martes, 7 de octubre de 2008

La elección del constitucional

No ha sido infrecuente en la literatura jurídica preguntarse quiénes han sido los mejores jueces de de la historia norteamericana. Había mucho dónde elegir: John Marshall, Oliver Wendell Holmes, Benjamín Nathan Cardozo, James Kent…Todos ellos marcaron una espléndida época, la de la racionalidad en el Derecho. Y es que las elaboraciones de la Court Supreme de los Estados Unidos constituyen un magnífico ejemplo de cómo los tribunales pueden moldear una sociedad, Sus resoluciones transforman la realidad, la recrean a la medida de sus creencias. La belleza de sus planteamientos, incluso su perfección estilística, ha sido determinantes en la consolidación de sociedades libres y justas.

Los buenos jueces, en EEUU y en Europa, no sólo dominaban el Derecho, lo expresaban con tal claridad que los novelistas decían inspirarse en la lectura de sus sentencias: modelo de inteligencia y concisión. La leyenda, que siempre busca ejemplos hermosos, dice que la Comedia humana no hubiera sido posible sin ellas ¿Cómo encontrar personas así? En un primer momento se pensó que lo esencial era garantizar su honestidad, se planteaba como una cuestión moral. ¿Qué indivi¬duos estaban capacitados, por su bondad o sabidu¬ría, para impartir justicia?

Posteriormen¬te, el juicio moral se vio sustituido por el técnico. El conoci¬miento de la norma garantizaría la resolución del caso con arreglo a derecho. La eficacia de los tribunales, medida en términos de capacidad de sus miembros, es lo que les otorgaría el prestigio y credibilidad necesarios para su funcionamiento. Elegir a los Jueces se convertía así en un problema técnico, pues se trataba de buscar especialistas en derecho. Es verdad que aparecerán siempre factores ideológicos, y con mayor razón en un Tribunal como el Constitucional, en el que expresamente deben tenerse en cuenta pues el texto fundamental no puede entenderse sin un orden de valores.

Sin embargo, nadie con un mínimo de sensatez negará que lo decisivo debe ser el conocimiento. Hace bien pocos días en España las Asambleas Legislativas de las Comunidades Autónomas han procedido a presentar al Senado sus candidatos al Constitucional…Basta con leer sus nombres, se ha optado por hombres seguros y de fidelidad probada, su sabiduría no parece muy acreditada... Habría que recordar que Jean Cocteau afirmó que él no pertenecería a ningún partido porque correría el riesgo de perder su alma libre. A veces, los hombres así son necesarios, es su problema si la pierden, pero desde luego más valdría que se situaran lejos de la función de juzgar: sin imparcialidad no hay justicia.

martes, 30 de septiembre de 2008

El gran fraude

La civilización occidental, por lo menos a partir de la Revolución francesa, no podría entenderse sin la consagración de la libertad de expresión. Un “robusto y desinhibido debate”, en palabras del Tribunal Supremo norteamericano, será la condición necesaria para un pueblo libre. Su defensa vino rodeada además de estética, basta comprobar la forma en que lo hace Alexander Meiklejohn: “Cualesquiera que puedan ser las inmediatas ganancias y pérdidas, los peligros para nuestra seguridad provenientes de la represión política son siempre más grandes que los derivados de la libertad. La represión es siempre torpe. La libertad siempre sabia…”.

La censura resulta ineficaz, ¿para qué? No es necesario desechar ningún pensamiento, por malvado o incorrecto que pudiere parecer. Si se le somete a las leyes del mercado, que también rige en el terreno de las ideas, será éste el que terminará indicando cuáles son los que merecen rechazo social y no pueden mantenerse. Es muy simple: Mediante el intercambio de opiniones los hombres se proporcionan información y, al final, la verdad terminará por imponerse sobre el error. Una conclusión optimista, de orígenes claramente puritanos, que no puede sostenerse más que sobre la certeza de que Dios no abandonará a los suyos. Y es que el universo cristiano, su mundo de valores, ha impregnado la cultura occidental hasta en sus manifestaciones consideradas más laicas y de progreso. Sea como fuere, gracias a ello, la ciencia y la investigación están a punto de conquistar las estrellas. Ya no hay vuelta atrás, sería imposible por la multiplicidad de canales de comunicación.

