martes, 17 de agosto de 2010

Ritos presocráticos

En cierta ocasión, Querefonte se dirigió a Delfos para preguntar “si había algún hombre más sabio que Sócrates”, y le respondieron que nadie. Como el pensador estaba convencido de su ignorancia y limitaciones, comentó que lo que habría querido decir el oráculo era lo siguiente: “Hombres, aquel de vosotros que ha caído en la cuenta de que no vale nada en verdad en lo tocante a sabiduría, es el más sabio”. Y para despejar cualquier tipo de dudas, afirmó algo que se ha convertido en señal distintiva de la auténtica filosofía: “sólo sé que no sé nada”. En su momento, Descartes llegó a conclusiones muy semejantes cuando, hablando del conocimiento, señaló que: “de las diversas acciones y empresas de los hombres no hay casi ninguna que no me parezca vana e inútil”.

Somos vanos e inútiles, efectivamente, además desde un punto de vista estrictamente filosófico resulta muy difícil poder distinguir la vigilia del sueño, ¿cuando estamos realmente despiertos y cuando creemos que lo estamos? ¿Quién lo puede decir con seguridad? En este sentido, me gustaría recomendar la película “Origen” de reciente estreno; a pesar de aspectos burdamentemente comerciales incita a pensar. En España, en cambio, nuestros dignatarios se manifiestan muy seguros de sus acciones, por claramente irracionales y ridículas que puedan parecer, carecen de género alguno de angustia existencial.

Por ejemplo, en una Comunidad Autónoma, cuyo nombre es mejor reservarse, qué más da que sea la de Murcia, La Rioja u otra distinta, acostumbra a celebrarse al comienzo de todos los veranos un sacrificio propiciatorio a una especie de ídolo al que llaman “padre de la patria”. Una ceremonia tan respetable resulta más bien cómica pues, que se sepa, las patrias no tienen padre ni madre ni perro que les ladre, debe de tratarse de un nuevo descubrimiento. En dicho acto participan la totalidad de las fuerzas políticas con representación parlamentaria, que se dedican inveteradamente a reprocharse la mayor o menos entidad de la asistencia de unos y otros, lo que exhiben como muestra de su absoluta falta de conciencia nacional y de la perfidia de sus dirigentes. La impresión que dan no es seria, se asemeja a una farsa. A lo mejor, nada de lo que hacen es real y se trata de un sueño. Caso contrario, el absurdo superaría todos los límites.

Parece demencial que la izquierda se tome en serio este tipo de espectáculos, ¿no habíamos quedado en que el nacionalismo constituía una añagaza de la burguesía para ocultar los problemas de clase que existen en cualquier sociedad? ¿Y los conservadores? Alentar diferencias regionales no es propio de un partido prudente y de orden. Desde luego, a este país lo que va es la juerga, no la política.

martes, 10 de agosto de 2010

Problemas de bragueta


Somos herederos de un mundo de ilusiones que arranca en el siglo XVIII, y que aspiraba a conseguir la erradicación de las tinieblas. “Con el martillo y el cincel hemos construido catedrales, con el martillo y el cincel nos haremos constructores de hombres”, afirmaron los masones especulativos a partir de las Constituciones de Anderson en 1723. Pretendieron la creación de un hombre nuevo, cimentado sobre la estricta racionalidad. La época de las catedrales de piedra habría concluido ya, era el momento de que el Gran Arquitecto del Universo se preocupase de edificar otro templo, el de una sociedad destinada a realizar los ideales de libertad, igualdad y fraternidad. El ser humano estaría en condiciones de protagonizar un inmenso salto sobre el vacío siempre que se le proporcionara, a la manera de Goethe, luz y más luz, pues era su alma, su inteligencia, sobre la que había que trabajar.

Y, efectivamente, a todo lo largo de los siglos XIX y XX, la técnica ha transformado el mundo, lo ha hecho saltar en pedazos mediante un nuevo proceso de creación, basado en la utilización del método cartesiano, que es tanto como decir de la ciencia y la información. El futuro era nuestro, la historia parecía linealmente encaminada hacia el progreso, que implicaba la liberación de las irresistibles fuerzas de la naturaleza, así como de la miseria y la enfermedad. Al final del camino, como es bien conocido, la decepción se impuso: la Razón no condujo más que al “holocausto”, al totalitarismo igualitario soviético y a Chernobil. Bien; cabría pensar que la cuestión radica simplemente en ser más modestos: nada nos podrá traer el Paraíso, pero la combinación de racionalidad y prudencia podría permitirnos vivir sin demasiados sobresaltos. Las cosas parecen, sin embargo, más complicadas al menos en España.

