martes, 16 de febrero de 2010

Las tribulaciones de Marichalar


Hace pocos días, la estatua de Marichalar ha sido arrojada del museo de cera, con luz y taquígrafos. Cabría pensar que resulta lógico, dado que ha perdido todo relieve institucional al dejar de formar parte de la familia real. Es posible, pero me gustaría preguntar, con toda la delicadeza necesaria, si era imprescindible llamar a tantos periodistas para inmortalizar la acción. Es más, ¿fue deliberado fotografiarlo en forma tan ridícula? Si lo fue, no sería sorprendente; es lo propio de un país caracterizado por su crueldad, y la humillación de los que, en un momento u otro, se quedan solos y desprotegidos. Distintos intelectuales extranjeros han coincidido en afirmar que carecemos de piedad, y no mienten.

Me gustaría saber también quién fue el responsable del museo que decidió convocar a los medios. ¿No podía haberse hecho en forma un poquito más discreta? No parece que hubiera inconveniente en aprovechar la noche o la prudencia de una puerta excusada, o posterior. Un primario defensor de las libertades expresivas contestaría que algo tan relevante exigía la necesaria publicidad. Pero, ¿qué interés tenía la expulsión del museo de la estatua de Marichalar? En mi opinión ninguno, salvo el de satisfacer las pulsiones más sádicas y burlescas de las masas, lo que no constituye auténtica información, no sirve para crear opinión pública, y en rigor tampoco es noticia salvo que se considere como tal el pitorreo vulgar.

Un lector poco avezado de la jurisprudencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos podría decirnos que el Duque de Lugo, dignidad que por cierto también le han quitado, es responsable de las consecuencias de sus actos. Al contraer matrimonio con un personaje público, debió ser consciente de que se hacía accesible a la prensa en tanto el ámbito de su intimidad iba a verse notablemente debilitado. La verdad es que habría que preguntarse qué ventajas ha obtenido el pobre Marichalar de emparentar con la familia real, y casarse con Doña Elena. Es una cuestión subjetiva, a lo mejor su ego se vio reforzado a raíz del matrimonio. Es posible, pero lo cierto es que desde que tuvo el accidente vascular su figura ha sido siempre presentada en forma bien patética.

Le quitan de las fotografías oficiales, como hacían con Trotsky, le privan de su ducado, y terminan expulsándolo con rechifla y regodeo de un museo de cera. Más le valdría andarse con cuidado, porque a este paso decidirán tirarlo a los leones. Eso sí, como somos bien demócratas, todos los medios de comunicación serán convocados previamente al circo. ¿Por qué no se casaría con una simple licenciada en exactas? Aunque sin título y sin consejos de administración, que al final también perderá, hubiera vivido más tranquilo.

martes, 9 de febrero de 2010

La historia de los vencedores


Siempre se ha dicho que la historia la escriben los vencedores, pero es algo más: reinterpretan los hechos de una manera que no pueden ser explicados sin su victoria. Por ejemplo, el universo que creamos los hispanos en los siglos XVI y XVII, y que logró defenderse a todo lo largo del XVIII, fue arrojado a las cavernas no sólo por una eficaz propaganda, la “leyenda negra”, tan excelentemente estudiada por Julián Juderías, o recientemente por Joseph Pérez, sino porque a partir de entonces el mundo no pudo entenderse en forma distinta a la de la separación entre la Iglesia y el Estado, el espíritu de empresa, la tolerancia y la libertad de los pueblos. Las potencias protestantes crearon un marco ideológico que carecía de intersticios, y España quedó situada fuera del mismo.

Desde ese momento, la única opción que nos quedaba era la puramente defensiva: si habíamos aniquilado a los indios, los ingleses también lo habrían hecho, y aún más cruelmente. Si expulsamos a los judíos en 1492, los franceses habrían actuado en la misma forma sólo que un siglo antes, cuando todavía no existía la imprenta; y aun aceptando que la Inquisición se hubiese comportado en forma represiva, al menos no habríamos desarrollado las quemas de brujas que proliferaron en el centro de Europa por caminos y aldeas. Sin embargo, de haber triunfado los españoles, nuestros enemigos hubieran sido descritos como simples rebeldes, piratas y herejes, que pretendían sabotear la idea de un Imperio al servicio de la cristiandad. Ellos habrían sido los malos y nosotros los buenos, y hubiera podido ocurrir porque la historia no está prefijada de una vez y para siempre, todo es posible.

Realicemos entonces un juego, avancemos en el tiempo hasta el año 2004. ¿Qué hubiera pasado si las elecciones las hubiera ganado el PP? Entre otras cosas, una segura: Los atentados del 11 de marzo hubieran sido interpretados en forma radicalmente distinta a la que se ha venido haciendo desde los círculos del poder. Se nos podría decir que si hubieran mantenido la imputación de ETA, la falsedad habría sido tarde o temprano descubierta. No se trata de eso, sería muy burdo. El problema está en que, aceptando, el origen islamista de las bombas, las conclusiones a las que hubieran llegado serían completamente distintas. Y no mentirían, o lo harían en la misma medida en que lo hace el PSOE.