Sin embargo, esas libertades han traído otras consecuencias no tan positivas: Como advertía Suart Milll, la disminución de la originalidad está siendo el resultado más claro del progreso. La pérdida de la individualidad no es más que la consecuencia de la imposibilidad de mantener reductos reservados, cerrados a la posibilidad de conocimiento. Lo que ocurra en la esfera pública, en la que se incluye todo lo que tenga interés por íntimo que pudiera ser, va a ser conocido por la ciudadanía. Y si antes podías terminar en la cárcel, lo que no dejaba de ser un honor, por tu heterodoxia, ahora el riesgo es mucho mayor: la exclusión social. Si hasta la forma de amar es condicionada por la televisión, dejarás de tener una existencia diferenciada. Para los puritanos el secreto era pecaminoso, y utilizando los argumentos del pensamiento liberal consiguieron sacarlo a la luz del sol. Pero si todos somos ya iguales, ¿para qué la libertad?

lunes, 22 de septiembre de 2008

El Partido único español

Los partidos nacieron como un instrumento para facilitar la expresión de las ideologías contendientes, hacer propaganda de las mismas y movilizar al electorado con el objetivo de conseguir la mayoría en las Cámaras. Constituyen un fenómeno de los siglos XIX y XX íntimamente ligado a sus convulsiones revolucionarias; empezaron a tener sentido cuando hubo lucha política que desarrollar. En Occidente puede decirse que ya no existen, salvo grupos marginales carentes de presencia real, cómo va a haberlos cuando la propia Unión Soviética ha claudicado. ¿Qué diferencia sustancial hay entre un socialista y un demócrata cristiano en Alemania, o entre un laborista y un conservador en Gran Bretaña?

Podría deducirse que estas organizaciones han retornado a su primitivo carácter de grupos dirigidos exclusivamente a la obtención de poder e influencia. Los partidos actuales se han hecho intercambiables, incluso en sociedades caracterizadas desde siempre por su radicalización. Así, en España sería lícito sospechar que el Partido Popular hace tiempo ya que se ha rendido. Se suele decir que éste es un país de izquierdas, y lo demostraría la dificultad que tienen las fuerzas denominadas conservadoras para conseguir el triunfo electoral. Curiosamente, la reacción del PP no ha sido nunca la de combatir esta tendencia, lo que ha hecho es intentar adaptarse a ella. Habrán pensado que si para ganar hay que ser más avanzados que nadie, y renegar de los “señoritos”, deben ser los primeros en hacerlo.

Da la impresión de que se parte del temor de que la mayoría del electorado rechaza a priori los planteamientos intelectuales de fondo que caracterizaban a un partido de derechas. En consecuencia, los argumentos considerados progresistas no se discuten; la crítica se limitaría a incidir sobre la eficacia o competencia de la gestión gubernamental. La ideología habría desaparecido, sólo existiría administración…Una paradoja cuando, de manera callada, sin estridencias y sin formularse teóricamente, estamos viviendo en Europa, en España también, una auténtica revolución cultural. Todo se esta transformando: el concepto tradicional de familia, las relaciones Iglesia-Estado, la supervivencia de la Nación, el papel de los extranjeros en las sociedades de acogida, las técnicas de representación…

No obstante, parece como si lo “políticamente correcto” impidiera formular alternativas. Como todo lo nuevo se reviste de etiquetas humanitarias, recibe en la práctica un consenso unánime.

