martes, 17 de abril de 2007

El retorno de los brujos

A mediados de los años sesenta, apareció en las librerías europeas un espléndido relato de Pauwels y Bergier, “El retorno de los brujos”, que pretendía poner en cuestión una certeza de siglos: la de que el mundo era cognoscible mediante la ciencia. Nos enteramos así de que en la culta Alemania habían bastado los años del nazismo para sustituir un universo cultural que había llegado a su cénit con Kant y Hegel por otro, de carácter esotérico, en el que sólo lo irracional era creíble. No es ya que Himmler se dedicase a investigar sobre el Santo Grial por antiguas abadías españolas, todo el ideario nacionalsocialista pareció contagiarse de la locura.

Durante un tiempo, una extraña explicación del universo, la de Hans Horbiger, llegó a convertirse en artículo de fe en el cosmos germánico: la historia de la Tierra no podía comprenderse sin su relación con la Luna, mejor dicho, de las varías Lunas pues habrían existido muchas, cuerpos astrales captados por la fuerza de gravedad terráquea, girando en nuestro alrededor por los siglos de los siglos hasta colisionar. Cuando se produce el choque, el silencio se extiende hasta que un nuevo astro es atraído y el ciclo vuelve a comenzar. El devenir del hombre estaría ligado a este proceso, pues cuando la proximidad es más grande se desarrollarían civilizaciones de gigantes, la más alta expresión de la cultura y el refinamiento, conscientes de que el fin estaba próximo a llegar.

Habían bastado menos de veinte años para que un esfuerzo iniciado con Newton, Descartes y la racionalidad se borrase de las conciencias. Y millones de personas vivieron en un universo que no se movía con arreglo a criterios de carácter lógico. No podía ser más sorprendente si se tiene en cuenta que, desde hacía siglos, la dirección del pensamiento parecía marchar en sentido contrario. El esfuerzo de la Ilustración había perseguido desencantar un mundo que, hasta entonces, había estado lleno de mitos y brujas que campaban por el mundo con entera libertad. La Historia no era lineal, no existía el progreso pues todo se repetiría una y otra vez en forma cíclica por los tiempos de los tiempos.

La Revolución francesa destruyó a sangre y fuego la superstición y la magia: Todo era susceptible de explicarse de una manera mecánica pues la generalidad de la materia, también los individuos, puede ser entendida con arreglo a normas, a leyes matemáticas. Había grandes motivos para el optimismo, y efectivamente, a lo largo del siglo XX, la creación del Estado del Bienestar parecía a punto de conseguir el más bello sueño del Marqués de Condorcet, uno de los más brillantes revolucionarios girondinos: la inmortalidad. ¿O es que los avances en la lucha contra la enfermedad y la biotecnología no van encaminadas a ella? Lamentablemente, alcanzado todo esto, la civilización occidental aparece ahora infectada por un virus enormemente contagioso, que se ha dado en llamar posmodernidad. Da la impresión de que la locura vuelve a revivir.

No se trata de que Horbiger resurja acompañado de relatos fantásticos como el de Los Nibelungos. No, es algo distinto: los pensamientos fuertes, el marxismo el último de ellos, se han marchado para no volver. Ya no existe un método con arreglo al cual distinguir unos axiomas de otros, todo es posible, incluso lo más disparatado. Ciertamente, podría decirse que, al desaparecer los paradigmas, se ha ganado en libertad intelectual, extendiéndose la tolerancia con las ideas de los demás. Sin embargo, el fin de las certezas puede generar enormes peligros. Si ya no se sabe lo que es bueno o malo, justo o injusto, progresista o reaccionario, ¿cómo actuar?