Los hechos son siempre tan complejos que cualquier narración a posteriori es siempre interesada y parcial, falsa por tanto. Los científicos lo saben, en tanto que los políticos, por lo menos los actuales, simplifican por razones de propaganda, que es tanto como decir pura y simplemente electorales. Lo malo es que a veces de tanto simplificar da la impresión de que unos y otros nos toman por tontos.

martes, 2 de febrero de 2010

Bajeza animal


Estos días se está exhibiendo en las carteleras de toda España una película que me gustaría recomendar: “La cinta blanca”, de Michael Haneke. Frente a las simplezas propias de una sociedad infantil, que adora el espectáculo circense y abarrota los cines para ver la tontería de “Avatar”, la que indico es una obra de arte, amarga y dura, pero que permite pensar. Se han ofrecido muchas interpretaciones, pero en mi opinión lo que en esencia plantea es la búsqueda obsesiva de la perfección, que ha presidido el devenir de las sociedades humanas. Durante siglos hemos pretendido parecernos a un Dios tan vigilante de nuestras conductas que el más leve defecto debía ser objeto de represión. Lo que nos ha convertido en enfermos, porque lo que se oculta termina por estallar en forma explosiva, es decir de la manera sucia y pecaminosa que obsesivamente queríamos evitar.

Una persona sana sabe que su intimidad tiende a la transgresión, pues los defectos son una parte de su propio ser, que se pueden controlar siempre que sepamos expresarlos con normalidad. En este sentido, hay una cuestión que raramente se ha puesto de manifiesto, pero que es digna de consideración: en la historia de los hombres ha tenido una importancia esencial la comparación con el resto de los animales. Y es que la suciedad y bajeza de las bestias, especialmente de las más repugnantes, lleva al individuo sobre todo en épocas en que la miseria y zafiedad estaban completamente generalizadas a buscar un elemento de diferencia que nos haga únicos, y nos eleve sobre el resto de los seres de la naturaleza. No podemos ser iguales a ellos, hay algo, quizás un soplo divino, que nos marca eternamente.
Bernard Mandeville, en La fábula de las abejas, se refiere a los hombres que "desprecian todo lo que pueden tener de común con las criaturas irracionales, resisten, con la ayuda de la razón, sus inclinaciones más violentas; y en continua lucha consigo mismos anhelan nada menos que el dominio de sus propias pasiones”. En este sentido, es necesario señalar el miedo patológico al sexo, que se revela como el elemento humano más próximo a la cruda animalidad. Paradójicamente, esos mismos seres que preconizan un amor exclusivamente espiritual y santo sucumben, una y otra vez, a los aspectos más sórdidos de la genitalidad, véase la película.

Estamos obsesionados por la necesidad de distinción, bien nos la otorgue el alma o la razón. Los científicos dicen que lo propio de nuestra naturaleza es la conciencia del yo. Sin embargo, hay monos que son capaces de reconocerse en un espejo, y distintas especies experimentan dolor por la muerte de sus seres queridos. En muchos casos, las diferencias son meramente cuantitativas y, si lo aceptáramos, seríamos capaces de superarnos sin morbo ni enferma represión.

martes, 26 de enero de 2010

Animal solitario


Sin necesidad de haber estudiado psiquiatría, todo el mundo es consciente de que analizamos la realidad desde nuestro punto de vista personal. Somos esencialmente egoístas, porque nuestro yo es lo único que poseemos con seguridad. Como diría Castilla del Pino, “de entre todos los objetos, hay uno por el que el sujeto se interesará de manera constante y privilegiada: él mismo, incluido su propio cuerpo en tanto que soporte”. Probablemente, sea el mecanismo más efectivo que tiene cualquier animal para defenderse en la lucha por la supervivencia. Sólo que teóricamente somos entes racionales y funcionamos, o mejor dicho lo pretendemos, sobre la base de ideas. Es falso, y tanto lo es que continuamente distorsionamos lo que vemos, lo modificamos.

Interpretamos los hechos a medida de nuestros intereses; si se quiere a la manera en que la genética y la propia experiencia subjetiva han contribuido a estructurar los mecanismos de nuestro cerebro. No hay dos personas que sean capaces de ofrecer una narración idéntica de un mismo suceso. ¿Por qué todos los delincuentes proclaman una y otra vez su inocencia? Porque se lo creen realmente, contemplan la realidad de forma distinta a la de los demás. Cualquier profesional que haya ejercido el derecho penal sabe que en la inmensa mayoría de las ocasiones la acusación será negada violenta y sistemáticamente. Hay quienes reconocen su culpabilidad, pocos, pero paradójicamente son los seres más débiles, con una baja autoestima y escasos mecanismos de defensa.

