sábado, 7 de octubre de 2006

La risa del demonio

Decía Michelet que la Iglesia había concedido a Satanás "una herencia demasiado bella, el monopolio de la risa". Era lógico, en un mundo marcado por la desgracia, la alegría se convertía en sospechosa. Solamente los simpatizantes del demonio podían permitirse el lujo de reír. El gran historiador francés lo sabía perfectamente, no en vano, junto a sus trabajos sobre la Revolución de 1789, era autor de un librito, “La bruja”, en el que narra la persecución de esas pobres mujeres víctimas de “la fascinación de sus ojos, peligrosos tanto en amor como en sortilegios”.

Durante siglos, los valores dominantes fueron partidarios de la tristeza. Los seres bondadosos tenían que ser responsables y serios, lo contrario sería pura y simplemente un escándalo. Poco a poco, sin embargo, la rebelión del hombre frente a una naturaleza inclemente, y contra unas instituciones sociales que le enseñaban a aceptar el mal como una parte del plan del Creador, se manifestó en la afirmación como derecho de algo que no constituía más que una aspiración reprimida: la felicidad. Una larga historia había enseñado que los hombres mueren y no son felices. La muerte es inevitable, pero la desgracia no. En consecuencia, las instituciones sociales deberán estar dirigidas exclusivamente al servicio del bienestar del ser individual.

Tal conclusión supuso un cambio esencial en la historia del hombre, dándole una vitalidad que impulsó a la transformación de la sociedad, a la creación de comunidades que perseguían el progreso. Si no existe una justificación desde la eternidad para el dolor humano, su vida en la tierra debe dirigirse al bienestar. Como dice Roland Mousnier, sirviéndose de palabras de Tomás Moro, si "nuestros sentidos nos dan a conocer que estamos en la tierra para la felicidad, es decir, para el placer: debemos empezar por decirnos a nosotros mismos que lo único que debemos hacer en este mundo es conseguir sensaciones agradables. El placer es un derecho". Se podía ser un “buen cristiano” y no por ello ser triste.

Aun admitiendo que el Creador hubiere tenido otra intención, lo cierto es que el universo es claramente imperfecto. Y si la naturaleza hace al hombre infeliz y desgraciado, y no existe prueba alguna de que Dios quiera esto, resulta elemental la necesidad de rebelión y mejora. Es verdad que el escepticismo sobre la capacidad del ser humano para conseguir tal objetivo ha sido constante en la historia del pensamiento, Ya Pascal advirtió que efectivamente "buscamos felicidad pero no hallamos más que miseria y muerte".

En la Europa del XVIII, la frivolidad se convirtió en una forma de liberación. En materia sexual, por ejemplo, la aceptación intelectual del erotismo, es decir, de la posibilidad de unir placer y amor caracterizó a los libertinos y la lectura de libros como “La princesa de Cléves”, “Les liaisons dangereuses” o “Manon Lescaut” constituyó una forma de entender el mundo de una manera no trágica, alegre, incluso “inmoral”. Y cuando, aunque fuera a escondidas, los cortesanos empezaron a aficionarse a publicaciones de este género, protegiendo a sus autores, la idea de que era posible divertirse en la vida empezó a parecer una cercana posibilidad. Incluso, la depravación sexual y la pornografía llegaron a formar parte de las publicaciones de la época.

Lo profano y lo sagrado se iban a convertir en mundos separados. Podría ser más o menos moral o grosero reírse de las cosas divinas pero, si se hacía, Dios no podría sentirse ofendido porque su reino no es de este mundo y sería infantil creer que pudiera enfadarse. Parece elemental, pero es lo que nos diferencia de los fanáticos musulmanes que condenan a muerte por burdas chiquilladas de una sociedad que simplemente quiere divertirse y olvidar. La intolerancia constituye una pura imbecilidad que, por desgracia, es frecuente también en países cristianos. Así, en España, prolifera últimamente un tipo de imbécil que encierra fuertes dosis de peligrosidad: el nacionalista radical.

