lunes, 7 de mayo de 2012
sábado, 28 de abril de 2012
¿Quién es Juan Carlos I?
Si un extranjero, no demasiado culto, preguntase quién
es Juan Carlos I, se le podría contestar que es el representante de una
dinastía cuyos miembros, salvo el dudoso caso de Carlos III, no han destacado,
al menos en España, ni por su sabiduría ni por su carácter democrático. Fernando
VII constituye el mejor ejemplo de un déspota cruel capaz de plegarse a un
invasor para luego jurar una constitución que no tenía ninguna intención de
cumplir. El recuerdo de todos ellos va unido al de la decadencia, no es su
culpa, pero la verdad es que cabría haberles pedido ciertas dosis de grandeza, que
no consiguieron manifestar. Sería una mezquindad responsabilizar de eso a nuestro rey, pero en
el análisis histórico es un dato que permanecerá.
En lo que a él respecta, puede pensarse que, junto a
D. Juan, protagonizó una especie de doble juego entre Franco y la oposición con
el único objetivo de alcanzar el poder. Y si fuera verdad que tuvo que decidirse
entre su padre y el dictador, no parece que merezca un juicio muy favorable
quien elige la segunda opción. Por otra parte, si el estilo es el hombre, ¿cómo
juzgar a una persona que acepta el proceso de Burgos, las condenas de 1975, o
la represión de miles de estudiantes y obreros demócratas sin un gesto de
protesta? Considerar que lo importante era la Corona no dice mucho sobre su
decencia y responsabilidad. Nicolás Salmerón renunció a la presidencia de la
primera república, como todo el mundo sabe, para no verse obligado a firmar
unas penas de muerte.
Pienso que todo esto es verdad, pero también lo es
que sin él no hubiera sido posible la democracia en España, que su rostro
derrocha bondad y que el golpe del 23 de febrero no hubiera sido desarticulado
sin su intervención. Sus características personales conectan demasiado bien con
las del pueblo español, que parece preferir sistemáticamente la gracia y la
campechanía a la cultura o la inteligencia. España es un país duro, en el que
la política se suele deslizar por los caminos del odio, la intolerancia y la
mala fe. Nada de esto puede predicarse de Juan Carlos, lo que ya es bastante.
Además, hemos contado con la ventaja de una reina que parece haber operado
sabiamente como elemento de control y estabilidad.
Por otra parte, estamos a punto de ser intervenidos económicamente,
el País Vasco y Cataluña, más pronto que tarde, nos plantearán un referéndum de
autodeterminación, y para colmo en cualquier momento Marruecos nos puede
suscitar un incidente internacional en relación con Melilla. Lo que se nos viene encima es de tal gravedad
que parece suicida enfrentarnos con un problema de abdicación. En el futuro ya
vendrá la República, ahora mejor no.
sábado, 14 de abril de 2012
Ingenuo Saint-Just
En las “danzas macabras”, que se convierten en uno de los temas artísticos más interesantes de la Edad Media, aunque sólo fuese por la realidad psicológica que expresan, la muerte sacaba a bailar a todos los personajes de la escala social. Su finalidad era moral, recordaban el fin de todas las ilusiones temporales: la belleza, la distinción, la sabiduría y el poder, no digamos la vanidad y la soberbia, terminaban en la pura y simple descomposición física. La vida era tan fugaz que en cualquier momento te podían invitar a danzar, sin que pudieras negarte. Mejor era no aspirar a nada, dedicándose a la oración y a prepararse para el buen morir, pues la vida inspira miedo. Con motivo de la epidemia de peste que azotó Londres en el año 1665, Daniel Defoe publicó un impactante Diario de la misma que todo el mundo debería leer.
Con la Ilustración todo cambió, y Saint-Just, de manera bien altanera, escribio que “la conquista de la felicidad era una idea nueva en Europa”. Los constituyentes franceses en distintos textos normativos proclamaron en forma solemnne que los hombres tienen unos derechos sagrados e inalienables cuales son vida, libertad y felicidad ¡Qué estupidez! No existen otros derechos que los que el sistema normativo esté en condiciones de ofrecer. ¿Y cómo se puede garantizar algo que depende del azar, de los accidentes de la naturaleza o de la pura y simple reserva de serotonina personal? Si nos lo creemos, y la gente termina por creerse cualquier cosa, generaciones de frustrados estarán buscando culpables de su desgracia por todas partes.
