sábado, 22 de octubre de 2011

Una sociedad enferma - Sur de Córdoba

¿Qué pinta Kofi Annan?

En todas partes existen chalados, a nivel internacional también. No es insólito encontrar caracteres mesiánicos dispuestos a exportar sus recetas por medio mundo: si tienen medios económicos, o alguien está dispuesto a pagarles, se trasladarán sucesivamente de Somalia a Ruanda, a Kenia o hasta la misma Conchinchina si se diese el caso. La vanidad y soberbia de los hombres es infinita, así que nada de esto puede resultar sorprendente. Lo extraño es que un gobierno europeo acepte que personalidades de ese calibre puedan entrometerse en asuntos internos. Y es que tanto el terrorismo como el sentimiento independentista de una parte de la población, por grande que pudiera ser, son problemas que sólo afectan a los nacionales de cada Estado, por lo menos de los que tienen una naturaleza democrática. España, desde 1977, la tiene.

Kofi Annan no debe de estar loco, todo lo contrario, ha sido Secretario General de la ONU; en principio al menos se trata de un hombre respetable y con prestigio, ¿qué pinta entonces en el País Vasco? Obviamente le habrán recordado la importancia decisiva que tuvo la mediación para la solución del conflicto del Ulster. Sin embargo, hay un dato elemental del que no es posible prescindir: en aquel caso sí existía un problema internacional pues afectaba a dos Estados, Irlanda y el Reino Unido, y derivaba de la independencia del Eire que excluyó a los condados del norte. Además, dos comunidades, la católica y la protestante, se enfrentaban en una auténtica confrontación armada. A los propios británicos les interesaba la colaboración irlandesa, o norteamericana, pues el origen de todo tenía una carácter colonial.

En el País Vasco, los que practicaban la violencia eran terroristas y punto. Desde la llegada de la democracia, cualquier “actividad armada” no puede tener otra naturaleza que la delictiva, y para solucionarla están la policía y los tribunales de justicia. También los instrumentos políticos, pues no es posible eludir el deseo de “autodeterminación” de una parte de tu pueblo, que es necesario abordar mediante el diálogo y las urnas. Pero la intervención de mediadores ajenos al Estado implica el reconocimiento de que somos incapaces de resolver el tema con nuestros propios medios. Es una confesión de debilidad, que inspira vergüenza.

¿Alguien se puede creer que Kofi Annan se habría trasladado a España si se hubiese producido una simple llamada telefónica de nuestra más alta representación gubernamental? ¿Con Felipe González o con Aznar habría tenido lugar algo así? Es evidente que no. Ahora, nos recomiendan que “abordemos las consecuencias del conflicto”. ¿Cuáles? Si son políticas, implicaría aceptar que vivimos en un país tercermundista en el que el terror obtiene réditos.

sábado, 8 de octubre de 2011

Pura vanidad

¿Qué impulsará a innumerables personas a convertirse en candidatos de un partido en las próximas elecciones? La mayoría, muy sensatamente, contestará que el sentido cívico, o el espíritu de servicio como decían los franquistas. Muchos otros nos asegurarán que la convicción ideológica, cosa poco creíble cuando han muerto todas. En mi opinión, estas respuestas son casi siempre falsas: lo que les mueve es la pura y simple vanidad. Hegel decía que el deseo de reconocimiento constituye el motor fundamental de los seres humanos: necesitan ser admirados, y para ello buscan el poder. En el fondo, el exhibicionismo es un comportamiento animal, que el hombre conserva en grandes dosis. Los gallos en sus peleas, para intimidar a los demás, cacarean mucho. Lo que suele resultar un poco ridículo cuando lo hacen señores con bigote.