Hoy día, resulta enormemente arriesgado reírse de las danzas protocolarias que acompañan a cualquier acto oficial del lehendakari, de la obsesión de los catalanes por sus derechos históricos o de la profundidad intelectual de los inventores de patrias, incluso de la nuestra. Sin embargo, todo ello es ridículo y, si no nos reímos, nos convertiremos en unos seres temerosos, acomplejados y, más pronto que tarde, enormemente tristes. Me parece que, entre tantos chalados, habrá que reivindicar de nuevo una buena alianza con el Diablo. Las sanas carcajadas nunca vienen mal.










domingo, 10 de septiembre de 2006

El voto de Omar

La Declaration of Rights de Pennsylvania de 1776 contenía una tajante afirmación según la cual todos los hombres tendrían un inherente derecho a emigrar de un estado a otro siempre que aspirasen a promover su propia felicidad. Era la manera de garantizar que los Monarcas europeos no pretendiesen sujetarles de por vida al señorío feudal. Sin embargo, introducía un matiz de importancia pues subordinaba dicho derecho a que las tierras de destino estuviesen desocupadas o sus habitantes quisiesen acogerlos.

Pues bien, dando por supuesto que los españoles aceptemos el actual fenómeno inmigratorio, lo que es mucho decir, el problema ulterior sería determinar los derechos concretos a disfrutar por los nuevos llegados. Por ejemplo, ¿podrían votar en unas elecciones municipales como ahora se pretende? Los juristas medievales advertían que hay momentos históricos en que las sociedades razonan de manera tan disparatada que convierten lo blanco en negro y lo cuadrado en redondo.

Y si son capaces de tales absurdos, mucho más lo serán de considerar como progresistas o modernas las memeces más insostenibles. Así, se nos dice que la concesión del derecho de voto democratizaría nuestra sociedad, fomentando la participación de todos los que habitan en la misma localidad con independencia de su raza, condición social o de género, que suena perfecto a las mentes dominadas por lo políticamente correcto y el pensamiento único. Todo eso está muy bien siempre que se tengan en cuenta los siguientes datos elementales:

Primero: El derecho de sufragio ha ido unido desde siempre a la ciudadanía. No constituye ningún regalo que pueda atribuirse a quien nos interese.

Segundo: Sólo son ciudadanos quienes disfrutan de la misma nacionalidad. No lo son los extranjeros pues, por esencia, pertenecen a otra Ciudad.

Tercero: La razón de lo anterior es clara: Sólo votan, deciden sobre los asuntos estatales, quienes son titulares de la soberanía, es decir, los que forman parte de un pueblo caracterizado por su historia, ideología y proyecto de vida en común.

Cuarto: Ciertamente, y lo establece nuestro texto constitucional en su artículo 13, por tratado o por ley pueden reconocerse derechos políticos, en el ámbito municipal, a los extranjeros con arreglo a criterios de reciprocidad. Se trata de una excepción recogida tradicionalmente en nuestro país a favor de los súbditos de países iberoamericanos y de Filipinas, y ahora a los miembros de la Unión europea, por una razón obvia: forman parte de nuestro mismo ámbito cultural.

Quinta: Atribuir en un país europeo el derecho de voto a colectivos extranjeros caracterizados por el fanatismo religioso o la cultura medieval sería tanto como aceptar la formación de una “quinta columna” hostil en el seno mismo del Estado.

Se mire como se mire, los países europeos están experimentando una crisis de identidad. Hemos creado una sociedad dominada por la tolerancia, el respeto hacia los demás y el relativismo cultural. Todo es admisible porque se parte de la convicción de que no existen ideas trascendentes que puedan restringir la felicidad de los hombres, a los que habría que dejar vivir en paz. Y verdaderamente, al cabo de un esfuerzo de siglos, hemos conseguido Estados ricos, modernos y civilizados pero sería suicida que los pusiéramos en peligro, poniéndonos en manos de sus enemigos.

Hoy por hoy, el universo de los integristas islámicos considera perfectamente legítima la inmolación en nombre de Alá, las fatwuas contra disidentes, como Salman Rusdhie, o los viles asesinatos contra occidentales por el simple hecho de serlo. Y encima, en España, se les quiere regalar el voto. La verdad es que si ser progresista consistiese en aceptar las decisiones de los fanáticos, hubiera sido imposible abandonar los tiempos de la barbarie.







sábado, 8 de abril de 2006

El sueño de Matrix

Decía Ortega y Gasset en 1925 que “todavía en mi generación gozaban de gran prestigio las maneras de la vejez. El muchacho anhelaba dejar de ser muchacho lo antes posible y prefería imitar los andares fatigados del hombre caduco. Hoy los chicos y las chicas se esfuerzan en prolongar su infancia y los mozos en retener y subrayar su juventud. No hay duda entra Europa en una etapa de puerilidad”. Se iniciaba el siglo XX y Ortega supo adivinar una de las consecuencias de lo que iba a ser el Estado del Bienestar: la creación de ciudadanos pasivos, desinteresados de la vida pública y obsesionados exclusivamente por su felicidad.

