martes, 15 de diciembre de 2009

¿Somos culpables?

Para la Iglesia, el pecado original constituyó una mancha que nos hizo nacer a todos malvados y sucios. Es lógico que, durante siglos, la Inquisición al investigar cualquier herejía partiese de una presunción de culpabilidad. Y no iban mal encaminados; los pensamientos y los hechos del hombre son siempre equívocos, pueden ser interpretados de la más diversa manera. En la historia del crimen son muy conocidos los casos de personas que confiesan los delitos más horripilantes cuando, al cabo del tiempo, se comprueba su total irrealidad. No se trata de fabuladores o locos; lo que ocurre es que, al examinar los aspectos más recónditos de su mente, llegan a encontrar motivos para dudar.

La policía, y los acusadores en general, juegan con una gran ventaja: son los primeros que ofrecen una narración coherente de los hechos. El imputado se encuentra con la obligación de destruirla, y si es inseguro, o su conducta ha sido compleja, puede llegar a convencerse de su propia culpabilidad. Tenemos un ejemplo bien reciente: el joven acusado de la violación y asesinato de su hijastra. En su interrogatorio, según la filtración difundida, se recoge lo siguiente: “dice que perdió sus casillas, que la niña estaba llorando y quejándose, por lo que la zarandeó…y le apretó fuerte la barriga, la verdad es que bastante fuerte”. Añade “que se puso muy nervioso, que se arrepiente”. El informe forense es sin embargo concluyente: el acusado no realizó ninguna acción reprobable, todo ocurrió por mero accidente. ¿Por qué, entonces, declaró en esa forma? Probablemente, porque llegó a dudar de sí mismo.
El apocado señor que pasa todos los días, a la misma hora, delante de una casa para observar a una bella señorita que riega sus plantas en la ventana, sin atreverse a dirigirle la palabra, puede encontrarse, de buenas a primeras, con la acusación de haber participado, al menos como cómplice, en el atraco de la joyería del bajo. La policía le exhibirá las imágenes grabadas por la cámara situada en la puerta, que le sacan semana tras semana con rostro vigilante, y de lo más sospechoso. Cómo explicará que se limitaba a participar en una aventura amorosa imaginaria. Le tomarían por un imbécil; por otra parte, es cierto que en ocasiones soñó con poder regalar a su amada alguno de los bellos brazaletes que allí se mostraban ¿No tendrían razón?

El TEDH ha dicho con reiteración que la angustia del procesado debilita su capacidad de defensa. Si los medios, en vez de informar, participan de la acusación, la posibilidad de expresar la propia versión disminuye con intensidad. Cuando el universo entero te considera culpable, ¿cómo sostendrás tu propia inocencia?

martes, 8 de diciembre de 2009

El país del miedo

Isaac Rosa, un brillante escritor novel, ha publicado hace poco tiempo un sorprendente relato denominado “El país del miedo”, “un lugar imaginario donde se haría realidad todo lo que tememos”. La verdad es que no podemos adivinar dónde pretendió situarlo, si es que quiso hacerlo en alguna parte, pero, desde luego, España sería un perfecto candidato, a juzgar por las reacciones en materia de política internacional de su clase dirigente. Desde la “marcha verde”, todas y cada una de las decisiones adoptadas con respecto al Sahara han sido inspiradas por un temor que excede de lo prudente y normal para llegar a la patología del pánico, que paraliza e impide actuar con cabeza y serenidad. Edward Munch debió inspirarse en nosotros a la hora de abordar su célebre cuadro.

Cedimos la administración del territorio saharaui a Marruecos cuando, desde el punto de vista del ordenamiento jurídico, al menos si se toma en consideración el Dictamen del Tribunal Internacional de Justicia de la Haya de 1975, no existía razón en derecho suficiente para ello. Además, lo hicimos prescindiendo de la opinión pública mundial que nos recomendaba la consulta a unos ciudadanos, que se encontraban en la paradójica situación de tener la nacionalidad española. Para mayor vergüenza, habíamos bautizado pomposamente a su demarcación como una provincia, al mismo nivel que Sevilla o Lérida. Nos largamos de allí porque tuvimos pura y simplemente miedo: el de meternos en líos en el peligroso momento de la muerte de Franco. La injusta consecuencia fue que dejamos tirados a los nuestros.

Si en aquellas circunstancias nos lavamos las manos como un Pilatos cualquiera, una vez consolidada la democracia podíamos haber optado por mantener la dignidad, lamentablemente no lo hemos hecho así, y lo que ha pasado con Haidar lo confirma. ¿Por qué actuamos de tan cobarde manera? Probablemente, por una impresentable y descorazonadora razón: nuestros gobernantes tiene un miedo cerval a que nos reclamen los peñones, a que hagan lo mismo con Ceuta y Melilla y a que nos inunden con pateras. Para evitar problemas, hemos decidido convertirnos en privilegiados aliados del reino alauita. Y no nos damos cuenta que, de una u otra forma, cuando mejor les convenga, pasarán a la acción.

