martes, 23 de junio de 2009

Danzas en la Marienkirche

Hace unos días, en Lübeck, en la iglesia de la Marienkirche, pude observar en un panel una reproducción de unas pinturas que existieron en el coro de la misma, desde el siglo XV hasta su destrucción en la guerra. Se trata de unas conocidas escenas en la que doce personajes, cada uno de ellos cogido de la mano de un esqueleto, parecen bailar grotescamente. A pesar de su indudable belleza, la impresión que debían producir era de puro y simple miedo. Constituían un ejemplar más de las denominadas danzas macabras que proliferaron en Europa occidental a todo lo largo del medievo, siempre me interesaron.

La más célebre de todas fue la de los Inocentes, de París. La misma, como nos cuenta Johan Huizinga, fue la representación más popular de la muerte que conoció la Edad Media: “Riendo sarcásticamente, con el andar de un antiguo y tieso maestro de baile, invita al Papa, al emperador, al noble, al jornalero, al monje, al niño pequeño, al loco y a todas las demás clases y condiciones, a que la sigan". No hay nadie que se libre. Era un mundo en el que, como recordaba un relato de la época, desde las cercas de los cementerios, escritos situados junto a horripilantes calaveras advertían a los vivos que por allí se aventuraban: "Lo que sois lo fuimos nosotros, lo que somos también vosotros lo seréis".

No puede obviarse, desde luego, la influencia que ejerció en la psicología colectiva la denominada peste negra. Como nos enseña cualquier enciclopedia, se trataba de "una plaga de los tiempos antiguos, que dio lugar a pandemias. Es quizá la enfermedad infecciosa que se ha cobrado mayor número de víctimas en la historia de la humanidad". Así, la de 1348, procedente de Crimea, se extendió por los países mediterráneos y la Europa central y nórdica hasta llegar a las islas británicas, abatiendo a cerca de un tercio de la población occidental. No existía ningún tipo de remedio médico y su rápido avance hacía pensar en la cabalgada de la Muerte en triunfo, a la manera popularizada en cuadros e imágenes, desde Brueghel hasta El Bosco.

En los tiempos modernos, los avances de la medicina y el desarrollo de los psicofármacos parecen habernos concedido momentáneos respiros, no demasiados, pues como decía el genial Albert Camus lo único real es que los hombres mueren y no son felices. Ciertamente, Fukuyama se ha atrevido a pronosticar que la biotecnología nos aportará en las dos generaciones próximas las herramientas que nos liberen de la muerte y la enfermedad. Hay quien ha dicho que eso significaría “abolir los seres humanos como tales”, pues la angustia sería su nota característica. En lo que a mí respecta, prefiero renunciar de antemano, y solemnemente, a dicha condición por muy provechosa que pudiera ser.

martes, 16 de junio de 2009

La verdad del acusado

Un espléndido artículo de Gómez Marín me hace reflexionar sobre las declaraciones en juicio. Nicolau Eymeric, en el siglo XIV, al establecer las reglas del procedimiento ante el Santo Oficio señalaba: “Lo primero dirá el inquisidor al reo que jure a Dios y a una cruz que dirá verdad en cuanto le fuere preguntado, aunque sea en perjuicio propio”. Si no lo hiciese, o existiesen sospechas de falsedad, cosa nada rara porque “los herejes son muy astutos para disimular sus errores”, todos los medios serían lícitos para obtenerla, incluso la tortura: el catálogo de ellas ha sido de lo más variado hasta tiempo bien recientes. Parecía ridículo que el pecador pudiese alegar derechos frente al Todopoderoso, llámese Dios o Estado. El hecho se había cometido o no, lo demás serían sutilezas.

El ordenamiento jurídico estaba construido sobre bases muy simples: las cosas, sobre todo cuando se trata de juzgar, son blancas o negras, los matices sólo sirven para enredar. Sin embargo, los hechos del hombre no son unívocos, pueden obedecer al mismo tiempo a muy distintas causas. En consecuencia, los Estados de Derecho ofrecen a cada uno la posibilidad de ofrecer su versión. Los totalitarismos religiosos o políticos han entendido siempre que la verdad es única, cuando no lo es. Si se quiere actuar con un mínimo de justicia, los acusados en un proceso penal deberán gozar de la posibilidad de presentar su propia interpretación.

Escandalizarse por la consagración de un pretendido derecho a mentir es absurdo, entre otras cosas, porque muchas veces nadie miente, cada uno tiene su propia visión aunque sea bien contradictoria con la de los demás. Como reacción frente a las autoritarias sociedades del pasado, la Constitución española ha establecido el derecho, no propiamente de mentir, sino de defensa y de no confesarse culpable. En consecuencia, en el curso de su declaración, el acusado puede alterar la verdad, falsearla a la medida de sus intereses, y el ordenamiento jurídico no podrá reaccionar. Es el resultado del reconocimiento de la dignidad del ser humano, que podrá justificar su yo, por muy grave que pudiese ser la conducta imputada.