En lo que respecta a la política, a la vida de la ciudad, el riesgo se encuentra entonces en plegarse a las reivindicaciones continuas de las masas como si hacerlo fuera señal de modernidad y liberalismo. Es muy sencillo, si de lo que se trata es de ocupar el poder, y cuanto más tiempo mejor, lo que se perseguirá es que la gente esté contenta. Los programas a largo plazo, sobre todo si implican sacrificios, desaparecen y el Estado se dedicará a proporcionar regalitos a sus súbditos: eliminación del servicio militar, declaraciones de paz perpetua, matrimonios de homosexuales… ¿Quién da más? Albert Camus había dicho que “los hombres mueren y no son felices”. La historia actual parece desmentirlo, la vida se ha convertido en una fiesta.

Merecería la pena, sin embargo, ser algo prudentes. No es la primera vez que esto ocurre, todos sabemos que en la antigua Roma el “pan y circo” fue el objetivo deseado por los gobernantes para sus relaciones con el pueblo. La tentación es clara: si el Estado es poderoso estará en condiciones de repartir dádivas, cuanto más mejor porque, entonces, ¿quién protestará? Pero cuando se elimina el sentido de la responsabilidad y la idea de sacrificio personal, la feria termina: los bárbaros están siempre cerca, al otro lado de la frontera.



sábado, 24 de marzo de 2007

La política de la popularidad


Decía Madame de Staël, en 1800, en “De la literatura y la sociedad” que “en un Estado democrático, hay que estar en guardia frente al deseo de popularidad porque te lleva a emular la conducta de los peores. Y pronto la gente empieza a pensar que es inútil -más aún todavía- peligroso mostrar una superioridad en exceso evidente sobre la multitud que quieres ganarte”. Por desgracia, en los tiempos actuales, el “populismo”, es decir, el deseo de obtener el aplauso de las masas por motivos fundamentalmente electorales, pero también de puro y estricto narcisismo, se ha convertido en una de las características definitorias de los regímenes occidentales, muy particularmente en España.

Lo que ocurre es que desde el momento en que se cae en esa tentación ya no podrá hablarse de política sino de otra cosa muy cercana a la demagogia, tan propia en Francia de Le Pen y en España de casi todos nuestros dirigentes, que desde luego no parece que se destaquen ni por su originalidad ni por su capacidad de defender cosas distintas a las que les marquen las reivindicaciones más inmediatas de los agitadores de turno. El mayor estadista del siglo XX español, D. Manuel Azaña, en medio de los desórdenes de la II República, supo ver los peligros de todo esto cuando en discurso pronunciado en Bilbao el día 21 de abril de 1934 advirtió que: “…es muy difícil sustraerse a la tentación de seguir la senda más fácil, la más cómoda, y de hacerse este raciocinio: esto halaga, esto me aplauden, esto gusta, esto voy a seguir haciendo cada vez más”.

La búsqueda obsesiva de la popularidad imposibilita la realización de programas políticos serios que requieren sacrificios cuya justificación supone educación, es decir, esfuerzo intelectual, inteligencia. Churchill no movilizó a los ingleses prometiéndoles regalos sin cuento, todo lo contrario les pronosticó: “sangre, sudor y lagrimas”, y le siguieron. En España, en cambio, exigencias de tal índole arrojarían a las tinieblas al imprudente que se atreviese a formularlas. Aquí lo que triunfa es lo frívolo, el esfuerzo de pensamiento está muy mal visto. Es mucho mejor que te vitoreen en los mítines por tus pretendidas cualidades progresistas, palabra mágica donde las haya, que suscitar un debate intelectual sobre cuestiones que puedan producir quebraderos de cabeza a un electorado al que hay que cuidar como a un tierno e indefenso niño.

Por otra parte, la necesidad de satisfacer las reclamaciones de los sectores sociales más vociferantes o reivindicativos, que pueden constituir plataformas de votos seguros para añadir a los ya consolidados, una de las principales características de una política populista, a veces da lugar a procesos imprevistos cuyas consecuencias van a ser difícilmente reparables si es que, cosa extraña, quedara gente lo suficientemente responsable como para intentar remediar el desaguisado de turno. Con un ejemplo, nos basta: El Sahara. Repetir que constituye una de las mayores vergüenzas del Estado español en el siglo XX, o que dejamos abandonados a sus habitantes a merced de una potencia expansionista, su idea del “Gran Marruecos” es suficientemente reveladora, no sirve ya de nada, se ha dicho de todas las maneras.