Es evidente que el modelo económico no se pone en cuestión, el Estado del Bienestar representaría la síntesis final de una lucha de siglos dirigida a combinar propiedad con igualdad. Pero la política no es sólo economía, aunque así lo pretendiera el mecanicismo marxista. Sin embargo, si lo único que interesa es la conquista de parcelas de poder personal, lo prudente es no remover demasiado las cosas, tampoco a nivel ideológico. El PSOE se estaría así convirtiendo, dentro de un mismo partido de orden, en su ala alegre dirigida a obtener mayores grados de liberación personal, y el PP en la triste que, sin atreverse a negar las pretensiones de la otra, refunfuña un poco sin manifestar una contundente oposición. Puede ser peligroso negarle a la gente su parcela de diversión…

Es verdad que, a cambio de la conformidad, los partidarios de unas y otras formaciones suelen dedicarse al insulto y la descalificación, pero en España eso es completamente normal: nuestra tradicional falta de estilo cuando lo que está en juego es el interés y la vanidad. Prescindiendo de esto, al fin y al cabo una incidencia, la lucha ideológica puede considerarse finiquitada. ¿Quién sigue ya las sesiones parlamentarias o, incluso, las tertulias radiofónicas que tanta expectación levantaban hasta tiempos relativamente recientes? La política no interesa, es evidente, pero gran parte de la responsabilidad se encuentra en las propias formaciones partidarias, que eluden cualquier intento de contradicción del modelo social que entre todos vienen construyendo.

A lo mejor es que, sin que algunos nos hubiéramos dado cuenta, se habría alcanzado ya el denostado “fin de la historia”. Mal asunto sería, pues los que se opusieren, más pronto que tarde, se convertirían en simples enfermos, y la verdad ponerse en manos de un psiquiatra producto híbrido del PSOE y el PP se nos antoja escasamente deseable.




lunes, 8 de septiembre de 2008

Causa general

Por desgracia, en este país es muy difícil encontrar grandeza moral, por lo menos la que demostró Manuel Azaña cuando en discurso pronunciado el 18 de julio de 1938, es decir, en plena Guerra Civil, pidió a todos sus compatriotas que pensaran en los muertos: “que ya no tienen odio, ya no tienen rencor y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón". Quienes albergaban, en medio del fanatismo y el horror, sentimientos de esta índole no merecían haber perdido. En plena lucha, rodeados de odio y horror, eran todavía capaces de pedir perdón, quienes les derrotaron desde luego no.

Sin embargo, han pasado cerca de setenta años. Todo lo que ocurrió forma parte de la historia, y en ella los hombres constituyen simples accidentes de un entramado global, pues desgraciadamente su rostro se ha desvanecido. Prácticamente, no quedan ni verdugos ni víctimas, y en los excepcionales casos en que todavía pudieran determinarse ¿cómo podría intervenir el Derecho? No se trata ya de la necesidad de mantener garantías elementales de un Estado civilizado, como el instituto de la prescripción o el principio de legalidad penal, es que sería imposible el desarrollo de cualquier procedimiento jurídico cuando ha desaparecido la más mínima inmediación a los hechos. Ya no podría buscarse una verdad en derecho basada en pruebas susceptibles de ser constatadas más allá de toda duda razonable.

El juicio final sobre lo realmente ocurrido pertenece únicamente a la Historia, pero entonces ¿qué pretende Garzón con sus diligencias? No parece muy sensato llevar a los tribunales las contiendas ideológicas; sería absurdo confundir la responsabilidad moral o política con la jurídica, que sólo puede determinarse mediante técnicas de esa clase, depuradas a través de un trabajo de siglos. Todavía más disparatado sería convertir el proceso en un circo por la simple razón de que lo estaríamos dejando en manos de charlatanes. En este país siempre hemos sido muy dados a las ejecuciones públicas sancionadas por el sacrosanto dedo del Inquisidor, pero eso queda fuera del ordenamiento jurídico, al menos de uno que se pretenda mínimamente moderno.