La debilidad de los Estados propicia el chantaje, así como otra cosa todavía más peligrosa: la desconfianza de la población. Es un hecho conocido que una parte importante de los habitantes de Ceuta y Melilla ha adquirido viviendas en la península pura y sencillamente porque no se fía de las promesas de nuestro Gobierno. Cuando cedes una y otra vez, lo único que consigues es retrasar la amenaza final. Pero es seguro que llegará, y entonces será muy tarde para reaccionar.

martes, 1 de diciembre de 2009

Reivindicación de los godos

Al parecer se ha revelado falsa la noticia relativa a que un grupo de parlamentarios habría presentado una proposición no de ley dirigida a pedir el público arrepentimiento de los países árabes por la invasión del año 711, que, además de producir la ruina del próspero reino godo, habría alterado el sentido de nuestro devenir durante ocho siglos. Se ha dicho que la historia es la ciencia de la desgracia de los hombres, se puede intentar conocer pero es imposible volver atrás. ¿Cómo podemos determinar las causas exactas que motivaron un acontecimiento cuatrocientos, quinientos, o mil años después? Su moralidad o justicia sólo podría medirse en el contexto de la época que no tiene nada que ver con el actual, ¿cabría precisar ahora el carácter quintacolumnista de la minoría morisca en relación con el imperio turco, o nuestros enemigos europeos, en el año 1609?

Además, qué tenemos que ver con nuestros antepasados de tantas generaciones atrás. La historia es la que es, y se ha formado sobre cimientos de sangre e injusticia. Los Estados Unidos de Norteamérica constituyen actualmente el país más próspero de la tierra, y lo han llegado a ser con la esclavitud, la eliminación de la población india, la intolerancia puritana y el uso de la guerra hasta los inhumanos límites de Hiroshima y Nagasaki. ¿Es posible borrar todo de un plumazo? Al mismo tiempo, representan la patria de la libertad, el individualismo y el progreso tecnológico, y en conjunto, con lo bueno y lo malo, han creado esa nación, por cierto, incluyendo la atrocidad que cometieron con España al volar el Maine.

Uno de los acontecimientos que ha marcado Occidente en los últimos siglos es la Revolución Francesa, y a nadie se le ha ocurrido hasta ahora, aunque las paranoias pueden surgir, pedir perdón por ella. Sin embargo, bastaría con acudir a sus apologistas Lamartine o Michelet, cosa que encarecidamente recomiendo, para constatar que una de sus notas características fue la crueldad, la pura y simple bestialidad incluso, con la que los montagnards se comportaron con la nobleza y los miembros del antiguo régimen. Si quien me lee es un poco más frívolo que repase la biografía “María Antonieta” de Stefan Zweig. Saint Just incitaba a eliminar no sólo a los culpables, a los sospechosos también. De hecho, la guillotina estuvo trabajando a destajo durante todo el período convencional.

Por otra parte, constituimos un país cuya identidad se encuentra en franca crisis. Nuestra realidad nacional y su cultura, incluida la cristiana, están puestas en cuestión. Aunque yo nací en la ciudad marroquí e internacional de Tánger, y a mucha honra, no quiero que se pueda dudar de mi carácter occidental. Lo de los moriscos, que lo planteen en otro momento, actualmente me parece peligroso. Sería el colmo, y ridículo, que ahora se pretendiese volver a los reinos de taifas.

martes, 24 de noviembre de 2009

El secuestro de la fragata

Se dice que el mayor orgullo para un viejo jacobino era el de poder afirmar que había combatido a las órdenes de Napoleón en Austerlitz, Wagram o Jena. Las conquistas de la revolución francesa pudieron ser defendidas gracias a la leva de un ejército de sans culottes que, a los acordes de la Marsellesa, se opuso primero a la invasión de las potencias del antiguo régimen para luego extenderse por todo el continente europeo. Y en la guerra civil española sin la existencia del Quinto Regimiento, convertido en la base del ejército popular, la sublevación militar se hubiera impuesto en pocos meses. Un Estado debe utilizar la violencia, y no tiene que sentir ninguna vergüenza por ello. ¿Por qué habría de tenerla? Por muy pacifista que se quiera ser, hay momentos en que resulta necesario defenderse.

Nosotros no solamente hemos eliminado el servicio militar obligatorio, que, por cierto, constituyó siempre un objetivo revolucionario sino que pretendemos transformar a las fuerzas armadas en una organización humanitaria, lo que implica una enorme confusión conceptual, que afecta a la esencia misma del Estado. Los soldados tienen una legitimidad que deriva del “pacto social”; se les concedió el monopolio de la coacción física con la finalidad de superar el anárquico mundo de lobos primigenio. El Ejército constituye un instrumento de política exterior y de protección de los intereses nacionales, sobre todo los de defensa, ¿o es que ya no los tenemos?