El aparato estatal va a subsistir sobre la base de la disminución del nivel mental de la población, su infantilización. El continuo aumento de la riqueza le va a permitir colmar de regalos a sus súbditos, haciéndolos felices. Todo el mundo exige prestaciones al Estado. A la manera de niños malcriados, nuestros contemporáneos quieren más y más; a todo creen tener derecho, pero sin ninguna responsabilidad. El “maná” garantizado, la vida política, entendida como instrumento de participación, tiende a desaparecer. Para qué intervenir, para qué pensar, si se nos da todo hecho. La consecuencia la había adivinado, en su momento, Stuart Mill: “La tendencia general de las cosas del mundo consiste en hacer de la mediocridad el poder dominante entre los hombres”. Existen espléndidos instrumentos para conseguirle, la televisión por ejemplo.

El estilo de vida de la sociedad occidental es moldeado, incluso en sus aspectos más insignificantes, por unos medios de comunicación que desde finales del siglo XX han adquirido una enorme fuerza de penetración con el perfeccionamiento de sistemas que propician la pasividad en el espectador, facilitando la asimilación de sus mensajes. Todo lo que se transmite viene a suponer, directa o indirectamente, oferta de productos; las ideas han desaparecido. Durante un tiempo se dijo que la opinión pública se había convertido en la reina del mundo, la verdad es que desde hace tiempo, si queda alguna, es la publicidad. Se diría que jamás una entronización ha sido más estúpida, a base de juegos de muñequitos en un aparato que emite continuamente imágenes. Es muy posible que Matrix sea ya una realidad, y si lo es ¿cómo podremos salir?

Ciertamente, lo anterior puede predicarse de todo Occidente pero quizás en ningún sitio en forma tan clara como en España. Llevamos años dedicados a un juego absurdo, el de la comparación de la mayor o menos identidad nacional de las distintas partes de nuestro Estado: Euskadi sería el hogar de un pueblo milenario; Cataluña, la forjadora de un gran imperio mediterráneo; Extremadura, la que alumbró América, llenándola de aventureros y conquistadores y así hasta casi el infinito... Por supuesto, no se nos puede olvidar la hermosa Andalucía, sede del califato de Córdoba y cruce de todas las culturas. ¿No es absurdo?

Mientras nos dedicamos a este espectáculo, la península se va llenando de integristas islámicos, nada infantiles, que de vez en cuando nos obsequian con atentados sanguinarios para que los contemplemos como quien observa un film especialmente intenso. Al mismo tiempo, Estados Unidos se desangra en Irak sin que nosotros nos planteemos lo que realmente se está ventilando allí, y no lo hacemos porque, en nuestro sueño, eso del choque de civilizaciones se percibe como una simple pesadilla. No hay que preocuparse de nada, todos los días la televisión nos suministrará la suficiente dosis de cotilleo, circo y escándalo para mantener nuestro letargo. Y nadie se preocupará por la eliminación de bienes jurídicos tan esenciales como la dignidad y el honor sobre los que se construyó el propio concepto del individuo en Occidente.

Nuestros sueños están llenos de hombres venerables de nombres muy bellos: Sabino Arana, Blas Infante...Eso sí, se pelean mucho, parecen irritados y celosos. Y cada uno de nosotros se siente identificado con unos u otros. ¡Que sueño más tonto! Lo malo será que, más pronto que tarde, despertaremos y nos espera la cruda realidad.























jueves, 1 de diciembre de 2005

Pío Moa y el ombú

Hay un árbol “que no es manzano ni cerezo, ni encina ni ciprés”, el ombú, que constituye el motivo central de “La casa de los siete balcones”, una deliciosa obra de teatro de Alejandro Casona, uno de nuestros autores del exilio. Su protagonista, Genoveva, envejecía sin noticias de un novio, emigrante en la Argentina, que había dejado de escribirle. Soñadora y triste, pensaba que el motivo del olvido no podía ser casual, la culpa estaba en ella misma que había olvidado ese árbol americano, de nombre tan poético y difícil. Es verdad que la mayoría de las veces el amor depende de una simple palabra y ella no era capaz de encontrarla.