En el fondo de la actitud gubernamental, se encuentra un miedo radical hacia el conflicto bélico. Suscitar problemas con Marruecos parece demasiado arriesgado: Ceuta y Melilla, una inmigración dirigida y descontrolada, el aumento del integrismo…Más vale dejarlo estar, sobre todo si se parte de la idea de que el electorado es esencialmente pacifista, no quiere líos, prefiere el amor a la guerra.. En consecuencia, se utilizarán frases rimbombantes para subrayar la necesidad de fomentar las buenas relaciones con el vecino del sur, intentando salvar las contradicciones de nuestra política con una verborrea sin sentido impropia de una política seria.

La realidad es la realidad: somos uno de los pocos países de la civilizada Europa, si no el único, que al llegar la descolonización regalamos un territorio, para mayor escarnio provincia nuestra, a un vecino que, según el Tribunal Internacional de la Haya, carecía de género alguno de derechos sobre el mismo. ¡Pura y simplemente un escándalo! Y para colmo lo único que conseguimos a la larga es aumentar los peligros de confrontación exterior, pues con claudicaciones de esa clase lo que hacemos es fortalecer a un Estado que puede deslizarse fácilmente los próximos años en los senderos de la yihad y el fanatismo. Todo ello en beneficio de una popularidad momentánea cercana a la pura y simple estupidez.



















domingo, 25 de febrero de 2007

¿Merecía la pena?

Decíamos hace bien pocos días en El Mundo que el sentimiento nacional constituye una creencia que se desarrolla en el tiempo, a través de un proceso íntimamente ligado con la psicología colectiva. Y nos preguntábamos que pasaría ¿si no surgiese en forma natural, si hubiese sido creado artificialmente por una clase política deseosa de aumentar sus niveles de poder o influencia? En Andalucía la afluencia a las urnas el pasado día dieciocho ha sido bastante menor del cuarenta por ciento y el voto afirmativo roza ligeramente el treinta del censo electoral. Desde un punto de vista legal, no cabe realizar objeción alguna a la legitimidad del nuevo Estatuto. A conclusión bien distinta habría que llegar si examináramos la cuestión en el terreno político.

¿De verdad el pueblo andaluz ha respondido favorablemente a la consulta? No basta con decir que los votos positivos se han acercado al noventa por ciento de los emitidos, lo que sería contundente, porque lo que realmente cuenta es que, aún así, suponen una pequeña minoría. Y un demócrata no puede permanecer impasible ante una abstención generalizada, que viene a poner de relieve que algo importante ha fallado. ¿Y si fueran los propios políticos? La verdad es que los partidos se han embarcado desde hace varios años en una cuestión que cuando se inició la transición afectaba exclusivamente a las naciones históricas del Estado español: Euskadi, Cataluña y Galicia.

Basta con conocer, un poco al menos, la historia del siglo XIX y de los comienzos del XX, para darse cuenta que en ellas, sobre todo en las dos primeras, existía un real problema nacional que el retorno del sistema democrático exigía resolver. Lo que se hizo entonces, probablemente más para mal que para bien, fue extenderlo mediante el denominado “café para todos”. Bien es cierto que, sobre todo desde la izquierda, se pretendía fomentar la participación, acercando el poder a los ciudadanos sin que ello viniera a implicar conciencia nacional de clase alguna. Por otra parte, la generalización autonómica tenía también una fuerte carga política en cuanto servía para debilitar los restos de un franquismo todavía fuertes en los ámbitos provincial y municipal.