A estas alturas, lo único que podría reconocerse, como ha señalado un conocido hispanista, es que a veces España sólo inspira vergüenza. Da la impresión de que en el fondo todos quisieron ir a la guerra. Muchos años después de la misma, el bondadoso cardenal Vicente Enrique y Tarancón recordaría: “Creo que llegamos todos a convencernos de que el problema no tenía solución sin un enfrentamiento en la calle. Durante meses creo que toda España estaba a la espera de lo que iba a ocurrir. Media España estaba contra la otra media, sin posibilidad de diálogo. Habían de ser las armas las que dijesen la última palabra…Lo cierto es –hay que confesarlo con honradez- que todos confiábamos entonces en la violencia y juzgábamos que ésta era indispensable, echando, claro está, la culpa a los otros”.

En cualquier caso, los republicanos que se opusieron al Alzamiento defendieron la separación de la Iglesia y el Estado, la esencial igualdad de los hombres así como un orden social justo que mejorase la suerte de la clase obrera y eliminase la miseria en el campo, la liberación de la mujer, la generalización de la cultura y la enseñanza y la identificación con los países más próximos de la Europa occidental. El discurso ideológico de los sublevados era, en cambio, exclusivamente defensivo: la conservación de la “España eterna”. A la altura del siglo XXI, ¿es posible dudar entre ambos modelos? Desde luego no, al menos desde la estética. En este aspecto, el de la belleza de las formas, los sublevados no pudieron competir jamás con los republicanos.

En el terreno de las palabras, la inteligencia y la sensibilidad, su victoria fue indudable. Sin embargo, perdieron la guerra, y muchos de ellos fueron objeto de crimen y persecución. Desgraciadamente, sus verdugos no fueron nunca castigados. Pero ya no es racionalmente posible que intervenga el derecho, dejemos todo, entonces, en manos del tranquilo trabajo de los investigadores. Parece, al menos, más sensato.










domingo, 2 de marzo de 2008

La Justicia en poder de los bárbaros

Una sociedad que se complace morbosamente en los aspectos más sórdidos de un delito está enferma, busca su diversión antes que la reparación del daño realizado.Todo lo que está ocurriendo últimamente en relación con la justicia inspira vergüenza. Así no se puede seguir, de ello son responsables no solamente los funcionarios judiciales que se equivocan y los políticos incapaces de asegurar su buena administración. La mala educación de la ciudadanía y unos medios de comunicación irresponsables contribuyen también, y lo hacen en buena medida. Las ejecuciones públicas, tan propias de la Edad Media, han reaparecido en Occidente. Parece que las hogueras en la plaza pública siguen conservando un enorme poder de seducción. Antes los pecadores estaban condenados a llevar los “sambenitos” impuestos por la Inquisición, ahora basta con someterlos al vigilante ojo de la prensa.

Decía W. Schivelbusch que “el miedo a ser derrotados y destruidos por hordas bárbaras es tan viejo como la historia de la civilización. Imágenes de desertización, de jardines saqueados por nómadas y de edificios en ruinas en los que pastan los rebaños son recurrentes en la literatura de la decadencia, desde la antigüedad hasta nuestros días”. La verdad es que no ha habido que esperar mucho, están ya aquí. Si hay algo que lo demuestra con evidencia es la generalización de la estupidez, lo que los antiguos llamaban las tinieblas, y sobre todo la crueldad.

En un fascinante trabajo, de muy reciente publicación en España, con el título “Los bárbaros. Ensayo sobre las mutaciones”, Alessandro Baricco coincide en que los mismos se han apoderado ya de nuestra civilización. No se trata de los viejos, y desde luego ya achacosos germanos situados en las fronteras del Imperio, tampoco de los integristas musulmanes del presente cuyo desprecio hacia la inmoralidad y “afeminamiento de Occidente” les puede haber impulsado a reducirnos al fin a cenizas. No, los bárbaros son ahora nuestras propias masas que decididas a ocupar todos los instrumentos de poder, aún los más prestigiosos, los vulgarizan mediante su comercialización y les hacen perder su esencia.

