¿Vivimos
en una sociedad libre? Por supuesto que no. ¿Padece usted una depresión, o
tiene síntomas de ansiedad? Si es así, nada extraño en los tiempos actuales,
después de la consulta del médico se dirigirá a una farmacia para comprar la
prescrita medicación. Para su sorpresa, le pedirán inmediatamente el documento
nacional de identidad, y después de mirarle inquisitivamente anotarán todos sus
datos en el ordenador, junto con los del doctor. Finalmente, y por si fuera
poco, dejarán escrupulosa constancia de la fecha de la expedición estampando un
sello en la receta. No solamente se trata de una humillación innecesaria,
constituye también una vulneración de nuestro derecho a la intimidad.
¿Por
qué nadie ha planteado todavía una acción de carácter jurídico? Por una razón
bien sencilla: todo el mundo tiene miedo de dar todavía más publicidad a su
enfermedad. Además, si se atreve a insinuar la más mínima objeción, le
contestarán que la sociedad necesita defenderse del comercio, o la proliferación
sin control de sustancias potencialmente lesivas. Parece muy sensato, pero de
aceptar un razonamiento de esta índole, a medio plazo el conocimiento de
nuestra personalidad no podrá ser más intenso. Además, ¿quién maneja los datos?
Por muy honestos que pudieran ser los funcionarios, nadie puede garantizarnos
que no vayan a utilizarse al final por chantajistas, aunque la moralidad social
pudiera constituir su objetivo declarado.
Si
después del disgusto, se dirige usted a su trabajo, sobre todo si se trata de
cualquier Administración Pública, será objeto de un espionaje muy superior al
que sufrieron los alemanes sometidos al régimen hitleriano. Desde todos los
ángulos, le enfocarán innumerables cámaras de televisión. Todo el mundo lo
acepta, convivimos con ellas como si fuera una cosa completamente normal. Y no
lo es, desde el momento en que la integridad de nuestras relaciones,
comportamientos, incluso palabras, van a ser conocidas por lo demás. ¿Quién
controla el invento? Los defensores del sistema dirán que, hoy día, es
completamente necesario por razones de seguridad. Muy correcto sí, pero habrá
que reconocer que la diferencia individual corre el riesgo de desaparecer.
¿Por
qué no leen “Defensa de lo privado” de Wolfgang Sofsky? Las dictaduras más peligrosas
son las que están basadas en el consentimiento de la inmensa mayoría. Los
totalitarismos clásicos perseguían una sociedad utópica, basadas en el orden o
la justicia. Se mostraron ineficaces por razones técnicas, no tenían
instrumentos para vigilar las conciencias, el alma permanecía siempre en
libertad. La tiranía es perfecta hoy, el control ya es absoluto.
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