La felicidad ha llegado a constituir tal obsesión que internamos a nuestros abuelos en residencias, a los enfermos en hospitales alejados del centro, y a los muertos los llevamos a tanatorios para después incineralos como un mal sueño que hubo que pasar. Además, como niños mal criados, exigimos de los poderes públicos los más diversos regalitos, a todo creemos tener derecho sin ninguna responsabilidad. Y no nos damos cuenta que, como decía un relato medieval, en los cementerios los muertos les siguen gritando a los vivos: “Lo que sois lo fuimos nosotros, lo que somos ahora también vosotros lo llegaréis a ser”.
Es verdad, la ciencia y la cirugía cerebral están desarrollando tal tipo de avances que es posible que, en pocas generaciones, nos proporcionen al nacer la dosis de serotonina necesaria para superar cualquier adversidad. Y si falla, la intervención hospitaria podrá reparar cualquier accidente Entonces, el proceso evolutivo habrá dado lugar a una nueve especie, que ya no llorará y habrá superado el terror y la angustia personal. Pero no podrá hablarse de hombres sino de otra cosa, de hecho Francis Fukuyama ha pronosticado que la próxima revolución será biológica y química. Dios no pudo haber creado esto salvo que, como decían los ilustrados, se tratase de un perfecto y frío relojero. Perderemos a los poétas, suelen estar simpre tristes. ¿Será posible vivir sin Keats, Lord Byon o el mismo Becquer?
sábado, 24 de marzo de 2012
La elección del robot
El único problema filosófico verdaderamente serio no es el suicidio como brillantemente sostenía Albert Camus, en El mito de Sísifo, cuando afirmaba: "Juzgar si la vida vale o no la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía". La cuestión esencial es la que ha acompañado desde siempre al pensamiento, al menos desde Platón: ¿somos capaces de percibir la realidad o sólo sus sombras? Es muy probable que las ideas que constituyen el fundamento de nuestro mundo sean meros fantasmas inventados por la angustia. Pero aunque fuese así, y estuviésemos en una caverna, si no decidimos acabar con nosotros mismos la única posibilidad que tenemos de vivir es aceptar ficciones que den cierta realidad a nuestra existencia aunque fuesen falsas.
Una de esas ficciones es la de que, periódicamente, somos capaces de decidir en libertad a través de elecciones realizadas por sufragio universal. Es un paradigma que no cabe poner en discusión, pero ¿sigue siendo real? En la vida siempre es conveniente dudar, así se ha dicho, con estilo literario, que la historia puede dividirse en varias etapas: la de los Dioses dio paso a la de Dios, que se vio sustituido por el hombre, y después por el progreso que creó el robot, punto final en la historia de la evolución. ¿Los robots necesitan celebrar elecciones? Sólo si quisieran mantener apariencia humana, y soñar con su capacidad de opción. El sistema funcionaría mejor si se lo creyeran.
¿La humanidad actual ha entrado en la era del robot? Si lo que la caracteriza es la pérdida del sentido de la diferencia, la eliminación de la personalidad políticamente incorrecta, y el rechazo a la originalidad, sería posible responder afirmativamente. Los sistemas ideológicos han desaparecido, y el objetivo parece ser que toda la gente piense igual. Se ha dicho que contradecir la geometría supone negar abiertamente la verdad, y nuestro mundo parece querer organizarse en forma exacta, racional y calculada. Todo esto podrá ser muy perfecto, pero la verdad es que le falta poesía y, sobre todo, pura y simple sensibilidad. Es lógico, vivir apasionadamente ha sido siempre una de las características de los hombres libres.