Poco a poco se van apoderando de las instituciones clave del aparato estatal. Ya lo han hecho en la Justicia, desde el momento en que sus decisiones dejan de estar en manos de los técnicos para confiarse al más “democrático” veredicto de las masas, lo que es tanto como decir de la televisión. El proceso penal fue concebido como una creación de la razón, nunca como un espectáculo teatral, pero la activa presencia de los medios de comunicación puede haber cambiado todo. Da la impresión de que el interés de la información de tribunales depende no tanto de la exacta reproducción de la realidad cuanto de su capacidad para suscitar la atención del público. Es verdad que los periodistas compiten en un mercado sujeto a estrictos criterios de audiencia, triunfando el que se lee y, sobre todo, el que se oye o ve más.

Pero el riesgo se encuentra, entonces, en la tentación de ofrecer los hechos en la forma más vendible, es decir, la más atractiva. Lo que ocurre es que, si lo admitimos, se estará dejando de informar. Además, la obsesión por vender degrada no sólo a los afectados por la noticia, sobre todo al público en general. Serán los aspectos más morbosos de la realidad los que inspiren interés. ¿Por qué los crímenes sexuales apasionan tanto? Probablemente habría que recurrir a Freud para explicarlo. Sin necesidad de hacerlo, es posible constatar que el hombre normal sigue todavía en el “estado de naturaleza”, es cruel y se regodea con la humillación de los culpables. Criticamos a algunos países islámicos por proceder a la decapitación, a veces ahorcamiento, público de los delincuentes. Nosotros hacemos lo mismo, sólo que en forma más sofisticada utilizando el Internet.

El mercado de la noticia se rige por criterios de simplificación. Lo que más vende es lo que se puede entender, por ello los matices tienden a disfrazarse o desaparecer. A la larga, quizá resulte mucho más interesante adornar la realidad que contarla. Pero, en ese caso, no se habrá entendido nada y todo marchará igual. Da la impresión, además, que de lo que se trata en este momento es de buscar a toda costa un culpable. Desde luego el que tiene todas las cartas es un determinado Juez, y a lo mejor lo merece. Pero es el sistema en su conjunto el que ha fallado. Y, sobre todo, lo que inspira pura y simplemente asco es que los tribunales se hayan convertido en un circo destinado a entontecer al público. ¡Siglos de lucha por la racionalidad en la justicia para llegar a esto!







martes, 17 de abril de 2007

El retorno de los brujos

A mediados de los años sesenta, apareció en las librerías europeas un espléndido relato de Pauwels y Bergier, “El retorno de los brujos”, que pretendía poner en cuestión una certeza de siglos: la de que el mundo era cognoscible mediante la ciencia. Nos enteramos así de que en la culta Alemania habían bastado los años del nazismo para sustituir un universo cultural que había llegado a su cénit con Kant y Hegel por otro, de carácter esotérico, en el que sólo lo irracional era creíble. No es ya que Himmler se dedicase a investigar sobre el Santo Grial por antiguas abadías españolas, todo el ideario nacionalsocialista pareció contagiarse de la locura.

Durante un tiempo, una extraña explicación del universo, la de Hans Horbiger, llegó a convertirse en artículo de fe en el cosmos germánico: la historia de la Tierra no podía comprenderse sin su relación con la Luna, mejor dicho, de las varías Lunas pues habrían existido muchas, cuerpos astrales captados por la fuerza de gravedad terráquea, girando en nuestro alrededor por los siglos de los siglos hasta colisionar. Cuando se produce el choque, el silencio se extiende hasta que un nuevo astro es atraído y el ciclo vuelve a comenzar. El devenir del hombre estaría ligado a este proceso, pues cuando la proximidad es más grande se desarrollarían civilizaciones de gigantes, la más alta expresión de la cultura y el refinamiento, conscientes de que el fin estaba próximo a llegar.

