martes, 17 de marzo de 2015

Inquisidores 2.0 en Andalucía Información


Darwin sería un espectador apasionado: nuestra especie, la humana, está prescindiendo del protagonismo de sus miembros y empieza a funcionar a la manera de una máquina sin singularidades relevantes. En un proceso estrictamente evolutivo, el ejemplar individual se ha convertido en un obstáculo, pues los prejuicios que posee sobre su trascendencia le generan dudas que afectan a la capacidad de respuesta y, por tanto, a la eficacia biológica del conjunto de la especie.

Para controlarlo, y eliminar sus estridencias, además de a otros medios más directos, se acude al expediente de convertir lo privado en público, divulgándolo a través los medios de comunicación desde los más clásicos hasta los que trabajan por la "red". Un ser que no tiene nada que ocultar se vulgariza, se hace exactamente igual que los demás, y ya no hay nada interesante que contar sobre él. Cuando todo es público, la historia individual desaparece sustituida por la del ser colectivo del que formamos parte.

Los instrumentos de comunicación sirven para mostrar las debilidades de todos y cada uno de nosotros, es decir, nos hacen iguales. La soberbia no tendría posibilidad de manifestarse, pues el que destaque será perseguido por la nueva y eficaz forma de Inquisición que son los “medios”. La personalidad de todos y cada uno de los seres humanos, por muy brillantes y superdotados que pretendieran ser, presenta zonas oscuras que los rebajan al nivel de la inmensa mayoría, sólo hay que saber encontrarlas. Para facilitarlo, se legitima la búsqueda de la información, pura actividad de espionaje al fin y al cabo, y la comunicación de lo descubierto a los demás.

Actualmente, bajo la coartada del carácter preferente de la libertad de información, podemos observar la presencia de “cuerpos de policía” paralelos, a la manera de los hermanos de la antigua Inquisición. Son los grupos de investigación de los medios, que partiendo de la relevancia de sus descubrimientos, lo que legitima su trabajo frente a los tribunales de justicia, se atreven a escudriñar de manera generalizada las vidas ajenas, sobre todo las que pueden interesar morbosamente a los demás.

Nuestra intimidad deja de existir desde el mismo momento en que cualquiera de sus aspectos pueda atraer al público. En su tiempo, la Inquisición actuaba chapuceramente mediante delatores que espiaban a través de las ventanas. Hoy día, la tecnología permite acceder a la más oculta de las relaciones personales, conversaciones y deseos sexuales. Si quieren cogerte, te investigarán hasta el final. Si no encuentran nada, después de revisar tu vida de arriba abajo buscarán los datos que pudieran avergonzar a tu pareja. Si tampoco, los trapos sucios de tu familia.

Al final, viviremos integrados en una máquina perfecta, la de nuestra especie. Funcionará sin otras alteraciones que las derivadas de las exigencias del medio; la medicina conseguirá eliminar la angustia, enfermedad propia de la soledad individual. Los antiguos hombres, adormecidos con sueños convenientemente programados, con una sexualidad libre, pero banal en cuanto carecerá de idealismo patológico, y sometidos a las reparaciones que fuesen necesarias, dejarán de constituir un obstáculo para la eficiencia. Ahora sí podremos hacernos dueños de las estrellas y de la eternidad, los robots aspiran a la inmortalidad

miércoles, 3 de diciembre de 2014

No sin los andaluces



Para  Manuel Azaña la defensa de España no significaba otra cosa que la conservación "del caudal de belleza, de bondad y libertad, en suma de cultura, que es lo que nuestro país, como cada país, aporta a la historia como testimonio de su paso por el mundo y como ejecutoria de su nobleza”. Los que firmamos este escrito, andaluces de muy diversa ideología y condición, nos consideramos profundamente españoles, y como tales orgullosos de Cataluña desde la obra de Joanot Martorell hasta la presidencia de Lluís Companys. Es más, los andaluces somos catalanes en la misma medida que los naturales de Gerona o Sabadell. Decía Renan que la Nación no es otra cosa que "un sueño de porvenir compartido", y como el nuestro es plural nos sentimos tan castellanos como vascos o catalanes La vecindad administrativa no puede condicionar una nacionalidad, sería ridículo; la sensibilidad común y la historia son las únicas que pueden hacerlo.

    El Derecho es un producto de la civilización, y la adhesión a sus preceptos no sólo determina un cuadro de facultades y deberes, moldea la personalidad hasta el punto de que, al darte una nacionalidad, te hace partícipe de su historia. El nacimiento, con arreglo a los requisitos establecidos en el Código Civil, es decir, el Derecho, te atribuye la condición de español, y nadie te puede privar de ella. El sentimiento de pertenencia a un país, a una "patria", es algo subjetivo, simbólico, y no hay nada que contribuya más a la creación de símbolos que el ordenamiento jurídico.

