VIII acompañados de Zapatero.

martes, 1 de marzo de 2011

Desde las montañas

Decía Nietzsche que para sobrevivir sería imprescindible “trasladarse a la cumbre de las montañas para contemplar muy por debajo la despreciable charlatanería de la política”. Se expresó en forma bien pesimista, como siempre de otra parte, pues su época coincidió con el surgimiento de los sistemas ideológicos, dirigidos a interpretar y organizar la vida de los hombres, que han dominado la intelectualidad europea hasta tiempos recientes. Por muy charlatanes que pudieran ser algunos de sus partidarios, nadie podrá negar la pasión que pusieron en la lucha ni la grandeza de sus construcciones teóricas. ¿Qué habría dicho entonces de la política española de nuestros días? Probablemente, creería que asistía a una opera bufa francamente antiestética.

Nadie con un mínimo de seriedad se atreverá a sostener que lo que ocurre en este país, al término de la legislatura, tiene alguna relación con el debate ideológico, entre otras razones, por la elemental de que las ideas han desaparecido: una clase política pretende sustituir a otra en el ejercicio del poder y punto, no hay nada más. Una multitud de candidatos aspira a obtener los cargos públicos, empleos y prebendas que han difrutado sus enemigos durante los ocho años anteriores, a esto se reduce todo. Y se desarrolla con la misma crueldad que ya se manifestó en los momentos finales de Aznar y también, por supuesto, en los de Felipe González. Como miles, por no decir cientos de miles, de nuestros paisanos se han acostumbrado a vivir a costa del erario público la lucha se desarrolla sin ningún tipo de cuartel. Se trata de un espectáculo vergonzoso.

En el fondo, obsesionados por los votos, nuestros dirigentes desprecian la inteligencia. Lo único que les interesa es el individuo medio al que piensan es necesario dirigirse desde la demagogia y la simplificación. Todas las promesas serán pocas cuando se trate de eliminar los pretendidos “privilegios” que ostentan: obligatoriedad de declarar sus actividades y bienes, de sus cónyuges y amantes, absoluta incompatibilidad de funciones, supresión de institutos clásicos del parlamentarismo como la inviolabilidad e inmunidad… ¿Saben de qué están hablando?

Por supuesto que no, cavan su propia tumba así como la de una civilización basada en la racionalidad y en la primacía del Legislativo. Cualquier doctorando en derecho constitucional conoce que las “prerrogativas” no son privilegios, todo lo contrario, constituyen la más clara defensa de la representación de la ciudadanía. Si además pretendemos eliminar hasta su derecho a la intimidad, sólo los memos, que no tienen ninguna, se dedicarán a la política. Habrá que hacerse alpinista para huir con rapidez al Himalaya.

martes, 22 de febrero de 2011

Nuremberg al revés

En la prensa alemana se ha hecho referencia estos días a la suerte de los millones de compatriotas que, al final de la segunda guerra mundial, fueron expulsados en condiciones bíblicas de regiones que habían pertenecido a su país durante siglos: Silesia, Pomerania, los Sudetes, Prusia oriental etc. Es tan grande su complejo de culpa que el problema es siempre planteado en forma velada, no existe sentimiento de revancha ni sombra alguna de reivindicación formal. Sienten tal grado de vergüenza por los actos de sus antepasados, que piensan que es mejor no hablar. Y es verdad, su responsabilidad fue enorme, basta con recordar el holocausto. Premonitoriamente Goethe, en el siglo XIX, quejándose de Alemania, había advertido que “llegará el día en que tendrá que enfrentarse con su destino, que la aniquilará”. Así fue.

Sin embargo, en la vida es necesario dudar ¿fueron mejores los aliados? En el fondo, la Europa de la postguerra surge con un enorme fraude intelectual: el de utilizar en Nuremberg las formas procesales para encubrir una venganza política. Es muy posible que no hubiera podido crearse un orden nuevo sin eliminar a los dirigentes nacionalsocialistas, caso de Goering, Bormann, o el mismo Hitler si hubiera sobrevivido. Personalmente, creo que era inevitable su ejecución, pero no existe Derecho sin imparcialidad, los vencedores nunca pueden hacer justicia sobre los vencidos, al menos la que en los países occidentales se entiende por tal. Tenemos un ejemplo bien reciente, el de los Ceaucescu: ¿fue aquello un juicio? No, constituyó un espectáculo horrendo en el que la única sombra de dignidad estuvo siempre del lado de los acusados.

Volviendo al caso alemán, estoy convencido que de ganar hubiesen tenido motivos igual de poderosos para organizar un Nuremberg al revés. Con un ejemplo nos basta, el de los miembros del ejército rojo: leer a Antony Beevor nos sirve para conocer que en las postrimerías de la guerra mas de cien mil alemanas fueron violadas por ellos. Existe a este respecto un libro estremecedor, “Una mujer en Berlín”, es anónimo pero sus contemporáneos saben que su autora fue una periodista víctima de los hechos. Los rusos, mal que me pese, se comportaron como auténticos bárbaros.