Habían bastado menos de veinte años para que un esfuerzo iniciado con Newton, Descartes y la racionalidad se borrase de las conciencias. Y millones de personas vivieron en un universo que no se movía con arreglo a criterios de carácter lógico. No podía ser más sorprendente si se tiene en cuenta que, desde hacía siglos, la dirección del pensamiento parecía marchar en sentido contrario. El esfuerzo de la Ilustración había perseguido desencantar un mundo que, hasta entonces, había estado lleno de mitos y brujas que campaban por el mundo con entera libertad. La Historia no era lineal, no existía el progreso pues todo se repetiría una y otra vez en forma cíclica por los tiempos de los tiempos.

La Revolución francesa destruyó a sangre y fuego la superstición y la magia: Todo era susceptible de explicarse de una manera mecánica pues la generalidad de la materia, también los individuos, puede ser entendida con arreglo a normas, a leyes matemáticas. Había grandes motivos para el optimismo, y efectivamente, a lo largo del siglo XX, la creación del Estado del Bienestar parecía a punto de conseguir el más bello sueño del Marqués de Condorcet, uno de los más brillantes revolucionarios girondinos: la inmortalidad. ¿O es que los avances en la lucha contra la enfermedad y la biotecnología no van encaminadas a ella? Lamentablemente, alcanzado todo esto, la civilización occidental aparece ahora infectada por un virus enormemente contagioso, que se ha dado en llamar posmodernidad. Da la impresión de que la locura vuelve a revivir.

No se trata de que Horbiger resurja acompañado de relatos fantásticos como el de Los Nibelungos. No, es algo distinto: los pensamientos fuertes, el marxismo el último de ellos, se han marchado para no volver. Ya no existe un método con arreglo al cual distinguir unos axiomas de otros, todo es posible, incluso lo más disparatado. Ciertamente, podría decirse que, al desaparecer los paradigmas, se ha ganado en libertad intelectual, extendiéndose la tolerancia con las ideas de los demás. Sin embargo, el fin de las certezas puede generar enormes peligros. Si ya no se sabe lo que es bueno o malo, justo o injusto, progresista o reaccionario, ¿cómo actuar?

En lo que respecta a la política, a la vida de la ciudad, el riesgo se encuentra entonces en plegarse a las reivindicaciones continuas de las masas como si hacerlo fuera señal de modernidad y liberalismo. Es muy sencillo, si de lo que se trata es de ocupar el poder, y cuanto más tiempo mejor, lo que se perseguirá es que la gente esté contenta. Los programas a largo plazo, sobre todo si implican sacrificios, desaparecen y el Estado se dedicará a proporcionar regalitos a sus súbditos: eliminación del servicio militar, declaraciones de paz perpetua, matrimonios de homosexuales… ¿Quién da más? Albert Camus había dicho que “los hombres mueren y no son felices”. La historia actual parece desmentirlo, la vida se ha convertido en una fiesta.

Merecería la pena, sin embargo, ser algo prudentes. No es la primera vez que esto ocurre, todos sabemos que en la antigua Roma el “pan y circo” fue el objetivo deseado por los gobernantes para sus relaciones con el pueblo. La tentación es clara: si el Estado es poderoso estará en condiciones de repartir dádivas, cuanto más mejor porque, entonces, ¿quién protestará? Pero cuando se elimina el sentido de la responsabilidad y la idea de sacrificio personal, la feria termina: los bárbaros están siempre cerca, al otro lado de la frontera.



sábado, 24 de marzo de 2007

La política de la popularidad


Decía Madame de Staël, en 1800, en “De la literatura y la sociedad” que “en un Estado democrático, hay que estar en guardia frente al deseo de popularidad porque te lleva a emular la conducta de los peores. Y pronto la gente empieza a pensar que es inútil -más aún todavía- peligroso mostrar una superioridad en exceso evidente sobre la multitud que quieres ganarte”. Por desgracia, en los tiempos actuales, el “populismo”, es decir, el deseo de obtener el aplauso de las masas por motivos fundamentalmente electorales, pero también de puro y estricto narcisismo, se ha convertido en una de las características definitorias de los regímenes occidentales, muy particularmente en España.