Como el novio de Genoveva, miles de nuestros compatriotas soportaron un exilio de cuarenta años por el simple hecho de que los vencedores en la Guerra Civil se olvidaron también de una palabra, no tan hermosa quizá como la de ombú, pero de enorme significado: reconciliación. Hoy día, sin embargo, hay quienes creen que la imposibilidad de una convivencia pacífica entre españoles fue responsabilidad de los derrotados. La verdad es que no se trata de ninguna novedad. Durante cuarenta años, se enseñó en las escuelas que el alzamiento había sido consecuencia de la subversión comunista y el fraude electoral cometido por el Frente Popular en las elecciones de 1936. Y había historiadores que así lo sostenían, basta con recordar a Joaquín Arrarás.

Lo nuevo radica en que los historiadores que ahora abrazan las tesis del revisionismo lo hacen en un momento en que los hechos parecían ya definitivamente escritos, un error porque la historia jamás lo está de una vez y para siempre, y además, en algunos casos al menos, proceden de organizaciones políticas que estuvieron situadas en la extrema izquierda. El ejemplo más destacado es el de Pío Moa que dice reaccionar contra “una industria antifranquista sumamente poderosa”. Se trata de un fenómeno que no es posible tratar con ligereza. De hecho, como él mismo señala, muchos de sus críticos lo son sin “haberse leído sus libros y hasta jactándose de no tener intención de leerlos”.

Adoptar una actitud de esta clase no constituye más que una muestra de enorme pereza, por qué no decir también soberbia, intelectual máxime cuando investigadores del prestigio de Stanley Payne han señalado que, hoy día, no es posible hacer una historia de la II República y de la Guerra Civil sin tener en cuenta el debate que ha provocado, lo que por sí solo ya sería positivo en una sociedad que muchas veces parece haberse olvidado del simple hecho de pensar. Y es cierto, el rechazo a Pío Moa y a lo que representa, debe hacerse, si se hace, en el puro terreno académico e intelectual, desde luego a veces no es difícil si se tiene en cuenta el escaso sustento teórico en el que se basa. La insuficiencia de sus notas a pie de página, por ejemplo, es incomprensible en un trabajo de carácter científico.

En nuestra opinión, además, el defecto esencial de Pío Moa deriva de que parte de una visión de los republicanos y de la izquierda lastrada por su propia experiencia personal, la de militante de un partido radical y al límite, y juzga a todos los antifranquistas desde esa perspectiva. Así, en su reciente libro “Franco. Un balance histórico” se sirve de las desafortunadas afirmaciones de Juan Benet cuando decía: “Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Solzhenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir” para preguntarse: “¿Qué habría ocurrido si aquella oposición hubiera dirigido la transición a la democracia mediante su “ruptura”. En lógica consecuencia, la historia contemporánea española no podría entenderse sin la presencia de una izquierda totalitaria, incapaz de aceptar su derrota en las urnas y la razón de los otros.

El defecto esencial de este planteamiento es que en la II República hubo una “tercera España”, aunque a él le guste poco Paul Preston, que no estaba ni con los bárbaros de un lado ni con los del otro. Y que aspiraba a vivir en paz, en democracia y con libertad. El ejemplo de Alejandro Casona, esencialmente un dramaturgo burgués añorando España desde el exilio, no es más que uno entre miles. Y a los estudiantes que, sin intervención alguna en los sucesos del 36, ingresaron en las prisiones del régimen por el simple hecho de expresar su disidencia ¿qué responsabilidad moral cabría exigirles? El mantenimiento del franquismo por más de cuarenta años, cualquiera que sea la justificación que pretendiera tener, no constituyó más que una simple muestra de rencor o de miedo, y no se sabe lo que es peor.



sábado, 29 de octubre de 2005

Carrillo y el Partido Comunista

Decía Antony Beevor que la Guerra civil española constituye la más clara prueba de que la última palabra en historia jamás puede decirse. La verdad definitiva en un tema que suscite pasiones políticas no podría nunca ser conocida porque nadie sería capaz de eliminar suficientemente sus prejuicios. La participación de Santiago Carrillo en los sucesos de Paracuellos constituye un ejemplo paradigmático. ¿Es posible en este caso establecer lo que realmente ocurrió? Han pasado más de sesenta años y los estudios publicados hasta el momento, por lo menos los serios, no pueden prescindir del hecho de que Madrid era, entonces, una ciudad asediada, con el ejército franquista a sus puertas y abandonada por el Gobierno que había decidido trasladarse a Valencia.