La prensa nos ha comunicado que un militante de un partido regional ha afirmado, sin muestra alguna de pudor, que el dirigente de una formación rival “tenía problemas de bragueta”, lo que estaría condicionado su actuación; parece una broma pero no lo es, véase la edición de El Mundo de hace pocos días. ¡Vaya por Diós! tal género de problemas era hasta ahora desconocido en las esferas de la alta política, debe de tratarse de una peculiaridad española. La verdad es que la cuestión me ha inquietado en un terreno estrictamente intelectual porque si, como decían los hegelianos, la historia implica el paulátino desenvolvimiento de la oscuridad hacia la luz, ¿cómo calificamos este nuevo fenómeno, que parece capaz de condicionar las relaciones entre gobierno y oposición?

Ciertamente, los franceses, eran más finos, aconsejaban “cherchez la femme” a la hora de averiguar la causa última de los actos; pero cuando se trata de nuestra insípida política resulta más bien tonto e innecesario.

martes, 3 de agosto de 2010

Kant y los toros


Kant, al estudiar las carácterísticas nacionales, atribuyó a los españoles el espíritu de lo sublime, lo que no debe llevarnos a engaño. Puede incluir la belleza pero también la grandiosidad, la tragedia, incluso la crueldad. Lo que sí es cierto es que las cosas sublimes no son vulgares, no cabe permanecer indiferente ante ellas. Es evidente que los toros encajan perfectamente en esta descripción. Señalar que su prohibición en Cataluña obedece a mezquinas razones de índole nacionalista es una obviedad, que no oculta el problema de fondo: ¿es indigna la “fiesta” de un país civilizado? Desde el punto de vista educativo, mostrar a los niños, como si fuera normal, el espectáculo de un animal agonizante, que chorrea sangre y es herido repetidamente hasta morir no resulta edificante, puede llegar a influir en la propia manera de comportarse un pueblo, en su historia.

Es indudable que los toros encierran aspectos estéticos difíciles de igualar, basta con desplazarse a Sevilla en una buena tarde de Feria o considerar los matices intelectuales de que se rodea en Francia, mezclados con el culto solar. También que la cultura española no puede comprenderse sin ellos, la referencia a Picasso no pasaría de un tópico. Me gustaría recordar, sin embargo, que durante siglos, hasta el final del XIX, los “castrati” representaron la cima de la musicalidad, un espectáculo que aproximaba al extasis angelical, no en vano fueron muy apreciados en los círculos vaticanos, que sólo se podía mantener mediante la castración de niños al llegar a la pubertad. Hoy día nadie canta como ellos, y en la historia de la sensibilidad su desaparición constituye una pérdida, ¿podía mantenerse? Es verdad que ya no puede existir un Farinelli pero, si lo hubiera, probablemente no produciría más que horror.

Ciertamente, su prohibición en Cataluña es difícilmente explicable sin un trasfondo político: el rechazo de la identidad española. Su signicado era ya simbólico. Como en muchos otros lugares, basta con citar a Canarias, la asistencia a los toros era mínima. ¿No hubiera sido mejor esperar tranquilamente su extinción? Toda restricción de la libertad debe ser excepcional, sobre todo cuando lo que se quiere prohibir posee valores, aunque fueren meramente estéticos, dignos de consideración. Por otra parte, ¿qué necesidad había de causar un daño gratuito a la población de un Estado con la que llevas conviviendo centenares de años? Es una cuestión también de buen gusto y educación.

Kant distinguió la esencia de cada nacionalidad, pues todas tenían propia personalidad. En el futuro, no será posible hacerlo. Todos nos dedicaremos a cosas correctas, pensaremos igual y comeremos hamburguesas. Si no, nuestro destino será el psiquiátrico por malos.

martes, 27 de julio de 2010

Torpeza nacional

Si, como dicen los teóricos, la conciencia de Nación es subjetiva, habrá que concluir que actualmente Cataluña la tiene ya, por pocos efectos jurídicos que pueda tener esa calificación. No es ninguna novedad, desde Azaña se ha aceptado que España era un Estado plurinacional, y no constituía un demérito, todo lo contrario, potenciaba nuestra diversidad aunque obligaba a los estadistas, entonces claramente los había, a realizar un esfuerzo de arquitectura institucional para impedir la ingobernabilidad y la independencia. De repente, todo se ha ido al garete como consecuencia de un cúmulo de torpezas que cabe resumir en la siguiente forma:

Primero.-La de Pascual Maragall al pactar por ambición política, muy probablemente también personal, con un partido como Esquerra, de carácter abiertamente independentista, al objeto de alcanzar el poder.

Segundo.- La de nuestro Presidente del Gobierno al comprometerse a aceptar la reforma estatutaria que aprobase el Parlamento catalán. Si hubiese tenido mínimos conocimientos históricos, así como de teoría política, se habría dado cuenta de lo arriesgado de su proceder.