Hay seres que no han conseguido la frialdad de las matemáticas pero tampoco son capaces de mantener la grandeza de la vieja y atormentada humanidad. Por ejemplo, en Andalucía, se celebran mañana elecciones y son tan cutres que la campaña se ha centrado exclusivamente en intentar determinar quiénes son más sinvergüenzas, los de la derecha o los de la izquierda. La robótica no ha llegado todavía aquí, pero la belleza desapareció para no volver. Hubo un tiempo en el que votar implicaba un sueño de libertad y transformación, ya no. Entonces, ganen unos o ganen otros, ¿qué más da?
sábado, 10 de marzo de 2012
Raskólnikov y los especialistas
Hace bien pocos días, al final de una charla en la Universidad, me atreví a preguntar a los alumnos, más de cincuenta, cuántos de ellos habían leído “Crimen y castigo” de Dostoievski. Para mi sorpresa resultó que ninguno. Cómo es posible que con los medios de hoy, muy superiores a los de nuestra época, y con un cuadro de profesores conocido por su excelencia, absolutamente nadie tuviera la más pajolera idea de quién podía ser Raskolnikov. Sus conversaciones con Porfiri Petróvich son alumbradoras para quien quiera conocer la mente criminal y las razones del delito, cien clases de filosofía del derecho no podrían sustituir su lectura. ¿Entonces?
La verdad es que estamos creando un universo de especialistas, la gente aspira a saber de lo suyo, ya sea el más eficaz método de cultivo de la remolacha temprana, las dificultades de pronunciación del chino mandarín, o los distintos preceptos que regulan el complejo mercado bursátil. Lo que está muy bien, pero ¿qué hacemos con la cultura? Por desgracia, para eso está hoy día Wikipedia. ¡Vaya por Dios! Aparte de que sigue conteniendo errores garrafales, y que jamás podrá compararse con el Espasa o la Enciclopedia británica, supone la aceptación de que la suma de conocimientos ya no tiene trascendencia: de manera peyorativa se la identifica con la memoria, que se considera un método de aprendizaje obsoleto y superado.
El hombre renacentista, que conocía de todo, porque todo le interesaba, se convierte en un ejemplar a punto de la extinción, ya no es necesario. Al paso que vamos, es muy posible que nos convirtamos en una eficiente máquina con alfas, betas y epsilones, cada uno de ellos con un específico papel que realizará a la perfección. Pero, ¿y si el sistema falla? ¿Cómo será posible repararlo si la gente ha dejado de conocer su finalidad? Se podría contestar que siempre quedarán los dueños del tinglado que, por la cuenta que les trae, ya encontrarán la solución. Es una conclusión bastante peligrosa, porque ¿cuáles serán sus intereses? Ingenuamente presumimos de vivir en una sociedad que ha profundizado al máximo en las libertades públicas cuando las personas incultas, por el hecho de su desconocimiento, carecen de real capacidad de opción.
“Sólo sé que no sé nada” decía Sócrates. El pobre tenía razón, si lo hubieran oído hoy le recomendarían que se apuntara inmediatamente a cualquier red social. Aparte de entretenerse con miles de cotilleos, se daría cuenta que, al final de nuestra historia, lo único que contaría sería la necedad. Podría también escuchar en la tele a Tomás Gómez, pero entonces a lo mejor le daba una crisis nerviosa.
sábado, 25 de febrero de 2012
Urdangarín en la jaula
Es evidente, si se demostrase cierta, que la conducta de Urdangarín en su empresa fue singularmente antiestética, cateta sin más; presumir de sus contactos con el Rey no parece muy elegante. Si constituye o no delito es una cuestión que dependerá de la calificación por los tribunales de justicia. ¿Por qué actuó así? Puede que por complejo, queriendo demostrar la propia valía. Tal vez por pura y simple codicia. Es posible, simplemente, que sea un niñato convencido de que todo se le perdonaría por ser el marido de Doña Cristina. Puede que por una suma de todas estas cosas y de otras más, incluso, si no es muy listo, cabe que fuera utilizado por alguno de los pícaros que se le arrimaron, lo que no sería nada extraño.
Siempre se ha dicho que la justicia deja de serlo cuando su reacción convierte al verdugo en víctima. Y la verdad es que, cuando se le ve corriendo por las calles como alma en pena ante la aparición de una cámara, cualquier persona sensible no puede por menos de sentir piedad, aun cuando sólo fuera por lo ridículo. El Tribunal Europeo de Derechos del Hombre tiene dicho hasta la saciedad que una persona desesperada plantea su defensa con una voluntad considerablemente disminuida. A Urdangarín lo ha apartado de la circulación, por conveniencia desgraciadamente lógica, su propia familia, está siendo objeto de escarnio por la “telebasura”, y no puede acercarse a un supermercado sin que le asalten por todos lados. El mundo entero presume su culpabilidad sin tener la menor idea del sumario. En estas condiciones, ¿cómo se defenderá?