Chateaubriand, el autor de El genio del cristianismo, nos cuenta en sus Memorias de ultratumba, sin ningún género de pudor, que conoció a Napoleón en una recepción en la que el Emperador se dirigió directamente a él para decirle: “en esta sala hay dos grandes hombres: usted y yo”. ¡Valientes bobos debían de ser los dos! Si existiera algún “gran hombre”, cosa que dudo, no se le ocurriría ir pregonándolo a diestro y siniestro por un elemental sentido del ridículo. Es verdad que, en épocas convulsas, las sociedades buscan las personas más adecuadas para dirigirlas. En estos casos, la vanidad no desaparece, pero se sublima, hasta el punto de no resultar perceptible ni para el individuo, que la padece, ni para sus contemporáneos. Pero, cuando la normalidad vuelve, las coartadas se desvanecen.

¿Han contemplado alguno de los autorretratos de Durero? Se pinta para mostrar urbi et orbi su propia belleza, es una nota característica de los seres humanos. Con razón, los Estados Unidos viven obsesionados con la idea del fracaso individual; sin necesidad de mayor análisis psicológico, demuestran que lo único que les importa es el éxito: en los negocios, en el deporte, o en el comportamiento erótico. La política constituye también un escenario en el que combaten egos, y sería sensato que lo tuviéramos en cuenta. Por mucho que se nos ofrezcan recetas económicas, al final lo que importará será mostrarse más atractivo que el contrario.

La mitología griega nos cuenta que habiendo llegado un día Narciso, célebre por su belleza, al borde de una fuente contempló su propia imagen y quedó prendado de sí mismo. Enloquecido, al no poder alcanzar el objeto de su pasión, se fue consumiendo de inanición y melancolía hasta quedar transformado en la flor que lleva su nombre. El mito es hermoso, y sirve también para evitar el ridículo.

sábado, 24 de septiembre de 2011

La incertidumbre

A lo largo de los siglos, hemos creído las cosas más locas con la seria convicción de su realidad. En el siglo XV, por ejemplo, Kramer y Sprenger sostuvieron en su Malleus maleficarum que los demonios, para degenerar a la humanidad, y con permiso divino, se procuraban semen adoptando forma de súcubos, que después transmitían a la mujer como íncubos. No padecían ninguna enajenación mental, todo lo contrario, eran prestigiosos doctores de la Iglesia, cuyas afirmaciones fueron sostenidas por el Papa Inocencio VIII en 1484, en la Bula Summis desiderantes afectibus. Era cierto, [los diablos y las brujas] “mediante conjuros, y otras infamias supersticiosas y excesos mágicos, hacen morir, ahogarse y desaparecer la descendencia de las mujeres […] Y no temen cometer ni perpetrar un gran número de otros crímenes y sacrilegios infames por instigación del enemigo del género humano”.

A la vista de tanto disparate, no es extraño que los ilustrados pensaran que, después de Descartes, el mundo había quedado desencantado, pues la magia no tendría nada que hacer. Eran unos optimistas, nos seguimos comportando con el mismo grado de error; estupidez también. En 1919, por ejemplo, al discutirse los tratados de Versalles, la delegación japonesa planteó la reivindicación de que la Sociedad de Naciones estableciera como uno de sus principios básicos la “igualdad racial”. No podía ser más sensato, ¿verdad? Sin embargo, David LLoyd George, Clemenceau y Wilson, tenidos unánimemente como estadistas, auténticas eminencias, consideraron la propuesta como una ingenuidad: “No puede negarse que constituye una bella idea, pero impracticable”, comentó el sudista Wilson.

En época más contemporánea, todas las ideologías totalitarias han sido entendidas como expresión del final de la historia, convicción particularmente relevante en el comunismo. Y en el caso del fascismo, ¿cuántos intelectuales, no solo Céline, se adhirieron a su dialéctica irracional? En España, desde luego, muchos. Nos equivocamos en todas y cada una de las cuestiones, incluso cuando jugamos con la ciencia: La idea del universo estable ha sido sustituida de manera generalizada por la tesis del Big Bang, paradigma que parece no puede someterse a discusión. Casi con toda seguridad, su modelo devendrá obsoleto dentro de doscientos años.