Tercero.- La de la clase política catalana, singularmente la nacionalista, que irresponsablemente conduce de manera demagógica a sus masas hacia un camino que se justifica esencialmente por razones de índole bien interesada: La independencia implicaría repartirse prebendas, gloria y cargos, que los oportunistas no suelen desdeñar.

Cuarto.- La de los españoles en su conjunto, singularmente sus dirigentes, que abordan el tema autonómico desde el agravio comparativo, las promesas irrealizables y la confrontación de comunidad a comunidad. Todos somos responsables por haber exacerbado unos sentimientos diferenciadores inexistentes en el año 1978.

Sea como fuere, ya nada tiene solución. Nos enfrentamos con un problema separatista, basta con leer diariamente La Vanguardia, que no cabe arreglar con paños calientes y la estupidez de la que tan frecuentemente hacemos gala. En mi opinión, ya no es posible salvar los muebles sin abordar en serio una reforma constitucional que plantee en todos sus términos el problema del norte, imposible de tratar en la misma forma que el andaluz o el canario. Siempre me he sentido españolista y, como tal, también catalán. Por tanto, acepto cualquier fórmula que mantenga la unión. Eso sí, con otros políticos.

martes, 20 de julio de 2010

Políticos cuánticos

Se dice que Einstein afirmó de manera enérgica que “Dios no juega a los dados”, rechazando las conclusiones de la física cuántica por introducir un factor de azar en el cosmos que lo hacía incomprensible. Sería absurdo pensar que somos fruto de la pura casualidad. El paso del tiempo no termina de darle la razón, todo lo contrario, no sabemos nada de un universo que parece existir y no existir al mismo tiempo, como si fuera un producto de la ciencia ficción. Sólo la teoría de las “supercuerdas”, tan apasionadamente descrita por Brian Greene, está en condiciones de llegar algo a captar, aunque sea a base de admitir dimensiones ocultas a la realidad, que el ojo humano no puede percibir.

No es difícil sacar la conclusión de que nuestro mundo es absurdo; algo loco también, lo que puede hacerlo más atractivo. Sin embargo, hay gente que no tiene dudas y se comporta con una aplastante seguridad. Por ejemplo, el día de la manifestación catalanista, un periódico tan serio y respetable como La Vanguardia se atrevió a titular su primera página, a grandes caracteres, con la palabra “provocación”. Se refería al hecho de que el Tribunal Constitucional hubiese publicado la sentencia completa sobre el Estatuto el día anterior, lo que constituiría una grave y humillante ofensa para todos los catalanes. ¿Deliran? ¿No son capaces de darse cuenta que cualquier tribunal está obligado a hacer conocer sus resoluciones a la partes y a los ciudadanos?

Cabe la posibilidad de que los españoles, incluidos desde luego los del norte, vivamos en una dimensión particularmente oscura, incluso tenebrosa, que ni siquiera los teóricos de las “supercuerdas” han llegado todavía a imaginar. Desde un espectro ideológico opuesto al de los nacionalistas, la percepción de las cosas empieza a sufrir también graves signos de distorsión. Así, un Partido que tuvo representantes de tanta categoría intelectual en Cataluña como Alejo Vidal-Quadras o Josep Piqué utilizan ahora a jóvenes en los inicios de su formación intelectual. ¿No se dan cuenta que la burguesía catalana destaca en España por su desarrollo y educación? Cómo se va a sentir representada por unos chicos, chicas también, a los que incluso se puede calificar prudentemente de un poco alocados.

Somos polvo de estrellas acostumbran a afirmar los románticos, un poco cursis, de la astronomía. Hay que reconocer que elevarse desde ese estado a la claridad de ideas constituye una labor singularmente difícil. En España hemos creado un Estado de la Autonomías pura y exclusivamente para eludir el problema catalán, y al final éste nos estalla. Zapatero quiere arreglarlo a base de chapuzas, cree que domina el azar cuántico, ¡siempre ha sido un soñador!

martes, 13 de julio de 2010

La destrucción del derecho



Hace pocos días, ha sido objeto de escandalizada crítica una sentencia judicial por la que se absolvía, por falta de pruebas, al acusado de un delito de “violencia de género”. Con indudable ligereza, el Juez ha sido tachado de falta de sensibilidad por no dar crédito a las palabras de la víctima. Tal actitud no ha motivado ninguna clase de reacción, cuando lo que refleja es el más absoluto desprecio a las reglas de derecho. Sobre ello, me gustaría indicar lo siguiente:

Primero.- El 17 de septiembre de 1793, en plena Revolución, fue aprobada la denominada “Ley de los Sospechosos”, propuesta por los radicales hebertistas, a la izquierda de Robespierre. Estaba inspirada en un discurso de Saint Just, bien expresivo: “Tienen ustedes que castigar no sólo a los traidores también a los indiferentes, tienen ustedes que castigar a todo aquel que sea pasivo en la República y que no haga nada por ella. No hacían falta pruebas, bastaba con una apariencia contrarrevolucionaria. Cualquier ciudadano se encontraba a merced del sectario de turno.