    Roger de Flor, Roger de Lauria, las expediciones por Neopatria, la Renaixença y Tirante el Blanco constituyen el patrimonio de un gaditano en la misma medida que el de un barcelonés, y no nos lo pueden robar. Ramallets, Olivella, Segarra, Gensana, Tejada, Kubala y Czibor son tan nuestros como el canto de Els Segadors o Joan Manuel Serrat, también Gaudí. ¿En nombre de qué nos pueden privar de ellos? El amor por Cataluña es el mismo que el que sentimos  por Andalucía. ¿Por qué, con qué derecho, nos los quieren quitar? Los nacionalistas pretenden construir un nuevo Estado sin resolver un problema elemental: la titularidad del derecho de autodeterminación. ¿Quién la tiene? ¿Sólo los que viven en Cataluña? Sería un disparate, no existe ninguna base jurídica ni siquiera cultural para ello. La tenemos todos y cada uno de los españoles.

    España está en crisis,  culturalmente y desde el punto de vista político. La realidad es que el concepto de representación no se acomoda a las características de una sociedad de masas que deja de confiar en quienes la dirigen. Pero si, al mismo tiempo, asistimos a la fragmentación del Estado sin reaccionar dejaremos de contar en el mundo. El caudal de libertad y belleza que defendía Azaña desaparecerá, y los reinos de taifas estarán a la vuelta de la esquina. Es bien triste, pero ya lo preveía Ortega, no sería ninguna novedad. Es hora de proclamar que nuestra capital intelectual como andaluces es Barcelona y no queremos que nos la roben.


   

 Fdo.- Plácido Fernández Viagas Bartolomé





martes, 7 de mayo de 2013

No decir nada


Si se llega a la conclusión de que vivimos en la oscuridad, será mejor no decir nada hasta salir a la luz, aunque puede que entonces tampoco veamos con claridad. Es posible que lo que creo sea sólo producto de un sueño, entonces prefiero permanecer en silencio y pensar. Al fin y al cabo,si nos encontramos en el fondo de una caverna, ¿qué más da? Cierro este blog, y dejo de escribir en la prensa  por ahora.

Se han recogido la totalidad de los artículos del autor desde el mes de septiembre de 2008 hasta abril de 2013, en el Diario El Mundo. Incluye también una parte de los publicados en el mismo periódico desde el 2000 al 2008, así como en los diarios del Grupo Joly, y en El País.

En diciembre de 2017 reanudo colaboración en prensa, primero con ABC de Sevilla y después con el Mundo, edición nacional. Cuando pongo esta nota, el 23 de marzo de 2020, en plena crisis del "coronavirus", sigo, con dudas, aportando colaboraciones que se van incorporando al blog. He incluido artículos del año 1978, mientras restan los comprendidos entre 1978 y 1994.


sábado, 27 de abril de 2013

¿Qué nos pasa?




Un importante miembro del Poder Judicial se ha descolgado con unas declaraciones sobre los “escraches” que, probablemente mal interpretadas, han fortalecido la posición de quienes sostienen que es una práctica totalmente legal. Ciertamente, el derecho de manifestación tiene un carácter fundamental que nadie puede discutir. Sin embargo, me gustaría reflexionar sobre la intimidación que supone el simple hecho de convocar un acto ante el domicilio de una persona, no una institución, en protesta contra la misma. ¿De verdad carece de toda relevancia penal? Y los actos qué pueden producirse a continuación, desde insultos hasta vejaciones de toda índole, ¿tampoco la tienen? Me da la impresión de que debería ser más cauto en sus palabras, los medios de comunicación no suelen destacar por los matices de sus noticias. Hasta hace pocos años, en la Escuela Judicial te enseñaban que un Juez debería limitarse a hablar a través de sus sentencias.

Por otra parte, un representante del pueblo se ha dado el placer de un parcial striptease, de nulo interés erótico desde luego, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Al parecer, dice ser de un partido de izquierdas. ¿Se imaginan lo que pensaría Dolores Ibarruri de tamaño espectáculo? No duraría en su formación ni media hora, pues si ha habido un partido serio en España ha sido el de ella. En la ejecutiva del PCE estuvieron personalidades de la talla de Santiago Carrillo, Jorge Semprún y Fernando Claudín, jamás hicieron el ridículo. Algunos de ellos fueron depurados precisamente por su falta de frivolidad. ¿Por qué este hombre no se dedicará a estudiar? Podría hacerlo sobre lo que más le parece interesar: las implicaciones sociológicas de los procedimientos hipotecarios. Sería más útil.