Si las cosas hubieran quedado así, es decir, si las autonomías se hubieran limitado a profundizar la calidad de nuestra democracia probablemente todo hubiera sido distinto. Pero hacer eso hubiera implicado una madurez política que se ha demostrado no tener. Todo lo contrario, nos hemos deslizado por la pendiente del populismo, una manera de enfrentarse al electorado propia del peronismo, de Poujade y, en general, de quienes son incapaces de ofrecer alternativas ideológicas y se dedican a algo mucho más fácil, pero también extremadamente peligroso, el halago de los sentimientos más primitivos de las masas, la utilización de “agravios comparativos” entre comunidades y la creación de enemigos de la propia identidad: ¿Por qué Andalucía o Extremadura, o Alcorcón de los Ciruelos, va a ser menos que Cataluña? Hasta ahí podíamos llegar...

El nacionalismo ha sido siempre el instrumento ideal de los populistas, también por cierto de las personalidades totalitarias: ¿O es que Franco no lo era? Las masas, y no es necesario haber leído a Sigmund Freud o a Le Bon para saberlo, son enormemente primitivas, se mueven “por residuos ancestrales que constituyen el alma de la raza”: el terruño, la sangre, la familia. Una clase política cultivada, también decente, intentará alejarse de ellos, proponiendo ideas en vez de estereotipos. Sobre todo, cuando los mismos no estuvieran claramente fijados en el acervo mental de una comunidad. ¿O es que cabría afirmar en serio que, por ejemplo, en Andalucía o en La Rioja existía una conciencia nacional?

Desde luego todos son responsables. ¿Qué hace la derecha postulando un voto afirmativo cuando la generalidad de sus partidarios estaba convencida de lo contrario? No es posible seguir una consigna por miedo al fracaso o a la futura derrota electoral. Si lo haces, sembrarás entre los tuyos una desmoralización que sólo sirve para garantizar un papel de eterna oposición. Y la izquierda, sea cual fuere su calificativo, ¿desde cuando se ha vuelto nacionalista? No es necesario leer a Marx, bastaría con acudir a una de las más grandes novelas del siglo pasado, “Los Thibault”, para recordar que los partidos obreros se han caracterizado por todo lo contrario: la solidaridad y el internacionalismo. Por lo menos los andalucistas han sido coherentes...

Si nuestra clase política en lugar de atender a los problemas reales, y son muchos, que existen en España decide continuar con sus experimentos más valdría que nos declaráramos todos república independiente pero sin ellos. Llevaríamos hasta el final el más profundo sentimiento nacional, el de nuestra casa.




sábado, 3 de febrero de 2007

¿Es progresista la paridad?

Las ideas simples suelen ser peligrosas, entre otras razones, porque se extienden con facilidad y resultan difíciles de combatir. Actualmente, en nuestro universo político, se viene desarrollando una que tiene enorme fuerza: la de la democracia paritaria. Su explicación es bien clara, el sistema político occidental se habría construido sobre un modelo falso de representación, el del elector neutro, obviando la profunda diferencia entre hombre y mujer. Lo que conduce a la injusticia de que el sexo femenino, en la mayoría de los países más del 50% de la población, participe en las instituciones políticas, y singularmente en las Asambleas Legislativas, muy por debajo de su peso social.

La solución sería muy sencilla, bastaría con utilizar la legislación electoral para imponer en las listas de los partidos políticos la presencia igual de hombre y mujer, pues sólo cuando se consigue una representación equilibrada de género se llega a una auténtica democracia. Y así se ha hecho en más de una comunidad del estado español. Para los partidarios de tal idea, su planteamiento no podría ser más progresista con lo que inmediatamente arrojan a las tinieblas a todo lo que se les oponga. Curiosa paradoja esa del progreso desde el momento que su utilización puede servir para invalidar objeciones dotadas de racionalidad y sensatez.