Segundo.- Paradójicamente, tal género de represión encontraba su antecedente en los totalitarismos clericales que en el mundo han sido. Su justificación era muy sencilla: el enemigo tiene un carácter infernal y es capaz de las más reprobables acciones, sería demasiado ingenuo permitirle obrar en libertad. Por otra parte, jamás habría que darle crédito pues, como la gente sabe, el Diablo es el padre de la mentira. Entonces, todo resulta legítimo, desde la tortura a la condena en la hoguera. Sería absurdo aceptar que el error gozara de los mismos derechos que la verdad. Un razonamiento de esta clase se puede invalidar con una sencilla pregunta: ¿quién está en condiciones de distinguir lo verdadero de lo falso? En la práctica, los intolerantes, los que creen que no existe más Justicia que la suya.

Tercero.- Los modernos Estados de Derecho parten de una convicción opuesta: la verdad es relativa, y encierra matices. Es mejor ser prudente y desarrollar hábitos de tolerancia y duda. En materia penal, dado lo que se pone en juego, será necesario respetar al máximo las garantías del acusado. Condenar por simples sospechas, y sin base suficiente, convierte a los ciudadanos en culpables a los que cabe llevar a la cárcel por los delirios y deseos de venganza de los sectarios de cada momento. Es posible que, al final, tengan razón pero los mentecatos que siempre han existido han estado tan convencidos de que obraban bien que han sido capaces de los mayores desatinos. A la vista de ello, por la cuenta que nos trae, será imprescindible reclamar un buen Juez, que decida sobre pruebas no contaminadas por los prejuicios de la pública opinión.

martes, 6 de julio de 2010

El peligro de las zorras


Hace pocos días un tertuliano televisivo llamó zorra a la Consejera de una Comunidad Autónoma. Poco después añadió que también era una guarra, probablemente para no dejar ninguna duda sobre su talento expresivo. En esto adoleció de falta de precisión, no es lo mismo zorra que guarra, y no parece muy conveniente llevar a confusión a la gente en materia tan relevante como el exacto género animal al que uno se pretende referir. En los años sesenta, los niños aprendíamos urbanidad y buenos modales; a la vista de lo anterior da la impresión de que los resultados de tal enseñanza han alcanzado escaso éxito. Cabe la duda, es cierto, de que el opinante tuviese razón, y los miembros de nuestros gobiernos hubieren empezado a andar a cuatro patas. Sería curioso aunque no demasiado sorprendente.

La capacidad de previsión de Orwell es digna de admiración, en su “Rebelión en la granja” adivinó que llegaría un día en el que los cerdos tomarían el poder. Desde luego, eran animales bien intelectuales pues actuaban inspirados en la ideología marxista, y aspiraban a conseguir una sociedad comunista que eliminase la opresión de los seres humanos. En España, al contrario, como la inteligencia ha sido siempre muy mal vista, nuestros guarros se limitan a hacer guarradas no sea que alguien les pueda imputar cualquier atisbo de disidencia ideológica. Es conveniente evitar problemas en materia tan peligrosa como la del pensamiento. Si hemos llegado a la cima de nuestra evolución no parece apropiado ir corriendo riesgos sin ton ni son.

Los que estaban evidentemente equivocados eran esos filósofos que pronosticaban un pretendido “fin de la historia”. Lo que realmente ha desaparecido para no volver, aparte del buen gusto, que va de suyo, es la idea misma de racionalidad en la vida pública. Nuestros políticos y creadores de opinión lo saben muy bien, la dictadura del voto les ha enseñado mucho. Se rumorea que este año en las escuelas de verano que organizan los partidos ha tenido un éxito loco de inscripción una ponencia de tan sugestivo título como “Lo exquisito del rebuzno”, aseguran que todos los aforos serán insuficientes.

Hegel de manera optimista señaló que el Estado no era otra cosa que “la realización del Espíritu en la historia”. El pobre no tuvo en cuenta que todo puede tener vuelta atrás. De hecho, se dice que prestigiosos antropólogos vienen observando en los últimos tiempos, entre nuestras masas y sobre todo en sus líderes, una extraña evolución que va desde el sapiens sapiens hasta el “homo erectus”. Menos mal, todavía no hemos llegado al “australopitecus afarensis”, pues entonces la diferencia con el eslabón perdido sería imperceptible.