Es cierto que todo esto conduce a un enorme escepticismo personal y social. ¿Sirve de algo el diálogo? Por ejemplo, los dos últimos siglos han estado presididos por un paradigma ideológico: La soberanía parlamentaria, sobre la base de que el intercambio de pensamientos entre los representantes del pueblo daría lugar a la verdad, al menos en sentido jurídico. Pero ¿quién es capaz de convencer a nadie? Las discusiones siempre suponen un monólogo sucesivo, mientras el otro habla, tú estás preparando el razonamiento posterior. Entonces, ¿es posible creer que algún día las bancadas del gobierno serán capaces de aceptar algo de las de la oposición, o viceversa? Es verdad que no sólo se trata de una cuestión de estructura mental, hay también un problema de generosidad que nuestros políticos son reacios a expresar.

En una excelente novela de Hermann Hesse, Siddharta le dice a su discípulo: “A nadie le podrás comunicar con palabras y a través de la doctrina lo que te ha sucedido a ti en el momento de la inspiración”. Y tenía razón, nuestras experiencias son intransmisibles porque los demás las entenderán a la medida de las suyas. Estamos solos e incomunicados, aunque soñemos lo contrario.

martes, 19 de enero de 2010

La duda

No hay ninguna necesidad de ver la excelente película, “La duda”, de John Patrick Shanley, estrenada en el año 2008, para constatar que vivimos en un mundo carente de certezas, lo que nos provoca inseguridad y angustia. Es cierto que Descartes pretendió introducir algo de orden en nuestro caos mediante su célebre método, que partía de un axioma en principio irrebatible: “pienso, luego existo”. A partir de ahí, sería posible avanzar siempre que obtuviéramos las conclusiones adecuadas, mediante un sistema de deducciones y pruebas en cadena. Pero, ¿quién existe? ¿Es posible que mi yo constituya una mera ilusión? Todas las ideas mantenidas en la caverna de Platón evidentemente lo eran.

Las dudas de carácter personal reflejan la naturaleza trágica del hombre, pero pueden plantearse en cualquier terreno. Por ejemplo, en la política española, cabría preguntar si los miembros del Gobierno de Zapatero pueden distinguirse por su singular falta de solidez intelectual y de preparación ideológica y económica como podría deducirse de los recientes editoriales del Financial Times o The Economist o, por el contrario, constituyen un grupo de jóvenes bienintencionados, y de un progresismo que no puede ser entendido por las generaciones de más edad, ya caducas y ñoñas. Aunque las tentaciones de inclinarse por lo primero sean bien fuertes y justificadas, ¿qué más da? Carecen de posibilidad de incidir de manera profunda en la vida de nuestra comunidad.

Los grandes temas de hoy, los que verdaderamente determinarán nuestro futuro, desde la posición de Occidente frente a los integristas islámicos hasta la uniformidad que generan los medios de comunicación, pasando por el mantenimiento de la idiosincrasia cultural europea, las amenazas, reales o no, del cambio climático o incluso las guerras en Afganistán o Irak, no dependen para nada de nosotros. En realidad, hemos dejados de ser soberanos, la cualidad esencial de un Estado clásico, caracterizado por un poder absoluto e independiente. En el mundo globalizado en el que vivimos España carece de ninguno de esa clase. Actualmente, ya no hay más soberanía que la que detentan los Estados Unidos, China y, en muy buena medida, el grupo iluminado de Ben Laden.

La mayor o menor audacia del tripartito catalán, los intentos “progresistas” de proclamarnos urbi et orbi como país decididamente laico y de confeso ateísmo, o la voluntad de localizar al pobre Lorca abriendo fosas y fosas en la bella ciudad de Granada constituyen gestos ridículos a escala planetaria, no cuentan. Las decisiones con trascendencia se nos escapan, y nos contentamos con pelearnos sobre si Zapatero es o no Mr. Bean, cuando la verdad es que, si lo fuera, nuestro país sería al menos gracioso.

martes, 12 de enero de 2010

Elogio de la oscuridad

Al parecer, los recientes atentados islamistas están haciendo pensar en la posibilidad de que las medidas de control lleguen hasta el registro corporal, mediante aparatos de detección susceptibles de desnudar indiscriminadamente a todos los viajeros. El motivo es evidente: la defensa de la seguridad colectiva. Pero, en el fondo, es el resultado final de una sociedad de masas en la que el individuo nada cuenta frente a las mismas. Es posible, como diría Shakespeare, que “la vida sea un cuento absurdo, narrado por un idiota sin gracia, lleno de ruido y furia”; sin embargo, para vivir con tranquilidad, necesitamos creer lo contrario y partir de la idea, aun cuando fuese falsa, de que nuestra personalidad tiene valor, que no somos objetos susceptibles de ser utilizados a la pura y simple utilidad de la mayoría.