A partir de la Ilustración, Occidente ha vivido bajo el dogma de que sobre el estado de la sociedad cabía adoptar dos posturas, perfectamente descritas por Hobsbawm: "la de quienes aceptaban el rumbo que el mundo seguía y la de quienes no lo aceptaban; en otras palabras, los que creían en el progreso y los otros". A las alturas del siglo XXI, tal pretensión se nos antoja esencialmente falsa si se tiene en cuenta la vocación de modernidad con que se presentaron los totalitarismos europeos. El progreso no es eterno ni indefinido, como creían los ilustrados, o al menos no han podido encontrarse pruebas evidentes de que lo sea. En consecuencia, una idea nueva es simplemente eso, nueva, lo que no evita que pueda ser considerada incorrecta, incluso pura y simplemente reaccionaria.

Es evidente que la mujer ha ocupado una posición subordinada en la vida privada, también en la pública, hasta tiempos bien recientes, lo que es radicalmente injusto. En la culta Suiza, por ejemplo, el reconocimiento del sufragio femenino no tuvo lugar hasta muy entrado el siglo XX. Sería lógico, por tanto, que en las sociedades más refinadas y sensibles, como pretenden serlo las occidentales, se acuda a medidas de discriminación positiva para remediar esa situación de inferioridad. No sería nada extraño, de hecho en un país tan liberal como los Estados Unidos se utilizaron técnicas de esa clase con el objetivo de eliminar la segregación de la población de color. Así, la obligatoriedad de respetar cuotas electorales para fomentar la participación política de la mujer podría ser positiva siempre que se concibiese con un carácter temporal.

Cosa bien distinta significaría cambiar por las buenas de sistema político. La civilización occidental ha construido un modelo de representación basado en la radical igualdad de todos los seres humanos con independencia de cualquier circunstancia personal o social. Se trataba de superar la concepción feudal que prescindía del individuo para tener en cuenta el orden, la clase o la corporación a la que pertenecía. La Revolución francesa consagró la idea de que “todos los ciudadanos pueden ejercer toda clase de funciones, sin más distinción que la de las virtudes y el talento”, antes no hubiera sido posible desde el momento en que el destino quedaba determinado por el origen de generación en generación.

Vivimos en una sociedad política cuyos principios quedaron establecidos hace ya doscientos años. Entre ellos, el de que entre el hombre y la mujer no existían diferencias puesto que ambos eran capaces de utilizar el instrumento que distingue a todos los seres humanos sin excepción: el racional. De buenas a primeras tal idea se pretende obsoleta, y el sexo se convierte de nuevo en marca de referencia. No deja de ser peligroso tal intento, ¿por qué los musulmanes, cerca del 10% del electorado en Francia, no podrían entonces sostener que la religión es el único factor real de distinción? Después, podrían venir los enfermos y las minorías raciales y así hasta el infinito. Entre unas cosas y otras, al final nos cargaríamos el sistema parlamentario, en forma eso sí perfectamente progresista.

La verdad es que la vuelta a regímenes corporativos no nos parece demasiado sugerente.


sábado, 23 de diciembre de 2006

Memoria histórica a destiempo

El 25 de abril de 1974 cuando los portugueses liquidaron su dictadura, los miembros de la PIDE, la siniestra policía política, fueron perseguidos en las calles y conducidos a los mismos calabozos en los que, durante años, habían sido torturados los militantes de la resistencia. No puede haber símbolo mejor de la caída de un régimen que el que los verdugos sean detenidos por sus víctimas. Se trata de una catarsis; mediante un acto violento pero sustancialmente justo se rompen definitivamente las amarras con el pasado. A partir de ese momento, ya no puede hablarse de reivindicación de una memoria histórica que ha sido llevada hasta sus últimos extremos: ¿cabría hacerlo en Italia una vez que Mussolini y Claretta Petacci fueron ejecutados y sometidos a la indignidad de sus cadáveres colgados boca abajo en público?

En España no hubo ningún tipo de reparación, y las víctimas del franquismo tuvieron que seguir conviviendo con sus represores. Será todo lo triste que se quiera, pero la transición no hubiera sido posible sobre bases distintas a las del olvido colectivo: ¿o era lógico meter en la cárcel a la mitad de una población que tan cómodamente convivió con la Dictadura? No sólo eso, la sublevación de 1936 no fue un golpe de estado, fue una guerra civil en la que unos españoles mataron a otros con una crueldad que sólo se ha visto reproducida en Europa en las recientes guerras de los Balcanes. Tan bestias fueron unos como otros, aunque, en mi opinión al menos, los que se levantaron contra la República en general lo fueron bastante más.