Cabe volver atrás, a sociedades en las que el criminal carezca de derechos. Si así fuese, ¿qué garantías tendríamos frente a quienes nos acusasen falsamente de delitos basados en hechos parcialmente reales, pero explicados a la medida de sus torcidas interpretaciones? La posibilidad de ofrecer la propia versión, siempre interesada, es la última garantía de la libertad. Si no se reconoce, en vez de jueces, existirían comisarios políticos obsesionados por el crimen.

martes, 9 de junio de 2009

Brujas en el cielo

Durante siglos, los hombres han imaginado las cosas más extrañas y disparatadas. Así, en el siglo XV la creencia en las brujas estaba tan extendida que hubo necesidad de publicar una guía, el célebre “Malleus maleficarum”, para indicar las señales más seguras para descubrirlas, había que evitar que eludieran la hoguera. Años después, el padre Lactance declaró en forma bien solemne, en actas recogidas en los procesos de Loudun, que demonios especialmente rijosos copulaban con cándidas novicias en un respetable convento de ursulinas. El testimonio causó sensación dada su fama de hombre de Dios, metódico y serio. Reputación que no debía ser muy rigurosa si se tiene en cuenta que, poco después, confesó que él también había sido poseído por el Maligno.

Su delirio no era más que la consecuencia de una sociedad intolerante, la represión indefectiblemente conducía a la locura. En comparación, las conjunciones planetarias que observa Leire Pajín parecen bien bondadosas e inanes, ya no existen brujas revoloteando por encima de nuestras casas. Nuestro universo no es peligroso, es infantil. Existen malos, muy malos, pero de cuento; en el fondo se consigue conjurarlos narrando simplemente sus villanías. Los orcos lucharán contra los hobbits y los ángeles contra los demonios, no en vano Dan Brown se ha convertido en el autor preferido de las masas, en escenarios cinematográficos que no generan riesgos. Desde luego, el espectáculo devendrá estelar si son Obama y Zapatero quienes, con capa y espada, se enfrentan a los villanos que, por supuesto, ya no pueden ser musulmanes. No, por Dios, sería indecoroso pensarlo.

Es ridículo, pero paradójicamente constituye el final resultado de un mundo que se quiere tan igual, que hasta los mismos talentos, factor de diferencia políticamente incorrecto, se pretenden uniformar. La mejor manera de impedir que nadie destaque será asegurar que vivamos el mismo universo de sueños de Leire Pajín. Si la realidad se simplifica hasta el punto de que todo se reduce a un combate entre un Obama progresista y multicultural contra seres reaccionarios, refugiados en oscuras cavernas, singularmente en España, los problemas devienen tan burdos que la inteligencia será innecesaria. Bastará con repetir las consignas de los que mandan, que saben distinguir perfectamente entre el bien y el mal pues les ha sido concedido un don especial.

Es posible que nos volvamos así un poco tontos, quizás sea el objetivo, además los pobres de espíritu fueron siempre bienaventurados. Conseguiremos la gloria eterna, que ya no consistirá en la beatífica percepción de Dios sino en el pase ininterrumpido de películas de acción protagonizadas por políticos honestos y guapos.

martes, 2 de junio de 2009

Un sistema falso

Miles de personas, y sus familiares, dependen en nuestro país de los partidos, de sus vaivenes internos y de la contienda electoral. Su estabilidad económica, las posibilidades de distinción y futuro están así condicionadas por el resultado de las urnas. Es verdad que existe una justificación de peso: al intervenir en la vida pública, sirven a un determinado proyecto de ordenación de la convivencia, actúan por ideas sin las que el sistema democrático desaparecería. ¿Y si fuese falso, si ya no existiesen alternativas ideológicas en nuestro universo político? Es ese caso, una gigantesca coartada estaría encubriendo el puro y simple interés.

La inmensa mayoría de nuestros comunicadores, con notables excepciones desde luego, se sitúan a uno u otro lado del espectro partidista, desarrollando líneas editoriales que favorecen sus respectivas posiciones. Detrás de los mismos, están concretos individuos que se verán directamente afectados por la cercanía o el alejamiento del poder, las políticas de subvenciones y el otorgamiento de cargos. Tienen también una justificación única: si la libertad de expresión es preciosa, mucho más tiene que serlo para los creadores de opinión. Teóricamente el debate sería el único medio para consolidar una sociedad libre. ¿Y si hubiesen desaparecido tal tipo de sociedades en nuestro horizonte cultural? En ese caso, la discusión serviría pura y simplemente para proporcionar legitimidad al sistema.