Su situación me recuerda a la de la amiga o la mujer, no lo puedo precisar, de Roldán cuando compareció a declarar en el Juzgado. Rodeada por los medios de comunicación, no podía avanzar. Mientras la empujaban, y hacían fotos, fue sometida a las preguntas más hirientes que cabe imaginar. Su compañero podía ser un sinvergüenza, y así quedó para la historia, pero no es posible la vida en sociedad sin un mínimo de humanidad. Se tenga o no, presumimos de vivir en un Estado de Derecho. Es falso de toda falsedad, cuando la gente no puede desarrollar su defensa con tranquilidad es que han desaparecido las mínimas garantías.
Se dirá que Urdangarín es poderoso, y merece la crítica. Tampoco es verdad, desde que las acusaciones fueron filtradas, una enorme irregularidad, está en peor situación que el más humilde de los ciudadanos. En este país, singularmente cruel, muchos perseguidos fueron exhibidos en jaulas, caso de El Empecinado, hasta su ejecución. La humillación de los demás proporciona una enorme satisfacción a los ruines, les consuela de su propia inanidad. Son sádicos.
sábado, 11 de febrero de 2012
Después de los Dioses
El sacerdote egipcio Manetón nos dice: “Después de los dioses y los semidioses, viene la primera dinastía con ocho reyes. Menes fue el primero. Condujo a su ejército a través de la frontera y se ganó la gloria”. Como él, todos los faraones pretendieron vivir para la eternidad, y sólo dejaron un montón de piedras. A los dieciséis años mi padre me aconsejó que abordara el estudio del mundo clásico. No le hice caso, lo que me interesó entonces, y durante muchos años, fue la revolución francesa y la historia contemporánea. Un error, cuanto más te adentras en las raíces del tiempo más te das cuenta del carácter infantil de nuestra cultura. El sumerio Gilgamesh se consolaba diciendo: “Pero si caigo alcanzaré la fama. Y la fama será eterna”, ¡pobre iluso! Al final, a todos nos espera el polvo y el olvido.
Probablemente Herman Melville no había leído los clásicos, si lo hubiera hecho no se hubiera atrevido a decir que “nosotros los estadounidenses somos un pueblo singular y elegido, el Israel de nuestra época; Dios ha predestinado, y así lo espera la humanidad, grandes cosas de nuestra raza”. No existe ningún pueblo elegido, todos mueren. Se ha dicho que la civilización sigue una línea de este a oeste: Grecia, Roma, España, Gran Bretaña, los Estados Unidos… ¿Y ahora? Fue tan brillante la presidencia de Kennedy que en forma bien soberbia se habló de un nuevo Camelot con sus caballeros de la tabla redonda. Pero Lancelot murió, y los Estados Unidos experimentan ya la sombra de la decadencia.
Hace unos días se ha celebrado el congreso del PSOE y pronto tendrá lugar el del PP. Tanto Carmen Chacón como Rubalcaba se hartaron de afirmar que lo que estaba en juego era un debate de ideas. ¿Cuáles? ¿Se trató, por ejemplo, de la validez de los mecanismos actuales de representación política, o de la misma utilidad de los partidos? Por supuesto que no, ni siquiera de los problemas que nos va a plantear el futuro encaje de Cataluña o Euskadi en el estado español, lo que ya es el colmo. Se habló, eso sí, de renovación, pero los portavoces de una y otra candidatura son los mismos de generación en generación. ¿Entonces? Mucho me temo que algo similar pasará en el del PP.
Todo pasa, lo hacen las ideas y mucho más rápidamente los hombres Poco puede importar que la secretaría general de un partido político español, en los comienzos del siglo XXI, la ostente una persona u otra cuando todas parecen incapaces de abordar el problema central de nuestra época: la destrucción de un mundo conceptual que se inició con la revolución francesa y las declaraciones de independencia americanas. Los individuos son pura vanidad, sobre todo si no se dan cuenta del papel tan ridículo que juegan.
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