Solo los actos de los hombres permanecen, no su calificativo moral. El más santo puede actuar por vanidad, y habrá quienes adoren ser víctimas con tal de que otros sean verdugos. Es necesario dudar incluso de los que dudan siempre. A veces es pura y simple cobardía.



sábado, 10 de septiembre de 2011

El peligroso ego

Reflexionaba Siddharta, nos cuenta Hermann Hesse, sobre el sentido de la individualidad: “Era el yo, del cual me quería librar, al que quería superar. Pero no lo conseguí, tan sólo podía engañarlo. Únicamente podía huir de él, esconderme. ¡Ninguna cosa del mundo me ha obsesionado tanto como este mi yo, este enigma de vivir: que soy un individuo separado y aislado de todos los demás, que soy Siddharta!”. Es la conciencia de nuestra identidad la que convierte en drama el dolor, y nos sumerge en la angustia. No es extraño que, para los budistas, no exista animal más dañino que el ego, al cual deberíamos eliminar mediante la inmersión paulatina en la nada aprendiendo la técnica del ensimismamiento, que consiste en ayunar, orar y esperar.

¿Dónde reside el yo? Un materialista podría responder que es la simple consecuencia de la estructura de nuestra mente, de su composición química. De hecho, uno de los grandes intelectuales del siglo pasado, Aldous Huxley, se atrevió a abordar el problema en el ensayo “Las puertas de la percepción”, al narrar la experiencia que realizó consumiendo peyote para determinar sus efectos: en la fase final de la desaparición del ego existiría “un oscuro conocimiento de que todo está en todo, de que todo está realmente en cada cosa”. Formamos parte de lo absoluto, y sin embargo al morir unos al lado de los otros nos sentimos extraordinariamente solos, estamos condenados a padecer como si fuéramos únicos e irrepetibles. A lo mejor, en realidad somos el resultado de una ilusión, pero de las que hacen sufrir.

Es posible que seamos un simple incidente en el proceso evolutivo. La naturaleza, en la lucha por la supervivencia, estaría utilizando el instrumento de la conciencia de la propia identidad: al creer que existimos participamos tal vez en un plan que nos es impuesto. Así, si alguna vez por nuestro intermedio se llegara a la pura objetividad de la máquina, a la inteligencia artificial, podríamos al fin retirarnos de la escena y conseguir la paz. No resulta muy consolador, el creador que se oculte detrás de todo esto no podrá librarse de la acusación de crueldad. ¿Quién nos ha preguntado nunca si nos interesa participar en este juego?

La verdad es que, después de sentir dolor y mucho, morimos. Y el resultado parece ser la nada, ¿qué sentido ha tenido el viaje? Probablemente ninguno, y si lo tuviese sólo al final de los tiempos otros seres lo podrán vislumbrar. Entonces, ¿qué nos va ni nos viene a nosotros? Se ha dicho que la última revolución será la biotecnológica, que servirá para crear otra humanidad. Es posible que nos convirtamos en los dioses de una nueva creación. ¿Qué extraño e indescifrable dios ha sido el de la nuestra?, ¿qué ha pretendido?

sábado, 27 de agosto de 2011

Eternas brujas de Salem

Decía Arthur Miller que “el nuestro es un mundo dividido en el que ciertas ideas, emociones y acciones son de Dios, y las opuestas de Lucifer. Es tan imposible para la mayoría de los hombres concebir una moralidad sin pecado como una tierra sin cielo”. Durante mucho tiempo, en Salem también, el Diablo se hallaba representado por el sexo y la herejía. Hoy día, la actividad sexual se ha pasado al campo de la divinidad. Es lógico, el puritanismo norteamericano la considera ya como algo normal y correcto; pues es sana, y la salud es esencial para los que aspiran a comportarse bien. En cambio, los herejes, los que se apartan de la inmensa mayoría, siguen siendo sospechosos. Los personajes famosos son objeto así de estricta vigilancia, pues se salen de los límites de la normalidad.