Es evidente que sí, somos uno de los pocos países europeos con riesgo cierto, a medio plazo, de conflicto bélico. Ningún político responsable puede olvidar que poseemos enclaves poblacionales, como los de Ceuta y Melilla, por no hablar de los peñones o las islas Chafarinas, que son objeto de reivindicación permanente por otra potencia. Cuando nos los reclamen, y todo el mundo sabe que más pronto que tarde lo van a hacer, ¿qué haremos? Cabe una opción, la de retirarnos sin disparar un tiro; ya lo hicimos en el Sahara, provincia teóricamente tan española como Cádiz, pero hacer el ridículo otra vez no parece muy sensato.

De todas las maldades que se han oído con ocasión del Alakrana, la más graciosa ha sido la del tertuliano que se atrevió a preguntar si eran ciertas las noticias relativas a que la fragata Canarias había sido también secuestrada. Gracias a Dios no fue así, aunque más de uno se lo creyó. Maquiavelo decía que más valía ser temido que amado. Nosotros hemos optado por lo segundo, y nos van a terminar adorando con pasión los piratas del Índico, las milicias armadas de Somalia, a las que vamos a formar para que luego nos extorsionen, y los desalmados de todo pelaje que pululan por tierra y por mar.

martes, 17 de noviembre de 2009

Adiós, Lenin,adiós

Jean Paul Sartre pensaba que “todo relato introduce en la realidad un orden falaz”, pues da coherencia, con un principio y un final, a unos hechos siempre caóticos, y que pueden ser interpretados de la más diversa manera. Por ejemplo, la caída del muro de Berlín, que ahora se conmemora, es entendida en Occidente desde unas ideas previas que la explican con un cariz esencialmente negativo: el fracaso del sistema comunista, la tristeza y la ausencia de libertad. “La vida de los otros”, excepcional película de Donnersmarck, nos proporciona el marco, una sociedad asfixiante, en la que todos actúan como policías, hasta los amantes se convierten en chivatos, y la libertad no es más que un sueño. Nada de esto puede discutirse, porque responde a la verdad.

Pero los hechos pueden ser ordenados utilizando esquemas distintos, como los que permite el dato escasamente difundido de que miles de berlineses, a los pocos días de la desaparición del muro, se reunieran para entonar juntos, melancólicamente y puño en alto, los sones de La Internacional. No pretendían nada, ni siquiera una protesta, constituyó un gesto estético de lamento por la pérdida de un mundo que consideraban bello. Hace pocas fechas, yo mismo pude observar en la Alexanderplatz como una viejecita, muy parecida a la de “Good bye Lenin”, sentada en un banco con un acordeón, tocaba con orgullo la canción de “El Partisano”. De tiempo en tiempo, otros ancianos se iban acercando disimuladamente para dejar caer su óbolo. Se trata de una narración tan falaz como la primera, pero nos sirve para recordar que las cosas no son nada simples, y que el comunismo fue la ideología de los pobres de la tierra, de los desamparados.

Por otra parte, sus militantes lucharon contra el fascismo con un coraje y solidaridad admirables, sin ellos no hubiera sido posible la democracia, al menos en España. ¿Por qué perdieron? Basta leer al propio Marx para comprenderlo, la realización del socialismo sólo sería posible en países con un alto desarrollo económico, Inglaterra y Alemania esencialmente. En cambio, triunfó en Rusia y China, países feudales donde la apropiación de los instrumentos de producción daba lugar, como señalaron los teóricos, a “la generalización de la miseria”, y nada pueden las ideas, por utópicas que sean, contra el primitivo y egoísta instinto de sobrevivir.

En cuanto a la libertad, carecieron de ella, la eliminaron. Pero es posible que, de manera más divertida, y con dinero, los occidentales lleguemos al mismo resultado, convirtiendo en enfermos a los que disienten, y uniformando los deseos de los hombres a través de la publicidad. Con formas inteligentes de control, sin tortura, ni policía política, aplicando pura eficacia capitalista, puede operar también el “Gran Hermano”.

martes, 10 de noviembre de 2009

Los delirios de Segismundo

Clamaba Segismundo en su prisión: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”. Y bien razón que tenía; la historia de todas las generaciones que en el universo han sido se ha basado en percepciones completamente falsas de la realidad, en delirios. Al menos de manera intuitiva siempre lo hemos sabido, basta para constatarlo la influencia cultural en Occidente del “mito de la caverna”. Somos conscientes de que avanzamos a tientas y sobre los cimientos del error, no obstante los seguimos cometiendo una y otra vez. No escarmentamos.