El riesgo de la igualdad es la uniformidad mental, que destierra al sanatorio psiquiátrico a los que disienten. Si bien se observa, las alternativas reales se han convertido en tabú, no es posible siquiera plantearlas a no ser que quieras poner en peligro tu propia promoción. ¿Es posible imaginar en España a un intelectual, como Garaudy, que se atreviera a negar el Holocausto? Es verdad, existen todavía en nuestro país temas polémicos: la articulación territorial del Estado, la legalización del aborto a plazos, la política de trasvase de aguas y tantos otros. Pero, con independencia de que ninguno de ellos define una posición ideológica, las maquinarías partidistas rehuyen adoptar posiciones cerradas, prefieren los matices que permiten salidas coyunturales. Las decisiones definitivas impiden los necesarios pactos…

En el franquismo, si ingresabas en un partido podías dar con tus huesos en la cárcel. Ahora, si no lo haces, te conviertes en un ser conflictivo, poco de fiar, y, si no tienes cuidado, perderás hasta el honor que es una pérdida mucho mayor que la de la libertad. La verdad es que, entre unas cosas y otras, y a pesar del atractivo de Rosa Díaz, va siendo hora de plantearse si la abstención no será el único instrumento real de oposición al sistema. Al menos es un gesto estético.

martes, 26 de mayo de 2009

La Iglesia y los pederastas

Las modernas sociedades de masas tienden a destruir la respetabilidad, sobre todo de las personas o instituciones tradicionalmente cubiertas por ella. Se quiere la igualdad demostrando que no hay nadie más que nadie, todos seríamos pecadores y sucios. Es la manera de justificarse a sí mismo: la perfección no existe, la miseria moral está generalizada. Al cazar una nueva pieza lo demuestras, y satisfaces también tu ruindad: el daño ajeno produce morboso regocijo. Llega un momento en que no basta con sembrar dudas sobre prósperos empresarios, científicos de renombre o candidatos a presidente, ya están suficientemente desprestigiados. Hay que seguir asaltando reductos, cuanto más altos mejor. ¿Por qué no la Iglesia?

Así, se ha puesto de moda poner de relieve la enfermiza conducta sexual de los religiosos católicos: los casos denunciados sobre los orfanatos irlandeses sirven para establecer una primaria relación psicológica entre el celibato y la anormalidad. Comoquiera que la represión de los instintos básicos puede conducir al desorden, una buena parte del clero sufriría una tara que pondría en peligro a las personas, particularmente los niños, que se relacionasen con ellos. Si bien se observa, tal género de acusación afectaría de lleno a la función que tradicionalmente se ha reservado el catolicismo: la enseñanza. No deja de ser interesante que la polémica se plantee en estos momentos.

El maltrato a la infancia atenta a los valores que han servido de fundamento a la cultura occidental. Por cierto, ¿no fue Jesús quien advirtió que el que escandalice “a uno de estos pequeños más vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar? Si un sacerdote es capaz de abusar de un niño, se hace responsable, incluso penalmente, del daño causado. Pero existe una distinción elemental que no parecen tener en cuenta los actuales torquemadas de la modernidad: la que tiene lugar entre una institución y sus miembros. Con independencia de su origen trascendente, real o no, la Iglesia ha cumplido durante siglos una función social: la de preservar los valores culturales de la antigüedad, el legado de Roma, así como la protección de los infelices frente a los fuertes.

Con razón, Nietzsche decía que el cristianismo había supuesto el triunfo de los débiles, precisamente porque los amparaba. En los inicios de la revolución industrial, y en buena parte del siglo XX, con el trabajo sin descanso y la utilización de los niños como mano de obra barata, la Iglesia realizó una labor de asistencia sin la que el caos moral y la injusticia de la época hubiera sido aún mayor. Cierto, sus miembros provenían de una sociedad enferma, muchos no fueron santos.

martes, 19 de mayo de 2009

Complejo de víctima

Decía Vasili Grossman que “no hay inocentes entre los vivos, todos son culpables”; y ciertamente somos responsables de la inmensa mayoría de las cosas que nos pasan. Sin embargo, es mucho mejor entender que lo malo es una consecuencia de las acciones de los demás. A veces, tal tendencia conduce al delirio, sobre todo cuando piensas que el mundo se ha confabulado en tu contra. Es fantástico, las desgracias obedecen no a tu torpeza, falta de habilidad o inteligencia sino a una conspiración exterior que te impide triunfar. Es un buen negocio, de golpe y porrazo los sufrimientos cobran sentido: eres un héroe víctima de la perfidia de otros; el ego permanece intacto, se refuerza incluso.