¿Y el admirado Churchill? Al no saber cómo recompensarlo, le llegaron a dar un más que dudoso premio nóbel de literatura. Pues bien, fue uno de los principales responsables de la política de tierra quemada, que dio lugar a la inhumana destrucción de Leipsig y Dresde. ¿Y qué pensar de Hiroshima y Nagasaki? ¿Por qué tirar la bomba atómica en grandes poblaciones?, podía haberse hecho sobre un vulgar atolón. La historia de los vencedores es tan falsa como la que, de haber sido otra la suerte, hubiesen escrito los vencidos.

martes, 15 de febrero de 2011

Añoranza soviética

Nos movemos en función de prejuicios, y nunca es más cierto que con respecto al Islam. A lo mejor, los escépticos estamos equivocados, por fin un viento de libertad está soplando por el mundo árabe. Sin embargo, tengo dudas y bien fuertes: la separación entre la ciudad de Dios y la de los hombres está arraigada casi genéticamente en nuestra civilización, encuentra su base en el “dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”, recomiendo leer a Anthony Pagden. La comunidad musulmana, la “umma”, nunca ha sido capaz de establecer una distinción de ese género. Incluso, si juzgásemos lo que ocurre en Egipto con criterios estrictamente políticos, habría que advertir que sobre la miseria nunca se ha construido una democracia, los procesos revolucionarios sólo fueron capaces de generar el terror, basta con recordar la Convención.

Por desgracia, de todo lo que ocurra seremos responsables nosotros, los occidentales. ¿Por qué no ven, si no lo han hecho ya, la película “La guerra de Charlie Wilson”? Fueron los norteamericanos, sus servicios secretos apoyados por importantes sectores del Congreso, quienes ayudaron a los mujaidines de Afganistán con armas y aporte de dinero. El objetivo no podía ser más evidente: debilitar a la Unión Soviética, y tuvieron tal éxito que el comunismo desapareció de la faz de la tierra, sus epígonos ya no cuentan. Sin embargo, poca gente es consciente de que en el gobierno afgano estaban representados sectores importantes de la burguesía del país, que llamaron a los rusos en sus esfuerzos de modernización contra el salvajismo de los “patriotas”.

Paradójicamente, los soviéticos estaban ayudando a “los nuestros”, que una vez derrotados fueron llevados a la horca pública con una crueldad que no recibió ninguna repulsa moral. La razón genera monstruos, efectivamente, y nunca más claro que en esta ocasión: los atentados contra las torres gemelas, y los de Madrid y Londres han sido su resultado. ¿Nadie se ha dado cuenta? Nosotros mismos hemos creado la locura integrista, y ahora no sabemos cómo solucionar el problema. Los principios que sirvieron de base a la Unión Soviética, su práctica es cosa distinta, son los mismos sobre los que se ha creado la civilización occidental: Marx, pura filosofía alemana, no es otra cosa que el producto final de Newton y Descartes.

Hemos destruido un mundo inspirado en los mismos valores, para crear otro que desprecia nuestra “decadencia e inmoralidad”, y quiere retroceder a una dorada Edad Media sometida a los designios del Profeta. A lo mejor, es una falsa alarma y los demócratas musulmanes se imponen, todo es posible pero ¿dónde están?


martes, 8 de febrero de 2011

Jacobinismo antiparlamentario

Pierre Bessand-Massenet con brillantez describió el jacobinismo como “un germen de intolerancia, propio de la naturaleza de ciertos individuos, una voluntad de dominación y de inquisición moral tanto como política, una suerte de inflexibilidad humana elevada al rango de virtud…”. Nada más peligroso para la historia de Occidente que la unión de jacobinismo e inquisición. La obsesión por la perfección siempre se ha resuelto llevando a la gente al cadalso o a la guillotina, al fin y al cabo lo mismo da. Si estás completamente seguro de tus convicciones, y no tienes suficiente generosidad, terminarás buscando papistas, herejes o comunistas por todas partes. En España, “país clásico de las hogueras”, los parlamentarios se han convertido en nuevas víctimas propiciatorias, son culpables de todo cuando, en mi opinión, su única responsabilidad es la ser un poco más tontos de lo normal, lo que no constituye ningún delito, al menos hasta ahora.

Es evidente que nuestros parlamentarios, los del Estado y los de las Comunidades Autónomas, no destacan por su sabiduría, la física cuántica no es una de sus especialidades. Cierto también que han perdido la aureola de respeto y carisma que constituía una de las notas características de su función, al menos en países serios. Sin embargo, el clima de sospecha al que están sujetos no deja de ser la más clara manifestación del fracaso de la misma sociedad. Si no confías en quienes te representan pones en cuestión el sistema democrático, pues entonces ¿en qué creerás? Es posible ciertamente que los militantes del Partido Socialista, Partido Popular e Izquierda Unida no sean un ejemplo de profundidad intelectual, tampoco de seriedad, pero si sistemáticamente votamos a unos u a otros es que estamos enfermos o somos tontos, y no se sabe lo que es peor.

En mi opinión, la causa de su descrédito radica en parte en los propios diputados pero, mucho más, en la ciudadanía. Oscar Wilde con irónica genialidad se atrevió a decir: “Antiguamente, existía el potro del tormento. Ahora, existe la opinión pública, lo que no deja de ser una mejora. Pero, aun así, es cosa mala e injusta”. Y eso que no conoció a la española, indudablemente se hubiera desmayado de horror. La realidad es que somos tan ruines que no buscamos otra cosa que la corruptibilidad, y las actitudes policíacas juegan siempre con ventaja: la vigilancia sistemática encuentra indefectiblemente motivo de escándalo y pecado. Como en mi lejana juventud fui encarcelado, los delatores no me inspiran ninguna simpatía.

Es verdad, nuestros diputados son mantas, pero mucho más lo es la sociedad a la que quieren representar. Si los ciudadanos fueran un ejemplo de virtud, honradez e inteligencia, ¿cómo votan a gente tan inmoral? Por una razón, a la que en su momento se refirió Ortega, porque la inmoralidad está en la sociedad española, que se defiende proyectando sus culpas sobre los demás. Si no se lo creen, ¿por qué no leen a Sigmund Freud?