Personalmente, en el año 1977, cuando se celebraron las primeras elecciones democráticas, me hubiera alegrado enormemente ver detener a los responsables de las muertes de Enrique Ruano o a los siniestros miembros de la Brigada de Investigación Social cuyos nombres resulta muy difícil olvidar. No fue posible, ¿qué sentido tiene ahora remover las cosas? Lo triste de todo este debate es que, como casi siempre en nuestro país, se prescinde de una serie de datos obvios, que además no se analizan correctamente:

Primero.- Las víctimas del franquismo tienen todo el derecho histórico del mundo a la reivindicación de su buen nombre y a la proclamación de su inocencia.

Segundo.- No puede haber tampoco ninguna duda de que sus familiares deben ser protegidos, en los concretos casos en que deseen conocer su paradero y las circunstancias en que fueron represaliados.

Tercero.-El análisis de la verdadera realidad de los hechos históricos por medio de estudios, ensayos y todo género de publicaciones científicas constituye también una elemental obligación de cualquier pueblo culto.

Cuarto.- La revisión jurisdiccional de las condenas impuestas por los tribunales del régimen anterior es posible en la misma medida en que nuestro ordenamiento jurídico lo permita,

Todo lo anterior es elemental, y nadie puede dudarlo. Como tampoco que sería disparatado, en cambio, que a la altura del siglo XXI se intentase un proceso de revancha contra los vencedores en la guerra. Pura y simplemente porque han muerto, ya no existen y sus hijos no llevan género alguno de estigma, sería inmoral además que lo tuviesen. ¿O es que vamos a buscar responsables imaginarios de carácter colectivo? ¿Lo son actualmente los miembros del PP? Es evidente que no, y no sólo porque muchos antiguos demócratas militen en sus filas, sino porque habría que remontarse al inicio de los tiempos para que los crímenes individuales manchasen a las generaciones sucesivas por la eternidad de los siglos.

La guerra ha terminado y, como espléndidamente dijera Manuel Azaña en discurso pronunciado en 1938, sus cadáveres ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y “con los destellos de su luz lejana y remota como la de una estrella nos musitan el mensaje de la patria eterna que pide a todos sus hijos: paz, piedad, perdón”. A lo mejor, ellos son capaces de pedirlo y los españoles actuales todavía no. Bastante torpes serían si fuere así, porque no hay nada más absurdo que inventarse problemas que el tiempo podía haber resuelto. Unos y otros, repito que bastante más los franquistas por el simple hecho de que carecieron de legitimidad, fuimos crueles y bárbaros, no tuvimos piedad. Parece que ya va siendo hora de terminar.




sábado, 9 de diciembre de 2006

La casa de muñecas de Marbella

Durante siglos, los seres humanos carecieron de algo semejante a un derecho a la intimidad, es decir, a un mundo personal cerrado al conocimiento de los demás. Poderosas razones psicológicas sirven para explicarlo: En primer lugar, en un mundo dedicado a Dios, se entendía que lo oculto era pecaminoso. Por otra parte, el campesino, que representaba a la inmensa mayoría de la población, era pobre y de una incultura próxima a lo primario. Podía decirse que no existía, pues nada de carácter intelectual le era propio, ¿cómo iba a reconocérsele algo semejante a un derecho a pensar o sentir con relevancia? Se trataba de seres que habitaban en inmundas covachuelas, cuyo único objetivo era subsistir y, mientras, servir a su señor. Su mundo propio no se consideraba merecedor de protección por el derecho.