Carrillo era entonces un joven de apenas veinte años nombrado, el 7 de noviembre de 1936, consejero en una Junta de Defensa de la ciudad que carecía de toda posibilidad de control efectivo sobre la misma, máxime cuando la deserción del aparato gubernamental la dejó en manos de la voluntad de unos partidos políticos que, mientras organizaban la resistencia, eran incapaces de enfrentarse a la locura asesina de los “quintacolumnistas” fascistas y los miembros de los escuadrones del amanecer de las milicias republicanas. ¿Cómo asegurar entones cuál fue su participación efectiva? La ciencia histórica no opera como la de las matemáticas ni puede sustituir al Derecho Penal que sólo reacciona cuando los hechos están establecidos más allá de toda duda razonable.

En condiciones como las de la defensa de Madrid en 1936 intentar ahora responsabilizar a Santiago Carrillo de los cobardes asesinatos de Paracuellos, cuando antes no ha podido establecerse, no obedece a un intento de recuperación de la verdad histórica sino a una voluntad política cercana al deseo de revancha. Es indudable que lo que afirmo obedece a mis propios prejuicios; fui militante del Partido Comunista de España desde que tenía dieciséis años, en 1968, hasta 1977 en que abandoné la política con el orgullo de haber participado en una de las experiencias más intensas de mi vida, en un país controlado por la irracionalidad y a merced de la cruel represión de la policía política. Pero mis prejuicios no me impiden analizar la realidad de los errores del Partido y no sólo en la Guerra.

¿Cómo justificar el asesinato de Andrés Nin o la falta de crítica interna en una organización acostumbrada a subordinar los medios a los fines? Pero eso es una cosa y otra muy distinta intentar descalificar el papel de los dirigentes republicanos, de uno u otro signo, que fueron capaces de enfrentarse al franquismo. Santiago Carrillo a estas alturas de la historia ha perdido sus señas de identidad individual para convertirse en un símbolo: el de la resistencia del Partido Comunista durante los años de la Dictadura. Y, desde esta perspectiva, el juicio no puede ser más favorable. Fue la única organización capaz de mantenerse en la clandestinidad durante los cuarenta años, elaborando una política como la de la “reconciliación nacional”, que intentaba reunir a vencedores y vencidos con el exclusivo objetivo de recuperar las libertades públicas.

En las navidades de 1970, mientras un grupo de estudiantes y obreros las pasábamos en los calabozos de la Gavidia y, luego, en las celdas de castigo de la cárcel de Sevilla, un sector importante de la población española se acomodaba, más bien que mal, en los brazos de la Dictadura. Muchos de aquellos compañeros, recuerdo siempre a Carlos Castilla Plaza, murieron jóvenes, incapaces de vivir en país tan duro como éste. Pero sería el colmo, que, quienes les hemos sobrevivido, aceptemos sin inmutarnos revisiones históricas provenientes de las filas de quienes destrozaron nuestras vidas. Pasarán más años y llegará un momento, cuando ya no estemos y nuestras pasiones se hayan convertido en sueños, en que nuevas generaciones podrán juzgar con libertad. Que ellos decidan entonces, mientras tanto más valdría que quienes sirvieron al franquismo nos dejen vivir en paz.


miércoles, 20 de octubre de 2004

El PP en el laberinto

¿Cuál es el programa ideológico del PP? Si un partido quiere ganar unas elecciones debe tenerlo, es elemental. Es verdad que en los modernos Estados de bienestar, al existir un elevado consenso social, las diferencias entre los partidos son mínimas pues todos aceptan los rasgos esenciales del sistema. La cuestión es completamente distinta en los momentos de cambio, es decir, en aquellos períodos históricos en los que se produce una transformación profunda de las condiciones de vida. No hace falta para ello una revolución en el sentido clásico con que tuvo lugar en Francia en 1789 o en Rusia en 1917. Puede desarrollarse de manera pacífica, sin estridencias, y con sólo seguir las lúdicas sugerencias de los medios de comunicación, precisamente lo que hoy ocurre.