El 9 de diciembre de 1484 el papa Inocencio VIII publicó la bula “Summis desiderantes afectibus” en la que comunicaba a los fieles: “recientemente ha venido a nuestro cierto conocimiento, no sin que hayamos pasado por un gran dolor, que en algunas partes de la alta Alemania, cierto número de personas de uno y otro sexo, olvidando su propia salud y apartándose de la fe católica, se dan a los demonios íncubos y súcubos por sus encantos”. A nadie se le ocurrió pensar que no regía bien, todo lo contrario, el sumo representante de Dios en la tierra no podía equivocarse en materia tan seria como la del pecado. Las consecuencias no tardaron en llegar, Europa se llenó de hogueras. A lo mejor no estaba loco, pero no interpretaba correctamente el mundo exterior, tenía malos sueños, y cuando la humanidad se dio cuenta no había tiempo para reaccionar.

En los años treinta del pasado siglo, “el padrecito Stalin”, en la cumbre de su poder, adorado como el Dios de la racionalidad y del desarrollo histórico por la mitad de la humanidad, decidió incoar los denominados “procesos de Moscú, arrojando al banquillo a los fundadores del estado soviético: Bujarin, Kamenev, Zinoviev y Radeck entre otros. Se les acusó del asesinato de Kirov, de estar al servicio de Alemania y de haber traicionado a la patria del comunismo. Las acusaciones era disparatadas, y desde luego Stalin no era tan crédulo como Inocencio VIII, pero las calles se llenaron de millones de manifestantes gritando: “muerte a los perros fascistas”. Fueron ejecutados a virtud de un delirio.

Actualmente, creemos que vivimos en el más sensato de los mundos, en la patria del progreso y la libertad. Sin embargo, cabría preguntarse si los paradigmas políticos en los que nos movemos, desde el pacifismo militante a las estrategias de la paridad, pasando por el papel representativo de los partidos políticos y la bondad de las autonomías territoriales, no se revelarán también falsos espejismos. Los hombres de todas las épocas se han creído sabios y justos, el tiempo ha demostrado que soñaban, eran simples ilusos.

martes, 3 de noviembre de 2009

La Inquisición del corazón

En una sociedad inquisitorial el alma individual carece de peso frente a la finalidad de un partido, del aparato estatal o, incluso, de las exigencias del espectáculo. Si el hombre no tuviese valor, ¿qué sentido tendría respetarle sus secretos? En cambio, desde el momento en que se reconoce que lo tiene tanto que es titular de un derecho a vivir con absoluta libertad, y que la organización de la sociedad debe ir encaminada a garantizarlo, estamos optando por un determinado tipo de colectividad que encuentra su último fundamento en el propio individuo, que es tanto como decir en su esencialidad. En la excelente obra de Arthur Koestler, El cero y el infinito, el comunista Rubachov le pregunta despreciativo a un oficial zarista ¿qué es la dignidad? Y la respuesta: “una cosa que la gente como tú no comprenderá jamás”.

Desde luego, nuestra actual sociedad mediática parece que no es capaz de hacerlo, la prueba es que la vida pública y el pensamiento han dejado de interesar. Lo único que importa son los recovecos más morbosos de la privacidad. Pero, si nuestra esfera íntima deja de estar amparada por el secreto, si todo el mundo, también los poderes públicos, pudiese conocerla, se llevaría a la perfección el 1984 de Orwell. Es decir, estaríamos ante una comunidad totalitaria, que, se lo propusiera conscientemente o no, sofocaría la libertad. El propio individuo dejaría de existir, pues el control mental eliminaría toda manifestación de diferencia.

El miedo a la sanción jurídica o moral, al simple desprecio de los demás, traería como consecuencia la búsqueda de la uniformidad. Una sociedad tan igualitaria que eliminase la personalidad no es una lejana posibilidad, al menos a nivel estético ha sido contemplada de manera bien brillante: Así, literariamente, Mr. Forster, alardeando de los avances en la ingeniería genética, señalaba que “ellos [los científicos] no se limitaban a incubar embriones…También predestinamos y condicionamos. Decantamos nuestros embriones como seres humanos socializados, como Alfas o Epsilones”. Desde el punto de vista de la eficacia, un universo de seres idénticos, genética o artificialmente programados, no dejaría de constituir una conquista, al menos para los partidarios de las máquinas, pues el pensamiento original implica sentido de la diferencia, por tanto posible oposición, que dificulta su rítmico funcionamiento.

Cuando han dejado de plantearse posibilidades de organizar la vida política, y los ciudadanos se apasionan exclusivamente por los defectos de los demás, la conclusión no puede ser más triste: nada puede cambiar, todos los hombres somos enfermos. Más valdría que el Estado, o los medios de comunicación, nos programaran iguales y tontos.