Podría sostenerse que la intimidad pertenecía sólo a los poderosos. Pero, en el fondo, ni siquiera esto. La distribución de las fortalezas del medievo, después la de los palacios señoriales que reflejan el modo de vida de los grandes de la tierra hasta finales del siglo XVIII, no estaba destinada a preservar la de sus moradores. Observemos uno de los más representativos símbolos del absolutismo, Versalles. No existen pasillos, se carece de espacios reservados pues las estancias se suceden una tras la otra mostrando su grandeza sin tapujos. Es el centro de la Corte francesa que propiamente no vive allí, lo que hace es participar en una representación, la de su propia majestad. Se trata de un espectáculo en el que cada uno tiene un papel aprendido desde la cuna. Su misión era exhibirse, desempeñar adecuadamente una función que debía repetirse intacta desde el comienzo de los tiempos.

Durante mucho tiempo, el mundo fue una inmensa casa de muñecas en donde se danzaba, rezaba o moría de la manera que lo habían hecho los antepasados, pues la individualidad carecía de sentido. Las revoluciones burguesas establecieron, por fin, el derecho a la intimidad, que era tanto como reconocer el valor de una zona de nuestra personalidad caracterizada por el carácter libre de pensamientos y actos, que no queremos que sean conocidos porque son distintos a los de los demás. Las Declaraciones de Derechos de las colonias norteamericanas establecieron la búsqueda de la felicidad como el objetivo esencial de la vida política.

A partir de entonces, se distinguió perfectamente el mundo de lo público del de lo privado, que sería inaccesible a los demás en cuanto destinado a la realización personal. Todo el ordenamiento jurídico desplegaba sus efectos para la protección de esa esfera. Han pasado escasamente dos siglos, y la intimidad parece de nuevo encaminada a la desaparición aun cuando sólo fuere por la inexistencia de mecanismos adecuados para su salvaguarda. Da la impresión de que los medios de comunicación, el factor más fuerte de despersonalización en nuestra época, hubiesen llenado el mundo de nuevas casas de muñecas para representar distintas comedias, tristes algunas, otras alegres, destinadas a la distracción y al entontecimiento del público.

Desde luego, también las hay especialmente horteras como la que, al parecer, se ha creado en Marbella. Allí, el espectáculo ha estado bien servido. Un alcalde cincuentón que, desde el momento de su elección, se considera triunfador con derecho a proclamar musa de la ciudad a una cantante folklórica, a la que después hace su amante y la pasea a caballo por El Rocío, todo muy estético desde luego. Unos ediles que concebían la política como un instrumento para proporcionar regalitos a los ciudadanos a cambio, eso sí, de enriquecerse a costa del erario público, sin olvidar a unas cuantas vampiresas entradas en años que veían pasar bolsas de basura llenas de dinero como si fuera una cosa de todas los días.

Y todo ello, sin olvidar a una ciudadanía encantada de salir todos los días en los periódicos gritando ¡guapa, guapa! a la protagonista de turno, fuere cantante, política o, simplemente, tonta.

Julián Muñoz y demás compañeros podrán ser responsables jurídicamente de todo el desaguisado, los tribunales lo dirán. Pero, desde luego, difícilmente lo serán moralmente. Se han comportado como seres patéticos, niños con zapatos nuevos encantados de jugar a estadistas y héroes, y que sólo suscitan piedad. Se han creído la obra que estaban representando, cuyo guión desde luego no habían escrito. La única responsable es nuestra sociedad, que no puede vivir sin la correspondiente dosis de espectáculo y circo, y que ha olvidado no sólo lo que es la moralidad y la decencia, sino también el buen gusto.

Cuando las televisiones, el único instrumento de información que actualmente consumen las masas, se dedican día tras día a jalear este tipo de personajes como si fueran honorables y serios es evidente que no podía esperarse cosa distinta de la que finalmente ha ocurrido.












sábado, 4 de noviembre de 2006

Crueldad española

Michelet decía que España era “la tierra clásica de las hogueras". Y la verdad es que la visión extranjera de nuestro país se centró durante siglos en la idea de crueldad, lo que no era muy disparatado. A comienzos de los años 30, durante la II República, un viajero tan sensible como el inglés Henry Buckley no iba a dejar de asombrarse con la fiesta de los toros, las procesiones religiosas con toques que hacían pensar en prácticas propias del mundo musulmán, la grosería, la falta de higiene... Sobre todo, lo que le producía auténtico escándalo, dado sus profundos sentimientos religiosos, era el comportamiento de nuestro clero.