Nuestros respetables conciudadanos, por su parte, se vienen dedicando al barato deporte de insultar a los políticos como si se tratase de una actitud bien digna y valiente. Y la verdad es que nuestros representantes no destacan ni por su inteligencia ni seriedad, para colmo a veces tampoco por su honestidad. Pero hay una cosa que tengo clara: no son mejores ni peores que el resto de los españoles, los reflejan muy bien. Al parecer, hemos llegado a una situación en que la enfermedad, la bancarrota y el fracaso son siempre culpa de los demás. A veces lo son, pero no es infrecuente que su origen se encuentra en la propia culpa personal.

Lo único cierto es que la democracia representativa, su mundo de valores, está en crisis. El Parlamento constituyó el símbolo de la libertad, hicieron falta muchas generaciones para que se pudiera consolidar, algo que muchos niñatos no parecen saber. Por eso, lo quieren matar.

sábado, 13 de abril de 2013

Un robot sin intimidad



¿Vivimos en una sociedad libre? Por supuesto que no. ¿Padece usted una depresión, o tiene síntomas de ansiedad? Si es así, nada extraño en los tiempos actuales, después de la consulta del médico se dirigirá a una farmacia para comprar la prescrita medicación. Para su sorpresa, le pedirán inmediatamente el documento nacional de identidad, y después de mirarle inquisitivamente anotarán todos sus datos en el ordenador, junto con los del doctor. Finalmente, y por si fuera poco, dejarán escrupulosa constancia de la fecha de la expedición estampando un sello en la receta. No solamente se trata de una humillación innecesaria, constituye también una vulneración de nuestro derecho a la intimidad.

¿Por qué nadie ha planteado todavía una acción de carácter jurídico? Por una razón bien sencilla: todo el mundo tiene miedo de dar todavía más publicidad a su enfermedad. Además, si se atreve a insinuar la más mínima objeción, le contestarán que la sociedad necesita defenderse del comercio, o la proliferación sin control de sustancias potencialmente lesivas. Parece muy sensato, pero de aceptar un razonamiento de esta índole, a medio plazo el conocimiento de nuestra personalidad no podrá ser más intenso. Además, ¿quién maneja los datos? Por muy honestos que pudieran ser los funcionarios, nadie puede garantizarnos que no vayan a utilizarse al final por chantajistas, aunque la moralidad social pudiera constituir su objetivo declarado.

Si después del disgusto, se dirige usted a su trabajo, sobre todo si se trata de cualquier Administración Pública, será objeto de un espionaje muy superior al que sufrieron los alemanes sometidos al régimen hitleriano. Desde todos los ángulos, le enfocarán innumerables cámaras de televisión. Todo el mundo lo acepta, convivimos con ellas como si fuera una cosa completamente normal. Y no lo es, desde el momento en que la integridad de nuestras relaciones, comportamientos, incluso palabras, van a ser conocidas por lo demás. ¿Quién controla el invento? Los defensores del sistema dirán que, hoy día, es completamente necesario por razones de seguridad. Muy correcto sí, pero habrá que reconocer que la diferencia individual corre el riesgo de desaparecer.

¿Por qué no leen “Defensa de lo privado” de Wolfgang Sofsky? Las dictaduras más peligrosas son las que están basadas en el consentimiento de la inmensa mayoría. Los totalitarismos clásicos perseguían una sociedad utópica, basadas en el orden o la justicia. Se mostraron ineficaces por razones técnicas, no tenían instrumentos para vigilar las conciencias, el alma permanecía siempre en libertad. La tiranía es perfecta hoy, el control ya es absoluto.

viernes, 5 de abril de 2013

En defensa de Urdangarín



Las últimas decisiones judiciales en el caso Urdangarín están sirviendo para el regocijo de los defensores del sistema: se trataría de la mejor muestra de un país en el que todos seríamos iguales ante la ley. Es falso de toda falsedad, volvemos a las técnicas inquisitivas propias de otro tiempo. Es cierto que una ciudadanía desconocedora de las técnicas procesales, y ávida de noticias que coloquen a los poderosos bajo la sombra de la guillotina parece bien satisfecha también. Pero en mi opinión lo que está ocurriendo es lamentable, basta para llegar a dicha conclusión con analizar la incondicionada admisión de los email remitidos al Juzgado por la defensa de Torres. Su incorporación a la causa, al menos en la forma en que se está haciendo, vulnera las exigencias de un proceso acusatorio con daño al principio elemental  de la “igualdad de armas” que debe regir en el mismo.