En los momentos en que escribo estas líneas recibo la información de que el Ministerio Fiscal ha retirado todas las acusaciones que mantenía contra Strauss-Kahn. Lo hace por falta de pruebas, es cierto, en teoría entonces la sospecha de culpabilidad moral puede mantenerse. Pero como los Estados Unidos constituyen un Estado de Derecho, o así lo creemos, habrá que aceptar a todos los efectos su absoluta inocencia. Cómo, entonces, con pruebas tan débiles pudo procederse a una detención humillante, a la vista de todo el mundo, cuando ya estaba en el avión y, sobre todo, cuando no hubiera podido eludir una acusación por su relevancia pública. En España, por ejemplo, nuestra centenaria Ley de Enjuiciamiento Criminal exigía siempre que la detención se realizase “en la forma que menos perjudique”.

Con independencia de que la cultura norteamericana es muy partidaria del “sheriff”, y de los caracteres justicieros, en mi opinión hay algo más: el morboso deseo de hundir a los que destacan. Se ha dicho que el hecho de detener al Director Gerente del Fondo Monetario Internacional acredita la esencial igualdad que preside la justicia de aquel país. Todo lo contrario, demuestra el peligro de alejarse de la vulgaridad: en las sociedades mediocres distinguirse es enormemente peligroso. Excita la envidia de los demás, que pueden utilizar la prensa y los tribunales de justicia para hundir a cualquiera: basta, a la manera de Goebbels con deslizar una sospecha, que después, será imposible de lavar.

Para la Inquisición el Diablo era un ser esencialmente malo. Hoy día, la Iglesia ha llegado a negar su existencia, al menos en la forma en que históricamente se entendió, pero los seres ruines siguen actuando. Por desgracia ahora utilizan a los jueces y a los medios.

sábado, 13 de agosto de 2011

La venganza de Marx

Es cierto que la situación económica actual es en gran parte consecuencia de métodos de ingeniería financiera, que transcienden de las fronteras nacionales. También que los desequilibrios cíclicos son considerados como una característica típica del capitalismo, que no ha impedido su posterior fortalecimiento. Igualmente, sería preciso aceptar que la incompetencia o falta de credibilidad de los gobiernos internos puede agravar cualquier crisis, por muy ajeno que hubiera podido ser su origen. Sin embargo, en todo lo que está ocurriendo hay algo más, que en mi opinión se encuentra ligado a la propia naturaleza del Estado del Bienestar.

Para Marx, la historia no podía ser explicada más que como un proceso dialéctico en el que toda tesis generaría una antítesis, su negación, y en la lucha entre ellas se llegaría siempre a una síntesis superadora. Paradójicamente, la caída del “socialismo real” pudo ser explicada perfectamente en esa forma: a la afirmación agresiva del primer capitalismo, se habría contrapuesto desde la revolución soviética un ejemplo comunista, que sirvió como poderosa fuerza de atracción para el proletariado universal. Después de una lucha sin cuartel se llegó a una gran síntesis: el “Estado del Bienestar”, que habría operado a la manera de un “final de la historia”, garantía a la vez de libertad e igualdad.

El acceso de todos los ciudadanos a la educación, la cultura y la sanidad proporcionaría la base necesaria para un ejercicio maduro de la libertad. Sin embargo, poco a poco, en vez de realizar una selección de objetivos propia de cualquier planificación inteligente, los gobiernos occidentales se han dejado tentar por el ventajismo fácil que ofrecen las urnas, pues de lo que se trata es de ganar las elecciones, a veces a costa de lo que sea. Como consecuencia, se elevará hasta el infinito el nivel de las prestaciones, se intentará la conquista de nuevos votantes mediante la integración de colectivos de inmigrantes, por muy alejados que estén de nuestro universo cultural, o se aceptarán reivindicaciones sucesivas de las masas con independencia de su sensatez o razonabilidad.

Cualquier sociedad tiene límites económicos. Si no se respetan, llegará un momento en que todo estalle. Y cuando así suceda, los que hasta ahora habían sido beneficiarios se convertirán en “indignados”, que se dirán decepcionados por el sistema y sus injusticias. Al final nos quedaremos estúpidamente sin libertad y sin igualdad.