Como católico practicante, decía, “me molestaban esos monjes sin afeitar que, además, no hacían esfuerzo alguno por entender mi pobre español. Algo había en ello que chocaba con mi intolerancia anglosajona, que impedía conciliar un rostro seboso y mal afeitado, con un profundo sentimiento religioso”. Las clases cultivadas europeas hacía siglos que habían abandonado la rudeza. Pero no era sólo una cuestión de educación y de tiempo, para Pascal el pueblo español se caracterizaría esencialmente por su falta de piedad.

Una percepción de esta naturaleza no resulta nada descaminada, sobre todo si observamos la relación de nuestros conciudadanos con los adversarios políticos. Por ejemplo, hay una emisora de radio en la que diariamente un locutor se refiere a nuestro Presidente del Gobierno como, citamos textualmente, “ese indigente intelectual”. Y no es que nuestra opinión del señor Zapatero sea buena o mala, ésa no es la cuestión. Lo que es intolerable, por una simple cuestión de dignidad, y no sólo ni principalmente del afectado, es que se insulte impunemente a la máxima representación política de nuestro país. ¿Sería concebible en Francia?

Aquí no basta con vencer al adversario, lo que se persigue es eliminarlo. No es suficiente derrotarle en unas elecciones, si es posible se intentará también llevarlo a la cárcel. Lo que ha pasado con Aznar y Felipe González es bien significativo, y es que la falta de piedad se mezcla aquí con otro defecto bien español: la envidia. En España, destacar ha resultado siempre muy peligroso y a los que lo han hecho no se les ha honrado ni siquiera tras su muerte. En Francia, los restos de los grandes hombres tienen su refugio en el Panteón, en Inglaterra, en la Abadía de Westminster.

¿Y en España? La respuesta es bien triste: en el extranjero o desaparecidos.

A veces, el odio hacia el contrario es tan grande que imposibilita siquiera un debate ideológico. Bastaría con citar el caso de Euskadi donde definirse como españolista, independientemente de la adscripción popular o socialista, puede garantizar la más feroz de las persecuciones. Pero en el resto del Estado, por lo menos a nivel de medios de comunicación, la cuestión no es muy diferente y si no existe peligro alguno de conflicto civil, al menos por ahora, es sencillamente porque el bienestar económico de nuestra ciudadanía aleja los riesgos de una contienda.

¿Qué es lo que pasa? La verdad es que en la política española existe “un pecado original” muy difícil de superar: la forma en que se desarrolló la última contienda electoral. Acudir a las urnas en un clima próximo a la histeria, como consecuencia de las acusaciones masivas de fraude contra el Gobierno en funciones, impide desarrollar una política normal. Por ejemplo, cualquier mínima referencia a la participación del terrorismo etarra en los hechos del 11 de marzo es sentida como una infame conspiración, cuando en cualquier país serio se tomaría como parte de una indagación que, en su caso, llevaría a la práctica de diligencias de carácter policial o judicial, y ya está.

¿Por qué hay que tener miedo de la investigación? No se puede dejar la sensación de que hay temas intocables. Entre otras razones, porque ninguno lo es y el tiempo y la historia terminarán poniendo las cosas en su sitio. Mientras tanto, lo único que habría que pedir es un mínimo de piedad. Paul Preston decía que en la guerra civil existió una “tercera España” que desgraciadamente no pudo imponerse a la locura de sus compatriotas. Si hoy día existiera todavía, se caracterizaría simplemente por el respeto humano, la sensibilidad y la educación. Cosas que, desde luego, no tienen las otras dos