Los europeos del siglo XX hemos estado viviendo en un mundo basado en un individualismo que se educaba en la familia y encontraba protección dentro de los límites del estado nacional. Todo ello se encuentra en crisis y, paradojicamente, parece como si nadie tuviese nada importante que objetar. ¿O es que el pensamiento único impide hacerlo? Realmente, ¿estamos todos de acuerdo en el matrimonio homosexual, o en una inmigración que ponga en peligro el progreso y la libertad de nuestra sociedad? Si no se está, un partido político debe decirlo y hacerlo sin miedos pues estaría dando voz a una parte nada despreciable de la sociedad y que necesita ser oída.

Durante siglos, nos hemos movido en un universo en que la originalidad era la característica determinante de la individualidad. La libertad de los hombres implicaba tanto como la posibilidad de ser diferentes. Así pensaba Stuart Mill, y no sólo él. Hoy día las televisiones determinan, desde la infancia, las costumbres, valores, las reglas de lo normal y lo anormal…Es decir, construyen un universo “perfecto”. Y como lo es, entre otras cosas, porque todos lo aceptan, será casi imposible disentir. Si lo haces, probablemente sea porque te encuentres enfermo. En este aspecto, las premoniciones de Orwell no estarían tan lejos de haberse hecho efecti¬vas. Y de seguirse por este camino, paradojicamente, la lucha por la autodeterminación humana podría haber conduci¬do simplemente a la estupidez de la sociedad de masas. Todos somos ya iguales ¿pero somos más libres? Desde luego, la civilización occidental aspiraba a crear seres conscientes, no robots.

La familia ha sido, por otra parte, la institución encargada de la educación de los hombres transmitiendo los valores del sistema. Ciertamente, ha habido muchos tipos de ella pero la burguesa, que nace en las ciudades europeas del medievo y encuentra magnífica expresión artística en Los esposos Arnolfini de Van Eyck, es la que desde hace siglos ha determinado los códigos de conducta de nuestra civilización. Y, desde luego, parece a punto de desaparecer. La admisión normativa de uniones de carácter homosexual constituye la mejor expresión de que su mundo está a punto de ser superado. Podrá ser más o menos justo, o racional, pero lo que no admite dudas es que, de imponerse estos modelos, las próximas generaciones van a vivir conforme a otras reglas. Hay una razón elemental, el matrimonio encontraba un fundamento de carácter religioso inexistente en otras formas de sexualidad.

Finalmente, la coherencia y estabilidad de la población encontraba su mejor expresión en la idea de Nación, y en un proceso de siglos el continente europeo ha ido evolucionando hacia la creación de una sola nacionalidad que, aspirando a convertirse en Estado, se fundamenta en valores de libertad e igualdad y en una tradición común que se remonta a la antigüedad grecorromana. Una civilización que no puede entenderse sin el cristianismo, sin los principios de la revolución francesa, del marxismo o de los intentos de establecer el denominado “socialismo real”. Europa es también una tradición literaria, artística o intelectual hasta el punto de que el siglo XX carecería de sentido sin Unamuno, Albert Camus o Aldous Huxley. La inmigración masiva que estamos viviendo en estos momentos, en gran parte, es cierto, producto de nuestro propio egoísmo e insolidaridad, pone también en cuestión la pervivencia de este modelo.

Ganar las elecciones es el objetivo de cualquier partido, es indudable pero sería incoherente pretenderlo sin un proyecto ideológico sólido que realizar. ¿Cuál es exactamente el del PP? Sería absurdo pensar que todos los partidos piensan igual, si así fuera ¿para qué votar?







sábado, 26 de junio de 2004

El Sahara y la decencia

Marruecos se niega a ceder un ápice con respecto al Sahara, el Plan Baker parece paralizado y mientras tanto la población refugiada en Tinduf va siendo olvidada por todos: la comunidad internacional y los propios españoles. Para colmo, desde ciertos sectores empieza a oírse que el tema exige una política realista que atienda a los intereses de las distintas partes. ¿Qué significa eso? Desde luego nada bueno, sobre todo si se pone en conexión con la aproximación política y militar de los Estados Unidos hacia Marruecos. A veces resulta indignante, aparte de vergonzoso, tener que recordar lo obvio:

Primero.- El Sahara era una provincia española en la misma forma que Sevilla, Córdoba o Cádiz. Se mire como se mire, los saharauis son entonces compatriotas nuestros.