Es un problema de respeto a un valor esencial del ser humano, imposible de demostrar, pero imprescindible en nuestro desarrollo: el de la intimidad. Nuestra civilización ha partido de la idea de que somos distinguibles unos de otros, no somos una masa dotada de alma única. Por eso, lo más profundo de la persona normalmente origina sentimientos de vergüenza, o de pudor, probablemente porque nos dejan al descubierto, al poner de relieve nuestra última individualidad, lo qué realmente somos. Es verdad que, si aceptáramos la tesis de Douglas Hofstadter, no constituiríamos más que “una ilusión necesaria, un mito o una alucinación imprescindible, resultado de un complejo perceptivo tan sofisticado, la actividad de nuestro cerebro, que puede contemplarse a sí mismo”.

El alma no sería más que “el resultado del zumbido de sus partes”. Aunque fuese así, no podríamos vivir sin creer lo contrario. En el fondo, aunque sea paradójico, dada su defensa de la iniciativa individual, son los Estados Unidos de Norteamérica quienes están contribuyendo más efectivamente a la desaparición de la originalidad. Su carácter puritano, con la interpretación literal de los textos bíblicos, ha hecho que se hayan tomado demasiado en serio aquel pasaje de los Evangelios de San Juan según el cual “todo el que obra mal aborrece la luz, y no viene a la luz, para que no sean puestas en descubierto sus obras; pero el que obra la verdad viene a la luz, para que se manifiesten sus obras como hechas en Dios”.

En consecuencia, todo debería estar expuesto a los rayos del sol. Pero aunque el Príncipe de las tinieblas pueda amar la oscuridad, me confieso ferviente partidario de ella. El secreto no tiene por qué ser pecaminoso; y aun cuando lo fuese, prefiero condenarme para toda la eternidad a que los poderes públicos, o los medios de comunicación, puedan desnudarme para demostrar mi esencial identidad con los demás.

martes, 5 de enero de 2010

El gato de Schrödinger y España


Probablemente, el ejemplo más fascinante de la física cuántica es el experimento del “gato de Schrödinger”. De manera bien resumida, consiste en colocar un animal de esa clase en una caja cerrada con un dispositivo químico que, si se rompe, y existe un 50% de posibilidades de que así pase, provoca instantáneamente su muerte. Pero no hay manera de saber lo que ocurrirá, por eso los científicos señalan, por paradójico que pudiera parecer, que hay que considerar al gato un 100% vivo y un 100% muerto. A la vista de ello, Stephen Hawking afirma, con escepticismo, que “no se pueden predecir los acontecimientos futuros con exactitud si uno no es capaz de medir siquiera el estado del universo con precisión”. Y es que si un gato puede estar vivo y muerto a la vez es que no tenemos la menor idea de lo que nos rodea.

Sin embargo, las cosas son más fáciles de prever cuando los elementos utilizados son todos negativos, se metan o no en una caja. Así, se cuenta que unos viajeros por el tiempo observaron como, en el año terráqueo de 1978, los habitantes de un Estado denominado España decidieron aprobar una organización territorial por la que se concedía autonomía política a la totalidad de las regiones que la componían. En el fondo, lo hicieron para eludir el dilema que representaban las dos únicas realidades nacionales que existían en su seno: las de Euskadi y Cataluña, sin ser conscientes de que, por falta de previsión o irresponsabilidad, iban a generalizar el problema.

Hubo quien se dio cuenta; así el primer presidente de una Comunidad llamada Andalucía afirmó que su único objetivo era aproximar el poder político al pueblo; es más señaló que la palabra andalucista le molestaba y que él se consideraba “españolista”, concepto que los visitantes no llegaron a captar. Lo que sí pronosticaron es que todo aquello iba a terminar muy mal, pero como no les concernía siguieron su camino. Entre tanto, los años pasaron, y cada una de esas comunidades no solamente creó su respectivo Parlamento y Consejo de Gobierno, intentó configurar también un poder judicial independiente. Abrió delegaciones, algunas de ellas auténticas embajadas, en el extranjero y rivalizó en comparar su pretendida identidad nacional con la de los demás, todas ellas, al parecer, mucho más relevantes que las del propio Estado.

El tiempo transcurrió, y, picados por la curiosidad, nuestros viajeros decidieron volver. Se encontraron con el resurgimiento de los “reinos de taifas” que, según se informaron, habían existido ya en la península. El problema era ahora que ninguna ellas se entendía, y se enzarzaban en querellas ridículas y pintorescas. España había vuelto al medievo, y eso que jamás había dominado la cuarta dimensión.