El acusado, en cualquier procedimiento, debe saber  en cada momento no sólo de lo que se le acusa, sino también de las armas con las que cuenta el acusador. En caso contrario, carecerá de los instrumentos necesarios para planificar su defensa. Como dice el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, si un imputado se ve limitado en sus derechos organizará su defensa con una capacidad considerablemente disminuida, pues le dominará la angustia. Cualquiera de nosotros puede colocarse mentalmente en el lugar de Urdangarín, ¿qué hacemos cuándo el que nos denuncia posee un material que administra a su antojo en la forma en que más le conviene? ¿De qué se nos va a acusar en cada momento?  Procesalmente, las posibilidades de remediar una vulneración de dicha naturaleza son claras: conceder un plazo límite para la entrega de la documentación en poder de las partes. Es cierto que Torres no forma parte técnicamente de la acusación, pero de hecho opera como tal.  

Louis Antoine de Saint-Just, el “arcángel de la guillotina”, uno de los más brillantes líderes de la Convención francesa, afirmó que “los reyes nunca son inocentes”. Una contundente frase destinada a la inmortalidad, en la forma que tanto gustaba a los jacobinos. En la práctica sirvió para que la condena a muerte de María Antonieta se fundamentase en acusaciones tan deleznables como la de haber incurrido en incesto con el delfín. Lo que se quería era la muerte de la familia real, las exigencias de un proceso justo se convertían entonces en meros obstáculos.

Todos incluso los reyes somos inocentes. La sociedad de hoy, como la de otros tiempos, disfruta con la ejecución de los “privilegiados”, una simple muestra de su envidia y crueldad. Vichinsky ha sido sustituido por un fiscal más cruel: la opinión pública. A todos nos alcanzará.

sábado, 16 de marzo de 2013

La Inquisición de la transparencia


La exigencia de un mayor control de la ciudadanía sobre los políticos se ha convertido en tópico, todos están de acuerdo:  las instituciones, desde la casa real hasta el último de los ayuntamientos, deberían someterse a transparencia. A veces, como si estuvieran descubriendo el Pacífico, algunos contertulios aseveran bien solemnemente que "nos deben rendir cuenta hasta de la última peseta". Muy bonito y muy correcto; pero, aparte de no constituir ninguna novedad, lo expresaron los primeros constituyentes franceses, no se dan cuenta que, hoy día, reivindicaciones de esa índole están más cerca de un temperamento inquisitorial que de otra cosa.

No reflejan más que desprecio hacia los representantes del pueblo, y puede que se lo merezcan. Pero debemos darnos cuenta que vivimos la destrucción de una civilización. Durante siglos, los parlamentarios fueron caracterizados por notas inmateriales, prestigio, popularidad, carisma, tanto más fuertes cuanto profundas sus relaciones con los ciudadanos. La relación elector-electo teóricamente construida sobre los mecanismos geométricos de la razón se revelaba, en la práctica, de connotaciones mágicas. Los políticos aparecían revestidos del aura de la respetabilidad: honrados, serios y sabios. Inconscientemente, el mundo de lo onírico fue utilizado instrumentalmente para el fortalecimiento de la racionalidad. Pero la magia ha desaparecido ya, al fin y al cabo una lógica más del proceso revolucionario. Y, completamente desnudos, no sólo aparecen ridículos y fatuos, se les considera también sospechosos.

Las sospechas conducen a la investigación, proceso en el que actualmente vivimos: en toda España se están estudiando medidas de transparencia y control. En el fondo, nos comportamos como los inquisidores de otros tiempos: la oscuridad sería pecado. Bien lo expresaba León Meurín, S.J., Arzobispo-Obispo de Port-Louis: ‘La luz ha venido al mundo, y los hombres quieren más las tinieblas que la luz, porque sus obras son malvadas. Pues quien hace el mal odia la luz y no viene a ella, para que no se le acuse por sus obras. Pero el que cumple con la verdad se acerca a la luz, para que sus obras sean manifiestas, pues se hacen en Dios”. Por tanto, todo lo que concierna a los diputados debe ser conocido.

Perfecto, siempre que la opinión pública no se convierta en un inmundo carcelero. La policía de una dictadura somete al detenido a tratamiento permanente de luz. Está enferma, le obsesiona el pecado. A las sociedades inquisitoriales les preocupa la pureza: bien provenga de Dios o de los hombres. Pero, al final asfixian, y nadie sujeto a continua sospecha será capaz de representarnos bien.