Lo que ocurre es que desde el momento en que se cae en esa tentación ya no podrá hablarse de política sino de otra cosa muy cercana a la demagogia, tan propia en Francia de Le Pen y en España de casi todos nuestros dirigentes, que desde luego no parece que se destaquen ni por su originalidad ni por su capacidad de defender cosas distintas a las que les marquen las reivindicaciones más inmediatas de los agitadores de turno. El mayor estadista del siglo XX español, D. Manuel Azaña, en medio de los desórdenes de la II República, supo ver los peligros de todo esto cuando en discurso pronunciado en Bilbao el día 21 de abril de 1934 advirtió que: “…es muy difícil sustraerse a la tentación de seguir la senda más fácil, la más cómoda, y de hacerse este raciocinio: esto halaga, esto me aplauden, esto gusta, esto voy a seguir haciendo cada vez más”.

La búsqueda obsesiva de la popularidad imposibilita la realización de programas políticos serios que requieren sacrificios cuya justificación supone educación, es decir, esfuerzo intelectual, inteligencia. Churchill no movilizó a los ingleses prometiéndoles regalos sin cuento, todo lo contrario les pronosticó: “sangre, sudor y lagrimas”, y le siguieron. En España, en cambio, exigencias de tal índole arrojarían a las tinieblas al imprudente que se atreviese a formularlas. Aquí lo que triunfa es lo frívolo, el esfuerzo de pensamiento está muy mal visto. Es mucho mejor que te vitoreen en los mítines por tus pretendidas cualidades progresistas, palabra mágica donde las haya, que suscitar un debate intelectual sobre cuestiones que puedan producir quebraderos de cabeza a un electorado al que hay que cuidar como a un tierno e indefenso niño.

Por otra parte, la necesidad de satisfacer las reclamaciones de los sectores sociales más vociferantes o reivindicativos, que pueden constituir plataformas de votos seguros para añadir a los ya consolidados, una de las principales características de una política populista, a veces da lugar a procesos imprevistos cuyas consecuencias van a ser difícilmente reparables si es que, cosa extraña, quedara gente lo suficientemente responsable como para intentar remediar el desaguisado de turno. Con un ejemplo, nos basta: El Sahara. Repetir que constituye una de las mayores vergüenzas del Estado español en el siglo XX, o que dejamos abandonados a sus habitantes a merced de una potencia expansionista, su idea del “Gran Marruecos” es suficientemente reveladora, no sirve ya de nada, se ha dicho de todas las maneras.

En el fondo de la actitud gubernamental, se encuentra un miedo radical hacia el conflicto bélico. Suscitar problemas con Marruecos parece demasiado arriesgado: Ceuta y Melilla, una inmigración dirigida y descontrolada, el aumento del integrismo…Más vale dejarlo estar, sobre todo si se parte de la idea de que el electorado es esencialmente pacifista, no quiere líos, prefiere el amor a la guerra.. En consecuencia, se utilizarán frases rimbombantes para subrayar la necesidad de fomentar las buenas relaciones con el vecino del sur, intentando salvar las contradicciones de nuestra política con una verborrea sin sentido impropia de una política seria.

La realidad es la realidad: somos uno de los pocos países de la civilizada Europa, si no el único, que al llegar la descolonización regalamos un territorio, para mayor escarnio provincia nuestra, a un vecino que, según el Tribunal Internacional de la Haya, carecía de género alguno de derechos sobre el mismo. ¡Pura y simplemente un escándalo! Y para colmo lo único que conseguimos a la larga es aumentar los peligros de confrontación exterior, pues con claudicaciones de esa clase lo que hacemos es fortalecer a un Estado que puede deslizarse fácilmente los próximos años en los senderos de la yihad y el fanatismo. Todo ello en beneficio de una popularidad momentánea cercana a la pura y simple estupidez.