Un pensamiento de esa clase puede ser utilizado en forma bien ventajosa, pues tus propias maldades serán realizadas por necesidad de defensa. Así, Artur Mas ha dicho que el comportamiento del público, en la final de la Copa del Rey, era el resultado de la hostilidad generalizada del Estado español hacia Cataluña. ¡Vaya por Dios! tienen una actitud deleznable, nos insultan y, al final, lo que ocurre es que son seres acosados, pobres víctimas que se han limitado a reaccionar: los culpables somos nosotros. Un desorden mental de esta clase, si es individual, será objeto de estudio por la psiquiatría; si se utiliza a nivel político, puede calificarse como demagógico, producto, a veces, de la pura y simple caradura.

Para colmo, nadie se ha dignado presentar ningún tipo de excusas, todo parece normal. No fue una acción aislada, daba la impresión de que la mayoría de los seguidores atléticos y blaugranas participaron de la bronca al himno nacional. En una sociedad que tuviese un mínimo de educación, lo lógico sería que los responsables de ambos clubs hubiesen rechazado el espectáculo. No ha sido así, todo lo contrario, lo único relevante parece haber estado en la censura de imágenes realizada por la televisión, lo que ha conducido a la dimisión del responsable de turno. ¿Por qué? Los televidentes no tienen la obligación de presenciar cómo se les ofende en público. Va a resultar que la persona más infeliz de todas, la que no supo cómo actuar, es la única que recibe las bofetadas. ¡Magnífico!

La paranoia es una enfermedad peligrosa, y si se desarrolla en forma colectiva mucho más. No puedes pasarte la vida echando la culpa de tus problemas a los demás, entre otras razones, porque terminarás cansando, haciéndote pesado e insoportable. Muchos españoles hemos admirado siempre a Euskadi y Cataluña, y lo seguimos haciendo a pesar de sus fobias, ¿no va siendo hora de que vayan al psicoanalista? Las terapias en grupo son más baratas, a veces dan resultado.

martes, 12 de mayo de 2009

El Partido

Durante una buena parte del siglo XX, fue frecuente sacrificarse por las leyes de la historia, que se creía representadas en el Partido Comunista. Así, Bujarin, el gran dirigente histórico de los bolcheviques, enfrentándose a una segura ejecución, no dudó en justificar la posición de sus acusadores reconociendo traiciones y crímenes totalmente imaginarios. Sus palabras ante el Tribunal que lo juzgaba resuenan todavía con enorme fuerza: “El motivo [de mi confesión] estriba en que, durante mi encarcelamiento, pasé revista a todo mi pasado. En el momento en que uno se pregunta: Si mueres ¿en nombre de que morirás? aparecen los hechos positivos que resplandecían en la Unión Soviética. Esto fue lo que en definitiva me desarmó, lo que me obligó a doblar mis rodillas ante el Partido y ante el País”. La grandeza del personaje fue indudable.

Como explicaría Arthur Koestler, Bujarin no era más que un simple cero ante el infinito que representaba la construcción del socialismo. Si además de perder la vida, había que aceptar la eliminación del honor, no había motivos para dudar. Los seres de carne y hueso no contaban nada ante la suerte final del Partido. Pero los sufrimientos son siempre individuales, y si es necesario sufrir demasiado, eliminarse incluso a sí mismo, ¿para qué hacer la Revolución? La supresión del yo no había formado nunca parte de las aspiraciones de la cultura occidental hasta que la deificación del Estado, iniciada con Hegel, había llegado a sus últimas consecuencias.

Actualmente, nadie es capaz de ofrecer su vida por unas pretendidas leyes de la historia cuya realidad es imposible constatar, y no son creíbles. Ahora lo que se entrega al Partido, se llame CIU, PSOE, PP, PNV da igual, por simples razones de comodidad o beneficio personal, es la capacidad de decidir. La diferencia es de importancia, los sacrificios han desaparecido, todo son ventajas. Jean Cocteau había advertido: “jamás perteneceré a un partido porque eso sería tanto como renunciar a mi alma libre”. Sin embargo, a poca gente le molesta la pérdida de una abstracción si, a cambio, se evitan los problemas, desaparecen las inseguridades y se obtienen recompensas. La única restricción que se impondrá será de conciencia: habrá que pensar lo que te digan y repetir miméticamente las palabras del Pepiño Blanco de turno, que además suele ser un hombre bienintencionado, por tanto tranquilizador.

En la época de Stalin, los hombres libres eran eliminados pero Rubachov, antes de ser depurado, era capaz de disentir en el Soviet Supremo, mostrando que la complejidad de su alma estaba por encima de los totalitarismos. Ahora, basta que el correspondiente mandamás, que ni siquiera es Vichinski, levante un dedo para que todos le sigan. Pero los loros no hacen política, si son buenos, sirven para el circo.