Segundo.- Tras una política de chantaje que culminó con la “marcha verde”, y aprovechándose de la debilidad española en los momentos de la enfermedad y muerte de Franco, Marruecos obtuvo de nuestro país, a finales de 1975, la cesión de la administración del territorio, procediendo a su ocupación.

Tercero.- Nuestro vecino carecía de título para ello, por lo menos con el suficiente grado de legitimidad. De hecho, el Tribunal Internacional de la Haya en octubre de 1975 había concluido que “ni los actos internos ni los internacionales invocados por Marruecos indican la existencia ni el reconocimiento de lazos jurídicos de soberanía territorial entre el Sahara occidental y el Estado marroquí”.

Cuarto.- A partir de la ocupación, Marruecos ha venido realizando una sistemática política de eliminación de los símbolos de la presencia cultural española, entre ellos, la lengua. Y, a manera de “hecho consumado”, ha sustituido progresivamente la población originaria del territorio, desplazada a los campos de refugiados de Argelia, por colonos de absoluta confianza.

Quinto.- Tras la superación de la “guerra fría” y el derribo del muro de Berlín, Estados Unidos adoptó una política de sincera simpatía hacia las aspiraciones nacionales de los saharauis, apoyando distintas resoluciones internacionales dirigidas a favorecer un referéndum de autodeterminación. Dicha actitud solamente cambia como consecuencia del avance integrista en el mundo árabe y los riesgos de desestabilización de la monarquía alauita.

Sexto.- Los países que aspiran a ser respetados y mantener un cierto prestigio internacional no pueden permitirse el lujo de abandonar a su suerte a los suyos. Tenemos un ejemplo bien cercano, el de Portugal, cuya clase política se empeñó en la liberación de la antigua colonia de Timor, invadida por Indonesia, hasta que lo consiguió.

Con independencia de todo ello, ¿cómo se puede ser tan ciego? Las relaciones con nuestro vecino marroquí han venido caracterizándose por la cesión permanente. Ni siquiera nos damos cuenta de sus maniobras a medio y largo plazo: o es que no está claro que si se retiró de la isla del Perejil fue por la intervención norteamericana y que viene fomentando una política de aumento de su población en las ciudades de Ceuta y Melilla para encontrarse en una excelente posición en el momento de plantear su reivindicación. Somos el único país europeo con un riesgo real de confrontación militar exterior. En los últimos cincuenta años lo hemos experimentado tres veces: Sidi Ifni, el Sahara y los sucesos del Perejil. ¿Queremos seguir concediendo ventajas?

En el fondo, además, lo que está realmente en juego es una simple cuestión de honestidad. No podemos desentendernos de una población a la que no dimos la más mínima posibilidad de decidir su destino y a la que entregamos a una potencia extranjera por simples razones de política interna: las de la transición. Pero es que hay algo más vergonzoso que no se ha puesto suficientemente de relieve, la existencia en aquel año de 1975 de un poderoso grupo de presión promarroquí, constituido por políticos y empresarios, cuyos intereses exclusivamente económicos se vieron favorecidos por la maquiavélica política de seducción y compra del rey Hassan II. ¿Ante quién respondemos de todo esto? Evidentemente, en primer lugar deberíamos hacerlo ante los propios saharauis que, por desgracia, no están en condiciones de reclamarnos nada.

Pero un Estado decente responde también ante la opinión pública internacional que, de manera todo lo imperceptible y lenta que se quiera, va formándose una idea del estilo y comportamiento de los miembros de la comunidad de naciones y puede pasar factura. Por otra parte, hay algo que en nuestro país hemos olvidado y que, entre todos, contribuimos a desacreditar: el orgullo nacional. Podrá parecer una entelequia de carácter decimonónico, pero que le pregunten a ingleses, franceses o norteamericanos...Todos ellos sabrán responder en qué consiste y las exigencias que implica. En lo que a mí concierne, me siento día a día avergonzado por la parte que me corresponde en el abandono de un pueblo a su suerte, por razones de prudencia tan fáciles de confundir con las de la pura y simple debilidad.